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Una de las grandes noticias que se divulgó  a nivel mundial fue la rápida y pomposa canonización del Papa polaco Karol Wojtila, extraído desde Polonia hacia Roma como una pieza fuerte  en  el ajedrez  de la guerra fría. Muchos han señalado la relación existente entre  Juan Pablo II y Ronald Reagan. Wojtila, Reagan  y la Tatcher se alinearon dentro de la estrategia global para revertir el campo socialista y los pueblos  que luchaban en aquel entonces, con las armas en las manos por su liberación.

En este contexto de provocación, desestabilización  y lucha ideológica, aparece la 1ª  visita de su Santidad  a la Nicaragua sandinista de entonces. La visita a nuestro país fue  el inicio del combate contra la Teología de  la Liberación, combate que se llevó a efecto,  durante  los años que estuvo al frente  de los designios de la iglesia católica. Los  sacerdotes Ernesto y Fernando Cardenal,  el padre Parrales, Frei Beto fueron, sólo para  mencionar algunos, victimas de los atropellos de Juan Pablo II y el  director de la santa  inquisición, el alemán Ratzinger.

Además de combatir la Teología de la Liberación, su Santidad fue un férreo defensor del neoliberalismo, a pesar de su frase del “capitalismo salvaje” y un anticomunista a  ultranza. No obstante, su pensamiento cambió  un poco en los últimos años  de su pontificado, lo cual lo llevó a condenar la invasión de USA, su antiguo mentor, a Irak.  A pesar de todo, ha sido elevado a santo por el Vaticano. Esto demuestra la falta de  equidad e imparcialidad de quienes están al frente de la silla papal y del colegio  cardenalicio.

Contradictoriamente, un santo que no ha sido beatificado por la Santa Sede ha esperado por más de 20 años para que el Vaticano lo canonice: Monseñor Romero. El  asesinato de Monseñor Romero, ejecutado por uno de los más nefastos criminales del  represivo ejército de ocupación salvadoreño, Roberto Daubisson, demostró que la oligarquía, el  Departamento de Estado, la Casa Blanca y el Vaticano, estaban coludidos  para cometer este crimen inmoral contra un religioso que denunciaba las atrocidades,  torturas, desapariciones, asesinatos a mansalva, la represión y el martirio al que estaba  sometido el heroico Pulgarcito de América por la paranoia anticomunista del demencial inquilino de la Casa Blanca de aquel entonces y sus compinches del complejo militar  industrial (¿lenguaje de la guerra fría?).

El Vaticano nunca condenó este alevoso crimen. Nunca se pronunció antes y ahora por la actitud, noble y valiente del  Monseñor de los pobres. Al Vaticano no le importa que  un sacerdote que profesa la teología de la liberación, entregue su vida, derrame su  sangre por la defensa de los desposeídos,  de los excluidos y marginados de la riqueza  social. Todo lo contrario. Condena este tipo de filosofía porque atenta contra su statu  quo.

Monseñor Romero, igual que numerosos  curas y sacerdotes revolucionarios, defensores de la Teología de la Liberación. como Ruttilio  el grande, los jesuitas asesinados en los  predios de la UCA salvadoreña, pagaron con su vida y su preciosa sangre el precio de la  libertad, la democracia, la paz, el derecho y la justicia social. Ellos no están en la mente  de quienes  mueven los hilos en el Vaticano. Es más, en el fondo de su corazón,   desprecian a sacerdotes  progresistas y revolucionarios porque atentan contra sus  ostentosos  privilegios.

La canonización  de Juan Pablo II refleja las relaciones  de poder que se mueven entre  las grandes potencias, ya que  la hipócrita Europa, que aglutinada en la OTAN masacra   al pueblo  libio, sin ninguna razón humana, llevando a cabo crímenes de lesa humanidad, como el asesinato del hijo menor del coronel Gadaffi  y sus tres nietos, necesita desviar la atención de sus sociedades católicas y creyentes ante este genocidio  que están cometiendo Berlusconi, Cameron, Sarkozy y demás jinetes del apocalipsis europeo y norteamericano.
 
carlosmcorea@yahoo.es
San Carlos