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Hace algunas semanas vi un largo reportaje de la Televisión Española que me dejó estupefacto: casi al final del mismo, aparecía una maestra en una escuela de Boaco, si mal no recuerdo, leyéndoles a sus alumnos y alumnas de Primaria un texto en el cual prácticamente se comparaba a Daniel Ortega con  Dios.

Ciertamente no me debería haber quedado atónito, pues semejante comparación es la derivación lógica de la evolución que el culto a la personalidad que Ortega ha tenido en los rótulos que pueblan calles y carreteras, y en la propaganda en los medios de comunicación orteguistas.

En esa propaganda se le compara con Darío, Sandino y Andrés Castro. De ahí a que se le comparara con Dios, era solamente un paso.

El tema viene a propósito, porque en la orientación pastoral que emitió la Conferencia Episcopal la presente semana, y que de hecho fue la noticia más trascendente, se señala: “Los soberbios de corazón, los arrogantes y orgullosos que buscan sus intereses y exigen que se rinda culto a su personalidad (Rom 1,30; 2 Tim 3,2; St 4,6; 1 Pe 5,5), se pierden y se dispersan en autodivinizarse, siguiendo sus caminos y no los de Dios.”

Los obispos no han emitido una orientación partidaria, sino que han hecho una reflexión pastoral. Por tanto, es de la conciencia de cada ciudadano su lectura y las decisiones que toma. Mal haría, entonces, en tratar de dar una interpretación política específica a la misma.

Pero es el caso que, independientemente de la reflexión pastoral mencionada, es enorme la literatura sobre gestión gubernamental que demuestra de manera comprobada empíricamente cómo, cuando los intereses públicos se confunden con los intereses personales del gobernante, el “Sultanismo” del que habló el gran científico social alemán Max Weber, las políticas públicas terminan en la mayor ineficacia. Y el culto a la personalidad, hasta la autodivinización, es el prototipo del “Sultanismo”.

Esto explica que habiendo Ortega empezado el gobierno en mejores condiciones económicas que cualquier otro en las últimas tres décadas, y habiendo tenido el doble de cooperación externa (y en términos de flujo  efectivo más que el doble, pues casi no heredó servicio de la deuda), y no habiendo sido hostilizado por nadie, entregue tan pobres resultados socioeconómicos, en especial en términos de generar más empleos y mejores salarios.

Desde luego, Ortega ha sido muy eficaz en términos de hacer crecer su propio poder económico y beneficiar a sus allegados y neutralizar a los no allegados, permitiéndoles participar de los beneficios del “Sultanato”.

Pero el balance es desolador: pocos más ricos, clases medias empobrecidas, y muchos, muchísimos pobres.