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A propósito de la restauración de veinte obras pictóricas del magno templo católico de Nicaragua, logro que favorece a su candidatura para optar a la categoría de patrimonio de la humanidad otorgada por la Unesco, es oportuno recordar que el orgullo catedralicio es el primer fenómeno que preside la conciencia leonesa. De manera plena, se hace presente en Catedral, el mayor templo de Centroamérica, o dicho con mayor propiedad por el español Ernesto La Orden Miracle: “el monumento más grande construido bajo el sol del trópico en América”.

Para indagar hasta dónde impacta su realidad, yo haría una encuesta preguntando: ¿Qué le pasaría a los leoneses, en el hipotético caso que unos extraterrestres lograran desaparecerla, dejando en su lugar la terrible vaciedad de un hoyo enorme? Sus consecuencias serían, supongo, más que traumáticos y no sólo para ellos. Porque el orgullo de poseer ese magnífico edificio, que se admira desde los cuatro puntos cardinales, trasciende la ciudad y lo asumimos y proclamamos casi todos los demás nicaragüenses.

Así, en sus Reflexiones sobre la historia de Nicaragua (1962), José Coronel Urtecho anotó: “No tenemos derecho a creernos superiores a los que hicieron la ciudad de León y su catedral”. Esta frase, aunque inscrita en la exégesis colonialista de su autor “granadino para más señas” resulta categórica por cuanto reconoce el valor arquitectónico de León y de su templo por antonomasia.

Si la ciudad alcanzó su más alto desarrollo cuatro o cinco décadas antes de 1824 “año de su primera destrucción en el siglo XIX”, la catedral fue bendecida por el obispo Esteban Lorenzo de Tristán, quien había techado sus naves, en 1780.

Precisamente otro autor granadino, Pablo Antonio Cuadra, la califica de hermosa y solemne, resaltándola también como máxima herencia colonial al llamarla “piedra imperecedera de la gran diadema de catedrales hispanoamericanas que coronan la gloria católica de esos siglos”.

La bula “Equun Reputamos”
Por su parte, “Tino” López Guerra elogia a la ciudad de León, “perfumada por los pebeteros / de su imponente y antigua catedral”, dos versos de su famoso corrido. El León de 400 años, cumplidos en el 2010 que tuvo de antecedente remoto la primera concentración urbana fundada por los conquistadores españoles de Nicaragua, junto al poblado indígena de Imabite “muy cerca de la costa noroccidental del lago de Managua”, cuyas primeras viviendas se levantaron con horcones de madera, paredes de caña y techos de paja. Todo un humilde campamento que no se diferenciaba mucho de los ranchos indígenas y que el 4 de marzo de 1531 desde Roma, celebrando Congregación de Cardenales, el Papa Clemente Vil ennobleció con el título de Ciudad, “para que se llamase en adelante Ciudad de León; y en ella se erigió e instituyó, para siempre, una Catedral bajo la invocación de la gloriosa madre de Dios” “transcribo la bula confirmatoria “Equun Reputamos” del 3 de noviembre de 1534, emitida por Paulo III.

Con esta partida de nacimiento de su naturaleza catedralicia, León como ciudad española no sólo se incorporaba a la cultura occidental a través de la tradición judeocristiana, sino que se convertía en protagonista de la institucionalización del catolicismo en el Nuevo Mundo. Efectivamente, la bula especifica que la catedral era “para un obispo, que se intitulase: de León o Legionensi, que la presidiese y procurase hacer e hiciese construir sus edificios y estructuras”. Estas fueron seis, cinco antes de la definitiva, iniciada en 1747. Por tanto, nuestra Catedral arquitectónicamente hablando no es tan antigua.

Las seis catedrales
Lo es más el carácter diocesano de nuestra León: 486 años al 2010: más de cuatro siglos y medio. Porque el primer obispo, el venerable Diego Álvarez Osorio (1531-36), protector de los indios, levantó la primera catedral con las paredes de tapias, obras de madera “como el púlpito fabricado por el carpintero Alfonso de Zamora y la Puerta del Perdón” cubriéndola de paja, aunque con cielo raso; de modo que en 1544, cuando tenía campana, su estado era ruinoso. Y la segunda, que al año siguiente comenzó el tercer obispo, fray Antonio de Valdivieso (1543-1550), fue construida de ladrillos y tejas, y era de tres naves de tapia. En 1553 iba a punto de concluirse, habiendo recibido del rey 500 pesos de oro.

A estas dos catedrales de León Viejo, siguieron cuatro en el nuevo asentamiento, muy cerca del pueblo indígena de Sutiava. A saber: la tercera levantada en los primeros meses de 1610 y de forma improvisada durante el obispado de Pedro Villareal (1604-1619); la cuarta, que se erigió cuando regía la diócesis Benito Rodríguez de Baltodano (1621-29) y fue saqueada e incendiada por los piratas ingleses, al mando de William Dampier, en 1685; y la quinta, construida a finales del siglo XVII  Nicolás Delgado (1687), resultando muy oscura, por lo que fue destruida para dar lugar a la sexta, cuyo cimiento comenzó en el año ya referido año de 1747 el obispo Isidro Marín y Figueroa (1744-48).

Primeros varones ilustres del cabildo eclesiástico
Un siglo antes, el maestro Gil González Dávila “homónimo del conquistador que “descubrió” la zona del pacífico de Nicaragua en 1523” había dado a luz su Teatro Eclesiástico de la primitiva Iglesia de las Indias Occidentales (Madrid, Diego Díaz de Carrera, 1649), ocupando la Santa Iglesia de Nicaragua un capítulo. Para entonces, ya custodiaba en su sacristía “una reliquia del Lignum Crucis” y habíanle lucido no sólo prelados como Pedro de Villarreal, quien visitó por un año Costa Rica (pues la diócesis abarcaba esta aislada provincia) y trajo de allí al joven de Cartago, Baltazar de Grado, el primero de esa provincia que se ordenó de sacerdote en León. También varones ilustres menos conocidos. Me refiero a miembros de su cabildo, instalado en 1614 con cuatro dignidades: un deán, un arcediano y dos canónigos. El deán se llamó Francisco Berríos y fue, según González Dávila “varón de señalada fama en caridad y limosnas “; y el arcediano Pedro de Aguirre, quien estableció dos obras pías y dos capellanías. Otro arcediano, Pedro de Moura, “dejó su casa y hacienda para sustento de los pobres”; y en la cuarta catedral (lista para culto en 1624) se había enterrado al primer laico: Gonzalo de Mejía: “valeroso en paz y en guerra, en mar y tierra, muy leal y muy devoto, al servicio de su Rey y aumento de su corona e imperio”.

La diócesis en 1824
En 1751 la principal vivienda de la ciudad ya era la del obispo. Pero no es mi propósito concentrarme en la arquitectura colonial de León, sino en su diócesis que al inicio de nuestra vida independiente “en 1824 con exactitud”, la integraban 160 eclesiásticos. De los 160, cincuentisiete tenían su domicilio en la ciudad. Pero no se olvide que la diócesis de León comprendía las provincias de Nicaragua y Costa Rica, sumando 36 sus curatos. Y que sus prelados gobernaron el territorio vecino durante casi tres siglos y medio, o mejor dicho hasta el 28 de febrero de 1850, cuando fue creada la diócesis de San José. De todos ellos “que fueron 40, si se cuentan a quienes no tomaron posesión del cargo por diversas razones” tres fueron naturales de Nicaragua, o sea criollos: José Xirón de Alvarado (1719-1724), Juan Carlos de Vílchez y Cabrera (1763-1774) y José Antonio de la Huerta y Caso (1799-1803). El primero y el tercero nacido en León.

El entierro del Vicario de la Quadra
A la muerte de García Jerez en 1825, un criollo de Granada pero formado en la Universidad de León “donde se graduó de bachiller en ambos derechos, enseñando también en sus aulas” administró la diócesis en Sede Vacante, como Provisor y Vicario General, hasta su fallecimiento en León el 4 de octubre de 1849: Desiderio de la Quadra. Al día siguiente, se escenificó su entierro: una genuina manifestación del carácter diocesano de la ciudad, propicia a la música sacra, a la práctica cristiana y al encomio versificador. En efecto, una Misa de Réquiem tuvo lugar en el sagrado recinto catedralicio con toda solemnidad.

Otros cinco obispos rigieron la diócesis de León de Nicaragua antes de su división y de la creación de la arquidiócesis de Managua, de la de Granada y la del Vicariato Apostólico de Bluefields, en 1913. He aquí sus nombres: el salvadoreño Jorge Viteri y Ungo (1850-1853), el guatemalteco Bernardo Piñol y Aycinena (1854-1868) y los nicaragüenses Manuel Ulloa y Calvo (1868-1879), Francisco Ulloa y Larios (18801902) y Simeón Pereira y Castellón (1902-1913). De manera que éste fue el último que territorialmente abarcaba toda Nicaragua y el primero de la nueva y reducida diócesis de León, gobernada por él hasta su muerte en 1921. En otras palabras, Pereira a y Castellón llevó el báculo episcopal durante diecisiete años, cuatro más que García Jerez a principios del siglo XIX.

Mas no es mi objetivo confeccionar un episcopologio “ya lo elaboró Edgar Zuñiga”, sino establecer la tradición diocesana como propulsora de la cultura católica de León. Ni tampoco describir la Catedral “ya Julio Valle-Castillo le consagró una excelente monografía”, sino reafirmar que constituye el punto de referencia central de la ciudad: inconfundible “ha dicho Alberto Ycaza”, inolvidable e insustituible.
Esto explica el orgullo de la gente de escasos recursos “la de los barrios periféricos como El Coyolar” que pasó ahorrando dinero todo el año para pagar la misa donde el obispo testifica la ceremonia matrimonial de varias parejas pobres.