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En muchas partes la democracia se ve obstaculizada por el avance de personas o grupos  que se creen predestinados a ejercer el poder. Entendemos la democracia como un  sistema flexible que garantiza la pluralidad, el respeto a las minorías y produce cambios  de Gobierno sin muertos, ni guerra civil. Sin embargo, es sensible a ser envilecida desde  adentro por una oleada de autoritarismo. Aquí estamos viendo surgir esa ola. Más bien  ya la tenemos encima. Nos cuesta aprender de la historia. Las dictaduras que años atrás  asolaron la región dejaron un legado inmenso de dolor que ha costado generaciones  superar. En toda Centroamérica el autoritarismo marcó su huella viciada mostrándonos   un pasado que nadie quisiera repetir. Ubico, Somoza, Carias se entronizaron en el poder  llevando a un mayor atraso a los países. Somoza fue un paso adelante formando una  dinastía con sus hijos.

En este mundo globalizado desde la Revolución de los Claveles en Portugal, en 1974, hasta el presente, muchos países rediseñaron sus instituciones no para servir a un grupo  o a una familia en el poder, sino para servir a la ciudadanía con gobiernos alternativos,  con un sistema de partidos representativos y un sistema electoral en que tienen  representación proporcional todos los sectores sociales y todas las corrientes de  pensamiento. Eso posibilitó que en muchos países las corrientes de izquierda llegaran al  poder.

Ahora en Latinoamérica vemos con preocupación el auge de las “familias presidenciales”. Grupos que una vez en el poder, utilizan los innumerables mecanismos  de la democracia contra ella y procuran beneficiarse más allá de lo justo y previsible.

La tendencia comenzó con casos aislados, pero se ha vuelto como la metástasis del cáncer que se riega por todo el cuerpo. En muchos países con ejemplos extraños como el de Guatemala, donde el divorcio de la pareja gobernante se hace “en nombre de la patria”. En Argentina, donde cuando el marido Néstor Kirchner no pudo ser candidato se buscó una formula marital presidencial y Cristina Fernández arrasó con los votos. En  Perú la hija de Fujimori sorprende regresando con posibilidades de éxito, pese a que su  padre guarda prisión por extralimitaciones de poder. Hay muchos casos más. La silla  presidencial se está volviendo herencia de familias. Desde luego eso no es democracia.

El sistema de maniobras de esta patología política varía según los casos. Pero se trata  siempre de quienes utilizan en provecho propio los bienes colectivos. Se sabe que estar  en la presidencia es puerta abierta a una enorme cantidad de relaciones y recursos  proclives a ser malversados, o sea  utilizados para provecho personal y no del colectivo  para el que fueron diseñados.

Estos nuevos nepotismos, perversa vinculación entre lo familiar y lo personal con moderna arquitectura institucional, está enredándose en el sistema democrático para frenar su eficacia y productividad social. Muchos de nuestros sistemas legales ni siquiera están preparados para hacerle frente, de manera que la osadía de algunos de estos “familiares”, se transforma incluso en soberbia violenta y atropello cuando la ciudadanía les recuerda su origen político.

Las familias presidenciales o las presidencias familiares restringen el ámbito de libertad  política y corroen la democracia. Son malos. Pero el asunto empeora cuando al no ver  factible la elección de la esposa del Presidente simplemente se atropella la Constitución  política del país, pervirtiendo las antes honorables instituciones como la Corte Suprema  de Justicia como desgraciadamente está ocurriendo en nuestro terruño. El perjuicio al  estado de derecho es catastrófico y casi irremediable. Para el ciudadano honesto se  vuelve un deber ineludible oponerse por todos los medios a esa barbarie.