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El Gobierno de los Estados Unidos --es decir el imperio-- se resalta  por su brutalidad y descaro.  También se empecina en la amnesia.  Obama se desgañita rogándonos el olvido del pasado.  El pasado es la intervención, el pasado es la arrogancia, el desprecio hacia la soberanía de los pueblos, el pasado es el asesinato, el pasado es la violación, sin medida, sin pudor, del derecho internacional.  El presente es, con exactitud algebraíca, cronométrica, lo mismo.

El Gobierno de Estados Unidos por medio de los labios carnosos de quien alguna vez parecía atractiva, la dama implacable, Hilary Clinton, anunció durante el mes de mayo sanciones contra la Petrolera Estatal de Venezuela (Pdvsa) por sus relaciones con Irán.  Estados Unidos mantiene relaciones con el país que quiere – incluyendo el genocida Israel – con todo derecho.  Todos los países del mundo tienen relaciones con quienes les da la gana, según los acuerdos de las Naciones Unidas.   Venezuela, país energético, tiene relaciones energéticas con Irán, país productor de petróleo y si no las tuviera sería asunto de Venezuela, aunque no tenerlas sería idiota y antinatural.

Es elemental: estas sanciones hieren la dignidad de América Latina y forman parte de las antiguas mañas odiosas, del imperio yanqui. Nuestra solidaridad con la Venezuela Bolivariana y nuestro hermano el gladiador Hugo Chávez.

Recordamos la altanería del gobierno yanqui de que nuestros países – por lo menos la mayor parte – han decidido ser soberanos, libres como las águilas.  Pedirle sensatez, respeto y cortesía al imperio es como rogarle objetividad a la derecha o fealdad a la luna llena, o a como se dice aquí, peras al olmo.  Seremos independientes, señores yanquis, señores de la derecha,  por nuestra propia e irreversible cuenta.