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Alguna vez, aunque fuera incidentalmente, se realizó en un país centroamericano el sueño de Platón: una República gobernada por un filósofo. Fue el caso de don Abelardo Bonilla (1898-1969), Vicepresidente de Costa Rica que ocupó la Presidencia de su país mientras duraba en San José el Segundo Congreso Interamericano de Filosofía (julio de 1961), el cual también le tocó presidir. Así, con esa alevosa anécdota, inicio estas líneas afirmando que tal hecho no se podría dar en Nicaragua por múltiples razones. O, mejor aún, algo irrealizable, no obstante haber gestado una personalidad similar para protagonizarla.

Estoy hablando de Alejandro Serrano Caldera (Masaya, 1938), a quien el mundo de la reflexión y la teoría le apasionó desde joven; y el debate y la oratoria —dentro del ámbito estudiantil en la UNAN de León— disciplinaron su mente. Una mente que ha configurado toda una obra de carácter filosófico, pero que no tiene interlocutores en nuestro medio, caracterizado por una penuria de ideas.

Apenas varios colegas extranjeros con algunos catedráticos locales le dedicaron la valoración múltiple Una nueva filosofía de la conciencia y la libertad (1993). Su discípulo Pablo Kraudy consagró una monografía —aún inédita— a su pensamiento y el doctor Andrés Pérez Baltodano, cuasidesarraigado en Canadá, un libro enjundioso: El derecho a la esperanza (1999).

De este mismo año data la aproximación más totalizadora al pensamiento de Alejandro, elaborada por la argentina Fernanda Beigel, docente de la Historia de las Ideas y la Sociología Latinoamericana que lo ha rastreado y retratado como lo que siempre ha sido: un intelectual militante. Pese a sus emulaciones del profesor Astromarx y a sus oficiosos sermones laicos, la praxis de Alejandro —recuerda la Beigel— ha estado ligada a la militancia política y al ejercicio de la función pública. No se olvide que su biografía se vincula a instituciones nacionales e internacionales: la UNAN (donde antes de competir para Rector en 1973 había propuesto y trabajado la unidad obrero-estudiantil) y la OIT (por su especialización en Derecho del Trabajo) fueron las primeras.

Durante esa etapa, se hizo eco del dependentismo marxista en boga, como lo revela su primer libro Subdesarrollo, dependencia y universidad (1971); igualmente, acotó sus notas al margen de la lectura de Hegel y Marx, articulando las nociones de dialéctica y enajenación respectivamente, en su Introducción al pensamiento dialéctico (1976) y en Dialéctica y enajenación (1979).

Sus servicios en el proyecto revolucionario como embajador en Francia, y ante la Unesco primero, y Presidente de la Corte Suprema de Justicia a continuación, le permitieron releer a Marx y reformular su vigencia. Lástima que su libro La permanencia de Carlos Marx (1993) no haya trascendido como merecía ni fuera asimilado por la endiosada dirigencia, como lo observa Pérez Baltodano. En esa obra —afirma Beigel— “aplicó su filo crítico a combatir la adopción pasiva de modelos obsoletos del marxismo-leninismo que se difundía desde la URSS”.

También “arremetió lúcidamente contra el esquema teórico dual que dividía nuestras sociedades en infraestructura/superestructura y replanteó el análisis desde la propia realidad nicaragüense”. Todo dentro de un espacio de poder sin escenario ni interlocutores efectivos.

Por su lado, la Presidencia de la Corte Suprema de Justicia revitalizó su vena de jurista al escribir El Derecho en la Revolución (1986), en donde legitimó el conflictivo proceso de transición a un nuevo Estado de Derecho, como lo exigía el transformador proceso socio-político que se estaba viviendo y/o padeciendo. Al final de los 80, su representatividad diplomática en la ONU, lo condujo a la necesidad de historizar el fenómeno sandinista en el contexto de América Latina, y de ubicar la lucha nicaragüense en el marco de la contradicción imperio-nación, ante la perspectiva de ir pensando en un proyecto nacional de desarrollo. Tal fue el contenido de su obra Entre la Nación y el Imperio (1988).

Fueron la primera derrota electoral del FSLN y la inmediata aplicación indiscriminada del modelo neoliberal los dos hechos que, a principios de los 90, determinaron un vuelco en su pensamiento. “Volvió a soldar su armadura hegeliana y embistió contra las ideologías que tanto invocaban a Hegel para firmar el acta de defunción de la historia y la época moderna” —observa Fernanda Beigel—. De esa reflexión surgieron los libros, ambos de 1991: El fin de la Historia: Reaparición del mito y La Utopía posible. En los siguientes, pese a su importancia central, Los dilemas de la democracia y La unidad en la diversidad —ambos de 1993—, perdió organicidad, limitándose a enunciar postulados generales, sin desarrollarlos en términos de reestructurar una teoría original.

Sin embargo, algunos capítulos revelan la madurez de su pensamiento político que entonces, aterrizando como siempre en la práctica, propició en la UNAN-Managua durante su época de rector: la “Nicaragua posible”. Todo un proyecto nacional inscrito en la concertación que requería de un foro amplio de discusión, abierto a los distintos sectores sociales; proceso que oficialmente impulsaba la administración Chamorro (1990-96). Ello, en última instancia, le inspiró encabezar la Alianza Unidad, coordinada por él mismo como alternativa al modelo neoliberal en vigencia, desde su candidatura a la Presidencia de la República que no tuvo ni pena ni gloria.

En esa línea, al delimitar conceptualmente la política en América Latina, partió de una dicotomía ya advertida por grandes pensadores: el país legal y el país real que remiten, según Octavio Paz, a dos universos separados y contrapuestos. O, en palabras de Carlos Fuentes, a “la separación esquizoide del derecho y la práctica” (Tiempo mexicano, 1961).

Así surgía un divorcio entre la práctica y el discurso, reduciéndose éste a encubrir. Y especifica el nicaragüense: “En el fondo permanece como precipitado de nuestro actuar la idea de que es la fuerza, la verdad de la historia, su razón de ser”. Esta idea de un desajuste estructural se halla esbozada en los ensayos de Alejandro.

Más atención le otorgó a otra idea: la falta de conciencia de la legalidad o institucionalidad. Nadie, ni gobernantes ni gobernados —escribió en el Boletín de Filosofía de la Universidad Católica Blas Cañas, de Chile— ha creído en el principio de la legalidad o, en el mejor de los casos, lo ha manipulado “para dar apariencia a las decisiones y acciones de facto”. Otros temas han sido tratados por él con más dominio: la pertinencia y alcance de una filosofía latinoamericana, aunque no creo que comparta la “desoccidentalización” de la misma; el carácter de respuesta a la fragmentación típicamente postmoderna y la incesante búsqueda alternativa frente al inevitable huracán homogenizante de la globalización.

Por último, practicó en sus obras subsiguientes —Del tiempo y sus metáforas (1996), Todo tiempo futuro fue mejor (1998), y Voces, imágenes y recuerdos (2000)— una sana tendencia hacia la literaturización. Lo que no estuvo mal, porque confirmaron al legítimo ensayista que se reconoce en Alejandro; es decir, un pensador que es al mismo tiempo escritor. No un simple comentarista o expositor de ideas. Pero lo repito: desgraciadamente, carece de interlocutores en Nicaragua e incluso de verdaderos espacios, salvo que se consideren como tales el segmento televisivo de análisis coyuntural, el restringido y esporádico seminario en alguna universidad o la página de opinión de un diario. Por eso ha tenido mayores proyecciones en el extranjero, convirtiéndose en un académico internacionalista que, desde sus perspectivas disciplinarias, ha abordado en forma crítica los problemas socioculturales del subcontinente.

A la anterior semblanza de Serrano Caldera, trazada en 2003, habría que agregar la publicación de sus Obras en tres tomos, los cuales abarcan más de una veintena de libros, —algunos vertidos al portugués—, cuyos textos ha escogido y editado literariamente Pablo Kraudy. En el primero de esos hermosos tomos, auspiciado por el Consejo Nacional de Universidades, CNU, Kraudy presenta un estudio, “Alejandro Serrano Caldera: pensador y filósofo nicaragüense” que sirve de pauta a esta empresa intelectual sin precedentes en nuestro país, revisada por Giovanna Amare Pace.

En efecto, hasta ahora solo Alejandro ha merecido que su producción adquiera organicidad en dichos tomos, tarea que se completará con uno más de similar dimensión.

Si en los dos primeros se organizaron sus escritos filosóficos y políticos, incluyendo en el segundo los correspondientes a la Universidad, el tercero —recién aparecido— contiene dos secciones: “América Latina ante la razón filosófica” y “Escritos sobre el pensamiento y la cultura nicaragüense”. Ámbitos de suma importancia que no es necesario ponderar.
Antonio Pérez-Hernández Terra, Embajador de España en Nicaragua, prologa este tercer tomo de 640 páginas. Para el diplomático, Serrano Caldera “ha sido un constante divulgador de la filosofía, contribuyendo a su comprensión por los estudiantes nicaragüenses, y elaborando, asimismo, una aportación personal al pensamiento filosófico moderno”. Lo cual es decir mucho. Y agrega: “Como impulsor de la ética en la acción y en el pensamiento, y como maestro y promotor de la reflexión entre la juventud, creo que es justo reconocerle una trayectoria coherente y ejemplar”. Así lo creemos muchos.

En fin, escasos nicaragüenses han cultivado el ensayo filosófico en los últimos 40 años: José Emilio Balladares Cuadra, (1945-1989); Freddy Quezada, un sociólogo aficionado a la filosofía postmoderna, y exégeta de la teoría del caos; Juan Bosco Cuadra, único doctor, egresado de la Complutense, en la disciplina y autor de varios manuales; los ya fallecidos Jaime Perezalonso y Álvaro Urtecho, Erwin Silva —antólogo del pensamiento latinoamericano— y Plutarco Cortez, discípulo del filósofo estadounidense Richard Rorty (1937-2007), entre otros menos relevantes.

Pero Alejandro Serrano Caldera ha sido el cultivador del género más sostenido y sistemático, el único de proyección internacional, consagrado a la enseñanza y a reflexionar sobre Latinoamérica y las crisis permanentes de Nicaragua.

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