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Gregorio Marañón.
Filósofo liberal.

Por estrategia política y sentido común, o mejor dicho, por buen sentido, los liberales debemos reconocer que hay que remozar el liberalismo nicaragüense, el mismo que una vez en 1893 metió a Nicaragua en la modernidad política y social, pero que con el tiempo hemos dejado que subsista valetudinario, achacoso, pesado, decrepito, obsoleto, sin credibilidad, decadente y que hasta padezca de Alzheimer, pues olvida a sus paradigmas, valores y principios que lo hicieron entre nosotros un faro de esperanza.

Por responsabilidad histórica debemos hacer que el liberalismo, que es de todos y no propiedad particular, sea resucitado en sus valores originales.

Entre nosotros históricamente la idea y sus principios y valores ha prevalecido con muchos nombres, entre otros por ejemplo, Partido Liberal Constitucionalista, nombre originalmente producido por don Leonardo Arguello, Quijote, Apóstol, idealista liberal, con propósitos nobles y principios de altura, y retomado como Movimiento Liberal Constitucionalista por Ramiro Sacasa Guerrero, en su gesta por rescatar y preservar el liberalismo para la democracia y la libertad. Pero a ambos personajes, don Leonardo Argüello y Ramiro Sacasa Guerrero, nadie los recuerda y deberían ser paradigmas de nuestras ansias demócratas liberales. Igual el caso con el Partido Liberal Independiente, donde nadie se acuerda de quienes deberían ser prototipos políticos, entre otros, a personajes como el doctor Enrique Lacayo Farfán o el doctor Alejo Icaza.  Nuestros paradigmas liberales yacen en el olvido histórico.

Debemos reconocer la necesidad de rejuvenecer el liberalismo, particularmente en la memoria de sus iconos, porque como dicen que no hay azar en la historia, no debemos correr el riesgo de quedarnos callados y dejar el liberalismo en manos de las sorpresas de la eventualidad.

Es tiempo que pensemos en “qué podemos hacer por el liberalismo y no en lo que el liberalismo puede hacer por nosotros”.

El liberalismo nicaragüense vive momentos incómodos y es obligación de todo liberal opinar, especialmente cuando están en juego el destino de Nicaragua y el destino del liberalismo, y más que de un partido, una idea universal, beneficiosa como es la liberal democrática merecedora de mejores depositarios, de la cual hemos perdido la perspectiva de su histórico significado.

En el aspecto político, el liberalismo, como anhelo de muchos, como fiduciario de multitud de inquietudes ciudadanas, los liberales de convicción, (no de cepa que esos no merecen respeto político porque las ideas no se heredan, se viven, se sienten, se razonan) los que queremos un mejor liberalismo, debemos pronunciarnos, porque callar y no decir algo, será consentir y ayudar a su destrucción política en la conciencia nacional.

El liberalismo debe recuperar su libertad y dignidad y debe comprometerse únicamente con Nicaragua, la libertad y la democracia.

El liberalismo quedó destruido a la caída de Zelaya y de Somoza, que lo arrastraron con ellos al abismo, de donde salió, solo porque la ideología es fundamental en el desarrollo de los pueblos, pero no queremos ni debemos repetir esas historias pasadas.

El liberalismo debe priorizar la no-reelección presidencial y promover un principio cívico patriótico Ético, fundamentado en valores y primicias morales, ciertos, factibles y efectivos y rechazar las reformas oportunistas y sectoriales a la Constitución. Debemos exigir respeto a la libre opinión de los diferentes sectores de la colectividad liberal sin que se sientan amenazados por emitirla y que se tomen en cuenta los deseos y  aspiraciones de consolidar el liberalismo como un partido político republicano, social y democrático.

Nuestros postulados son los de Francisco Morazán, Máximo Jerez, José Madriz y Leonardo Argüello, que todo lo dieron y sacrificaron por el liberalismo sin pedir nada para ellos.