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Cuando tenía trece años, apenas creía que creía en un Dios, al que sólo se podía acceder con plenitud desde mi iglesia, en la que creía que creía como la única y absolutamente verdadera.

Para ponerme a prueba (locuritas mías) solía ir con un amigo a la puerta de uno de los Salones del Reino de los Testigos de Jehová. Allí esperaba con tremenda curiosidad a esos hombres y mujeres que no dejaban de aparecerse en mi casa con la revista “Atalaya” (una de las publicaciones más distribuidas del mundo), en la que se dibujaba siempre el paraíso como un parque muy bonito de una ciudad en domingo.

Estaban empeñados en convertir a mi padre, que solía cerrarles la puerta con cierta grosería: “No estoy interesado en el fin del mundo”.  Pero al domingo siguiente, muy temprano, volvían a aparecerse a la misma hora. Sólo podía haber dos razones para ello: o eran tercos y su fe les hacía ignorar las negativas de mi padre, o la tenían tomada con él y trataban de hacerle rabiar. El viejo siempre optaba por la segunda opción aunque lo expresaba de otra forma: “Estos solo quieren joder”.

Yo esperaba a que terminasen su culto y trataba de confrontar con ellos mis dudas teológicas o mis “absolutas” verdades, en las que yo creía. Siempre encontré en ellos la convicción de que muchos pasajes de la Biblia había que leerlos en un sentido literal y algo fundamentalista.

A finales del pasado año, un tribunal de la ciudad catalana de Lleida desautorizó la transfusión ya realizada en un hospital, a un paciente que era miembro de esta iglesia.

Parece que el paciente en cuestión se negó a recibir sangre de otra persona, pero los médicos se dirigieron a un juez que les autorizó con urgencia.

Más tarde, el paciente ya curado, apeló ante un tribunal superior que acabó fallando a su favor y emitiendo una desautorización al acto médico. Ignoro qué puede implicar dicha desautorización: ¿Que el paciente devuelva la sangre? Quién sabe.

No siempre los médicos se salen con la suya. Recientemente, por ejemplo, otro paciente de la ciudad argentina de Rosario, miembro de los Testigos de Jehová, rechazó una transfusión sanguínea que le hubiera ayudado a seguir viviendo. Los doctores tuvieron que respetar su decisión hasta que el hombre murió. Imagino que hay que creer mucho, ya no en Dios, sino en una interpretación de las palabras de la Biblia para no aceptar algo tan básico que te puede curar.

Al mediodía, cansado, quemado por el sol, el cerebro opera de una manera muy particular, como cuando estás a punto de entrar en el sueño, y toda la realidad se entremezcla ya con la antesala del sueño. Oyes voces, incluso tus brazos se mueven como respondiendo a un estímulo que no sabes en qué plano de la realidad se articulan. En ese momento, cualquier cosa que mires o encuentres adquiere un aspecto alucinatorio, fuera de contexto.

Recuerdo que algo así me pasó un mediodía de mucho calor en Managua, hace unos meses, cuando trataba de concentrarme leyendo los grandes carteles publicitarios. En unos se anunciaba el fin del mundo. Parecía que Dios le había confesado a alguien la fecha. En otros, era Daniel en una fotografía mesiánica quien anunciaba la Nicaragua cristiana, solidaria, etc. Luego pasé por el mercado y unos predicadores se rompían la voz nombrando a Jehová con estridencias por los parlantes. Y carteles y parlantes parecían todos gritar, gritar con histerismo el nombre de Dios. Managua se vuelve a veces un gran mercado religioso e histérico.

Se pronuncia el nombre de Dios, y es difícil que no haya respuesta en un pueblo tan creyente. Es un cálculo malévolamente estudiado. Es el sueño perfecto de alguien que se crea un profeta, un Mesías o un dictador: contemplar a miles de personas de rodillas, en silencio, un mar de cabezas asintiendo y diciendo Amén. Dios para muchos es un motor, es fe, una esperanza, una ilusión, una posibilidad, o una búsqueda, o una pregunta, quizá un rechazo, o un silencio o una cuestión pendiente, una vida y hasta una muerte. Para otros, en cambio, representa una herramienta insustituible de manipulación, una forma de amedrentar o arrodillar, un yugo para mover voluntades. Un gran negocio.      

Ni todos los partidos políticos son malos ni todas las iglesias son perjudiciales (al contrario, hay muchas que hacen más bien que mal). Pero la política y la religión se parecen demasiado en su lado oscuro y maquiavélico como para que no se crucen a veces a la hora de buscar adeptos que crean que el suyo se trata del único camino verdadero hacia el paraíso terrenal y celestial.

Da lástima ver cómo muchos militantes de partidos políticos terminan radicalizándose como sus líderes, y actuando en contra de los principios que siempre defendieron con la excusa de un bien superior común. Da lástima ver cómo se empobrece la voluntad de un hombre o una mujer que, al entrar en una iglesia como la de los Testigos de Jehová, termina actuando en contra de la propia vida.

Una amiga periodista y escritora me contaba el enorme trabajo que le costó salirse de toda una tradición familiar en esa iglesia. Le supuso enfrentarse a sus padres y tíos con firmeza.

Esta amiga, al poco tiempo de liberarse de aquella iglesia bastante puritana, ganó un premio de relatos eróticos. Eligió el tema del sexo como vía de escape para desprenderse de una opresión de conciencia y moral que la encorsetó por mucho tiempo. Luego se le pasó la fiebre y, ahora con más reposo, no duda que salirse de allí fue lo mejor que hizo en la vida.

Igualmente he conocido a muchos que han salido de los partidos para volver a gozar del privilegio de pensar, opinar y actuar por sí mismos, sin orientaciones de compañeros y compañeras que marcan la pauta de lo que hay que decir, hacer o pensar.  No se trata de soberbia, sino de libertad.

Algunos religiosos y algunos políticos comparten y saben utilizar el viejo truco del  nombre de Dios, especialmente cuando Dios significa todo eso que no conocemos, y que por tanto, tememos un poco. Porque también saben algo muy cierto: que un pueblo es más fácil de manipular mientras esté de rodillas.

sanchomas@gmail.com