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Había una vez tres cerditos que eran como hermanitos y se fueron por el mundo a conseguir fortuna. Uno se llamaba Daniel Ortega (el mayor), el otro se llamaba Arnoldo Alemán (quien por su apariencia, parecía ser el mayor, pero en realidad era el mediano) y el tercero y menor de los tres era Eduardo Montealegre (a quienes muchos confundían con un ratón pero muy en el fondo él siempre fue un cerdito de nalgas rosadas).

Los tres eran de origen nicaragüense y cada uno quería ser millonario y dar órdenes desde sus grandes casas con decorados lujosos.

El más grande les dijo a sus hermanitos que se pusieran a construir “casitas” para estar protegidos del “Lobo Feroz”, es decir, del pueblo nicaragüense que era arrecho como los caudales de sus ríos más anchos y copiosos. A los otros dos cerditos les pareció buena la idea y se pusieron manos a la obra, o mejor dicho, consiguieron mano de obra barata nicaragüense para construir sus “casitas” y protegerse de “cualquier insurrección repentina que surgiera en el país”.

Entonces el cerdito menor, Eduardo Montealegre, díjole a sus semejantes: “la mía será de paja, la paja es blanda y se puede sostener con facilidad”.

Tal cual sus propias palabras, el cerdito menor construyó a punta de “paja” todo un discurso demagogo para engañar, según él, al pueblo nicaragüense que gruñía como un Lobo Feroz cada vez que podía desahogarse en las calles. Ese discurso le sirvió de casa.

El hermano mediano, Arnoldo Alemán, decidió que su casa sería de madera y puso a trabajar a más de cien hombres mal pagados, mal alimentados y costrosos, para elevar su palacio en El Crucero, el cual bautizó como “Hacienda el Chile”.

Al sur de Managua, en las partes encumbradas donde la neblina lo escondía de sus corrupciones, se asilaba Arnoldo Alemán. Este cerdito era el más descarado de todos. “Puedo encontrar un montón de madera a los alrededores”, le aseguró a sus hermanos, y así alcanzó a hacer negocios con los corruptos que querían devorar los árboles de Bosawas, la reserva Indio Maíz y Miraflor.

“Construiré mi casa en un santiamén con todos estos troncos y luego me iré a jugar”, agregó el cerdito mediano. Y así fue. Lo primero que hizo, después de construir su mansión, fue seguir jugando con el erario público nicaragüense, a tal punto que alcanzó a hospedarse en el hotel más caro y lujoso de Dubái, mientras el pueblo que supuestamente lo había elegido, se moría de hambre por el desastre que dejó el Huracán Mitch a finales de los noventa.

El mayor de los cerditos, Daniel Ortega, decidió construir su casa con ladrillos. “Aunque me cueste mucho esfuerzo, será muy fuerte y resistente, y dentro estaré a salvo del lobo feroz que habita en cada uno de los nicaragüenses”. Les dijo a los otros dos cerditos, menores que él, en cuanto a fortuna se refiere, claro está.

Dicho y hecho. Este cerdito salió envalentonado, y sin ninguna vergüenza erigió su mansión en un barrio de Managua, la pintó de color rosado-chicha (o magenta, para los diseñadores gráficos) y la decoró con imágenes alusivas a su revolución, una revolución cuya propiedad intelectual se la quedó él y su esposa, quién se quedó también encaramada en el poder a pesar de que en los causes de Managua corría la sangre, la basura y los hijos del pueblo que se iban río abajo cuando los asentamientos hechos con madera, zinc y plástico, caían derribados por las lluvias del invierno atroz de Nicaragua.

El cerdito mayor, para tomar distancia de los otros dos cerditos, decidió también secuestrar la imagen del Che Guevara, la colgó en su despacho presidencial ya que así es como terminan los mártires de las revoluciones cuando los sobrevivientes sobreviven (valga la redundancia) a las mismas, y lo mismo hizo con Carlos Fonseca Amador y el jovencísimo Leonel Rugama para engañar al pueblo nicaragüense, haciéndole creer que su país saldría adelante por medio del culto al caudillo que solía proclamar desde su estrado.

Por último, y para rematar, decidió hacer discursos televisados desde su despacho para promocionar sus obvias intenciones de coronarse dueño de Nicaragua por tercera vez en su carrera política.

Cuando las tres casitas estuvieron terminadas, los cerditos cantaban y bailaban al son del Güegüense, a quien habían comprado también, felices por haber acabado con el problema de estar a salvos en su propio país, a pesar de sus chantajes políticos.

Y así fue, el pueblo de Nicaragua, quien había resultado ser un lobo feroz en la década de los setenta y ochenta, no pudo derribar a estos tres cerditos que se repartían Nicaragua en cada elección presidencial. ¿Cuándo volverá a despertar el lobo feroz que hay en el fondo de cada nicaragüense?

*grigsbyvergara@yahoo.com