•  |
  •  |

Cómo voy a estar feliz, si dentro de la manga de la camisa, ese señor gordo, empleado regular de una oficina de negocios elimina del concurso de licitación a la muchacha negrita, de pava escasa y grotesco maquillaje, que sí aplica para el puesto, y él, con severa excusa y gorda cobardía, asegura que es la muchacha chela y nalgas gruesas, la que se queda con el puesto como un galardón (él) también de dudosa autoridad. Pero digamos que soy yo, quien está exagerando y lo hago para rebajar mi conciencia y darle rienda suelta a mí inspirado modo de ver el mundo: Un viajero con lentes gruesos que deambula entre hormigas y alacranes y horarios negros del poder político.

El cronista, mi ángel perverso, achata mi cabeza gritándome, y a veces haciéndome recomendaciones dizque objetivas, me convence que lo que digo no solo es cierto, sino que es una simulación altamente desconectada de la  energía de un corazón sensible, y lejos, muy lejos, del clamor amante de sus semejantes.  

Mi entusiasta amigo hace genuflexiones con perspicacia, señalando lo que podría ser la ruta convenida para salvar un planeta. O sea, un aviso al rojo vivo, con el pensamiento en alerta. Es que duele en los ojos ver tanto cinismo que desemboca con la boca abierta y con guantes gentiles, le digo a manera de comentario a mi amigo de papel. La cosa no es estar triste, indica un cartel que busca la felicidad en esta capital de cemento rural y urbano. ¿Tal vez?, reprocha la señora del delantal que fue joven y que fue limpio.  

Mi hermano Beto, que en sus últimos días comía como un gato apurado por la muerte que le reclamaba  su asiento, me dijo sin prisa y con gran fortaleza, que todo era falsa alarma, y que todo ya le era prohibido para al final morir en un punto de reclamo; con la soledad ciega y los oídos en total asfixia.

Ahora recuerdo, muy tallado en mis brazos aquel poema que escribió, que hablaba de las compuertas con el pesado equipaje de las aguas en libertad. Ese poema lo arrimaba con piel  incoherente a su fallida felicidad.

En la oficina de empleos de un partido político, un candidato de flauta fatigada ofrece un millón de empleos, acomodando en su pecho un sucio amuleto de su suerte para confirmar sus excusas de “guerrero muerto” en la contienda fluctuante.

En el vecindario se discute acaloradamente sobre la aparición de dudas entre los niños: Cuando tenga novia, le pegaré si no me hace caso. Un hombre de fuertes mochetes se enoja pero disimula con sus labios entretenidos por su silencio. Los otros le exigen que ponga sobre la mesa sus palabras. Y salta la mujer del día, que exime de pesares, pesadillas y remordimientos a sus nietos que fueron también niños.

Un niño dice en voz alta que una amiga de su hermano fue golpeada ayer por un desborde de celos del muchacho que se cree el dueño de ella.  

Cada día en el mundo los hombres del miedo se roban el planeta tierra: su luz de la  selva, el río enclenque y sus aguas que van al océano;  se corta el árbol con el hacha de la miseria espiritual y la fe en vértigo. También el rostro que no me recuerda al que le falta el aire y tropieza sobre los muros de la rabia embaucada. ¿Entonces, el paraíso?

Pega recio el sol hoy, que camino con dificultad para abrir la solidaridad de mis piernas. Esta mañana que abunda el ruido de los congregados en la Puerta del Sol, en España, y la poesía de la vida, que intenta reparar el futuro a partir de hoy, el destino, la locura, el sabor a humanismo, a respeto, con la razón de ideas suyas, con el portal de un nuevo día. Y luego, la demoledora inquisición de la ultraderecha de allá y más allá montada para desprestigiar. Y el Milenio patas arriba. El rápido sombrero más hondo y más compacto de los humildes, sigue rompiendo brecha.  

¿Dónde estará el amor a esta hora que parece el mundo morir? Corre el conejo por la frondosa amistad de los niños, que sueñan con una playa gloriosa en la salida del sol. El pequeño ratón ronda cerca del escondrijo poblado de curiosidad. El cronista se luce con su estrella ardiente y pinta un jaguar con el pelo del silencio.

Diez canciones hermosas se acomodan, para que el tiempo de invierno llegue al primer aguacero y sacuda en la colina su rejuvenecido candor de quiebraplatas, y humedecidos  mangos sobre la mesa de los años.

El cronista apaga su lámpara y mueve sus palabras a un sitio de resplandor. La mujer que alquila en la casa vecina, imagina que el mundo no podrá ser más un cuerpo, que dobla el amanecer por su cintura hambrienta de amor. El  aire intranquilo trae en su copa una lástima de harapos revueltos sobre una silla de lejanía.

La lluvia fija la creación de un inmenso espejo de huellas, para recordarle al pan necesario, el abrigo del aroma del café ceñido al barro cocido.