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En estos supremos días en que los nicaragüenses deberíamos estar preparándonos para una alegre justa política, por el contrario, todo parece indicar que “la fiesta cívica” podría tener un amargo sabor, muy propio del legado de Nicolás Maquiavelo y, consecuentemente, lejos de los principios fundadores del verdadero arte de hacer política bajo la ética de Aristóteles, proclamada hace más de dos mil años.

En efecto, podemos recordar que el autor de “El Príncipe” recomendaba a su mecenas el príncipe de Médicis, una serie de artimañas para gobernar y conservar el poder valiéndose de todos los medios posibles, incluso de aquellos reñidos con la moral y la ética, para alcanzar los fines oscuros del poder y con éste lograr el tener y el gozar.

La filosofía del acto humano o ética, que es una ciencia práctica que procura el bien puro y simple del hombre y de la sociedad, está en franca crisis, siendo la política una noble ciencia que nació para la consecución del “bien común”, que está en su más bajo nivel de consunción. Esto lo decimos en razón a los últimos acontecimientos políticos de nuestro país,  al percatarnos de la desfachatez con que actúan muchos de nuestros políticos criollos: ausencia performativa de su hablar y actuar; carga de antivalores personales y en su proyección social; deslealtad hacia su partido  y al pueblo que lo llevó al poder; irrespeto flagrante a la Constitución y a las leyes; y, en fin, puñaladas tras puñaladas en su relación de “viveza” para ascender o conservar el poder.  

Las escuelas que ordenan los actos humanos al placer (hedonismo de Aristipo, Epicuro), o a lo útil (utilitarismo de Bentham, Stuart Mill), o al estado (Hegel y la sociología del siglo XX), o a la humanidad (Augusto Comte), o al progreso (Spencer) o del logro del superhombre (Nietzche), asignan al hombre como fin último una cosa increada, rebajándolo consecuentemente a menos de su propia dignidad, haciéndonos olvidar a Aristóteles y a Santo Tomás, quienes nos enseñan que toda vida moral depende de la tendencia al soberano bien del hombre, y que el fin en que consiste ese “Bien” es Dios.

En Nicaragua, cuya Constitución Política exultantemente es laica, hemos ido anulando al “Bien Supremo” de todas nuestras formas de obrar y actuar, incluso de los pénsum escolares y universitarios, no digamos de la moral política cuya religiosidad no es más que pretexto para la imagen. De tal manera que roguemos (¿A QUIÉN?) de que no sea demasiado tarde el día en hayamos agotado las pocas reservas morales que nos quedan para revertir la tendencia corrupta de la política y su acepción sea en el entendido de Aristóteles y de Santo Tomás y no al estilo maquiavélico.  

*Abogado y licenciado (inf.) en Sagrada Teología.

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