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En esta crisis, el potencial de cambio en la sociedad española no se alimenta solo de las recientes manifestaciones de jóvenes intelectuales de clase media o del movimiento comunal que puedan desencadenar en los barrios. La mayor acumulación de energía está en el choque de intereses de las dos economías, una basada en la inversión extranjera y otra en la acumulación de capital nacional. Porque la economía financiera de inversión extranjera está sacrificando a la economía productiva y de consumo.

La falla de este choque de intereses está en el manejo del Euro (una moneda de cambio fijo), por el que la Peseta está sometida al cambio fijo del Euro con el Marco Alemán. El Marco Alemán continúa existiendo y la Peseta continúa siendo moneda válida para el Banco de España; todas las operaciones bancarias en Euros se siguen expresando con su equivalente en Pesetas, cuyo valor de cambio en el Banco de España es de 166.386 por Euro (casi diez años después de la entrada del Euro, aún quedan cientos de miles de millones de pesetas en manos de particulares que mantienen su valor y son convertibles al E). El Euro es una moneda de libre curso en España, como fue el dólar en la Argentina de Menen.

Pero la Peseta podría salir de la disciplina de cambio fijo del Euro y del Banco de Europa, cuya función implícita es mantener el valor del Euro anclado al Marco Alemán. Porque el valor excesivo del cambio fijo de la Peseta para los intercambios con el exterior, afecta negativamente a las exportaciones e impide bajar los precios para detener el desvío del turismo europeo de media distancia al Norte de África y Medio Oriente. Por otra parte, la disciplina antinflacionaria del interés interbancario del Euro, que marca el BCE, sacrifica la inversión del Gasto Público español, reduce el crecimiento y la fiscalidad, y mantiene elevado el valor de la deuda interna pública y privada.

Para los intercambios con el Mercado Interior Europeo, bastaría con que la Peseta volviera a la Zona Monetaria Europea, en la que se encuentran la Libra Esterlina y la Corona sueca que fluctúan en su cambio antes con el Ecu y ahora con el Euro. Y una devaluación de la Peseta favorecería las exportaciones, aumentaría el turismo, permitiría volver a la deuda pública en Pesetas e incrementar el Gasto Público en salarios para potenciar la demanda; el crecimiento aumentaría el ingreso fiscal, aumentando la capacidad de obtener más deuda pública a largo plazo. Pero esta política monetaria, que beneficiaría a la acumulación de capital nacional, sería negativa para los depósitos bancarios instalados en una moneda fuerte con baja inflación.

Porque hay dos Españas con capitales de intereses contrapuestos, como sucede en Latinoamérica frente a la libre circulación de capitales. Hay dos economías, como hay dos partidos ideológicos y dos tipos de prensa española. Los que necesitan y promueven la moneda fuerte con baja inversión pública y baja inflación, anclados al Euro alemán para salvar el interés de sus depósitos y de la inversión extranjera; y los que necesitan una moneda débil que libere la inversión pública, para la acumulación de capitales nacionales en la industria, agricultura, el comercio, transportes y servicios. Estos intereses de capitales de acumulación nacional incluyen la gran oferta de servicios educativos y sanitarios, más la propiedad inmobiliaria urbana y rural de los eclesiásticos que, junto a la nobleza, son los mayores terratenientes de España. Y también la economía sumergida, equivalente al 25% del PIB, unos 250.000 millones de E / año.

Los gobiernos socialdemócratas de los ministros Boyer, Solchaga, Solbes, Salgado han dado la espalda durante tres décadas al capital nacional español, a favor de la inversión extranjera. Como es el caso actual de no acudir al rescate de las industrias alimentarias Carcesa, Cacaolat y Elgorriaga de Nueva Rumasa; no importándoles que vayan a parar subvaloradas al capital de inversión extranjera, y con el riesgo de su desmantelamiento (les basta adquirir la cartera de clientes y quitar esas marcas de la competencia). Esta ha sido la historia de los últimos treinta años, la venta de la industria nacional para su desmantelamiento, en lugar de invertir para darle competitividad.

Los socialdemócratas se acomodaron al tatcherismo junto a la antigua banca, cuyos banqueros hicieron la “transición” con el ministro del Movimiento Nacional, Adolfo Suárez. Desmantelaron la economía productiva orientada a la demanda (acumulación de capital nacional), por su política económica orientada a los servicios financieros que han utilizado el país de trampolín de salto a la inversión extranjera en Portugal, Marruecos y América Latina. Las marcas son españolas, pero el capital inversor no es español, ni las ganancias quedan en España. Así se repitió el circuito del Siglo del Oro, cuando Sevilla era lugar de paso hacia Flandes e Inglaterra de los metales americanos acuñados como divisas.

La privatización de Argentaria por Felipe Gonzáles, como la expulsión de la industria de Barcelona por Pascual Maragall o los escuálidos salarios mínimos del Plan E de Zapatero, para encubrir la suelta de decenas de millones de Euros destinados a lavar las cuentas de las promotoras inmobiliarias, su prioridad no fue el crecimiento económico de la producción y la demanda sino la salvaguarda del capital financiero. Y el intervalo del gobierno del Partido Popular no hizo más que continuar el carril abierto por el PSOE.

Sus políticas económicas han sido negativas, no proactivas, impedir el posible incremento de la masa monetaria de los salarios en circulación (M3), y que la demanda pudiera ejercer presión inflacionaria sobre los precios, para salvar los intereses del capital financiero. Mientras que el capital industrial y la oferta de servicios del capital de acumulación nacional flota sus precios con la inflación, siempre que haya una política activa de inversión pública en salarios.

Junto a estas políticas, medios como El País, vinculados a la antigua banca, cultivaron en la clase media una cultura de lo superfluo, de la extravagancia, transgresora, lúdica-festiva, en un teatro de evasión de la realidad social; como si el diario fuera el manual de propaganda estética de los alcaldes de la Barcelona Forum, de la Sevilla de la Expo, del Madrid capital de la Cultura, y de las ciudades desindustrializadas para ofrecer destino al turismo de masas. La historia ha sido convertida en historia novelada, la novela convertida en ideario y el esoterismo en pose gótica postmoderna. Todo para la distracción del desmantelamiento de la economía de producción y consumo, y del sacrificio del Gasto Público por la moneda fuerte, la desregulación financiera y fiscal; para tapar la burbuja de deuda pública que ha enterrado toneladas de hormigón a cargo de los impuestos futuros, pero que ya los contabilizan como activos en las cuentas bancarias. Se han improvisado o sobredimensionado pistas y aeropuertos en Barcelona, Madrid, Ciudad Real (a 185 Km de Madrid, supuestamente alterno al de Barajas); un aeropuerto en Asturias, inservible porque fue construido junto a unos generadores eólicos, y los de Lérida, Huesca y Castellón sin tráfico.

Pero la deuda pública de un país sin crecimiento económico, con una caída sostenida de la ocupación y el empleo hasta el 2026, según la OCDE, y con la actual política financiera no podrá pagar su deuda pública sin aumentar la desigualdad a niveles de país subdesarrollado. Esto es lo que explicaba Dominique Strauss-Kahn, presidente incómodo del Fondo Monetario, en Inequality, leverage and crises (noviembre 2010). La clase media empobrecida tendió al endeudamiento para poder compensar la pérdida de sus ingresos, facilitando la burbuja del crédito; y por lo mismo, fue incapaz de pagar sus deudas. Sin embargo, las actuales políticas financieras (“flexibilidad laboral” y estreñimiento del Gasto Público en servicios) se dirigen a su mayor empobrecimiento.

Para rectificar las políticas económicas, Strauss-Kahn, en Brookings Institution, decía antes de su caída: “En definitiva, el empleo y la igualdad son los pilares de la estabilidad y la prosperidad económica, de la estabilidad y de la paz política.

Esto... se debe colocar en el corazón de la agenda política”. Y Joseph E. Stiglitz propone la vía de Islandia, en el suplemento Negocios (El País, 15 de mayo 2011)  http://www.elpais.com/articulo/primer/plano/viraje/tiempo/FMI/elpepueconeg/20110515elpneglse_6/Tes

Ambos enunciados corresponderían a los intereses del capital productivo y de la demanda, que comienzan a posicionarse contra la disciplina del Euro.  Pero los socialdemócratas, socios durante tres décadas de la inversión extranjera y guardianes de los depósitos bancarios, no parece que piensen en dirigir este cambio de rumbo de la política económica sino los representantes del capital de acumulación nacional de antes de la transición, el Partido Popular. Es lo que se refleja en el diario El Mundo, la radio COPE de los obispos, etc. El PP representa a la otra España, la tradicional, menos estética y postmoderna, pero que cuenta con más diez millones de electores para aplicar su programa. Asistimos al choque de estas dos Españas, a su latinoamericanización, que genera el potencial de cambio que comienza por la retirada del Euro. Pero todavía deben superar el miedo al fracaso en Europa y el recuerdo del aislamiento económico al final de las Guerras de Religión en 1630.