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Dentro del escenario político vamos identificando algunos actores evangélicos que  buscan cómo afirmarse públicamente, con el fin de colocarse en algún espacio de poder dentro del ámbito nacional.

Si bien la participación de evangélicos en la política partidaria refleja una cierta apertura al ámbito no estrictamente espiritual, no obstante, se observa en la práctica de estos líderes, marcadas debilidades y desatinos debido a que no cuentan con un proyecto de sociedad que encarne de modo radical las aspiraciones más profundas de la vida humana.

La participación de algunos evangélicos -sobre todo pentecostales- ha mostrado: Primero, una profunda carencia de formación política coherente y consistente que les permita actuar con autonomía de criterio. Casi todos han incursionado a tientas teniendo como fin único la apropiación de algún espacio de poder.

Segundo, una visión corta de su participación provoca ser arrastrados por el vaivén de los oportunismos de personas que sí tienen experiencia política, y los usan para sus propios fines. Tercero, al no tener nada que ofrecer, lo  único que  hacen es plegarse a los programas de los partidos, quedando a merced de lo que  quieran ofrecer las cúpulas partidarias, y cuarto, los evangélicos en la política carecen de un programa político que los posicione en el escenario y los diferencie de otros actores.

¿Para eso y por eso participa un evangélico en política? Pareciera que todo se reduce a sumar votos para entrar en el juego del costo beneficio. Voto versus beneficio. Si nos remitimos a las bases evangélicas solo para garantizar votos, a cambio de ayudas individuales,  entonces esto refleja toda una pobreza en conocimiento político.

¿Será que los evangélicos no tenemos ningún proyecto que remita a las aspiraciones más radicales de la sociedad?  A los evangélicos que quieran incursionar y los que ya están en la política deberán tomar muy en serio la necesidad de entrar en un proceso de formación política para no ser vergüenza de quienes los escuchamos en diferentes medio, pero como exigencia radical y primordial sencillamente  deberán volver a nuestro apelativo de evangélico, pero en el sentido de convertirnos y apropiarnos del evangelio Jesús como proyecto de vida, como única manera de  discernir a través del decir y actuar de Jesús las pistas necesarias para un proyecto de sociedad.

Jesús nos interpela con su  proyecto
Jesús inaugura su programa de predicación del evangelio centrado en un mensaje central  la del “Reino de Dios se ha acercado, cambien y conviértanse al evangelio”, el reino de Dios afecta primeramente a las personas y les exige un acto de conversión, es decir que cambien sus modo de pensar, de actuar y esto supone una revolución interior.

Estas transformaciones de las personas en su  modo de pensar, de actuar,  intenta llevar  a los hombres y mujeres a decidirse por el nuevo orden que inaugura Jesús con su propia actitud y práctica. De ahí que Jesús coloca en el centro de su preocupación al ser humano y la liberación de  su conciencia oprimida. Ningún esquema de ley puede cuartar las libertades e igualdades de todas las personas. Para Jesús   en el nuevo orden debe reinar la libertad y la igualdad fraterna.

En el proyecto de Jesús los hombres y mujeres deben entrar en un nuevo comportamiento basado en el amor sin discriminación. Hacer del amor la norma de vida y de conducta moral es algo dificilísimo para el hombre y la mujer que  siguen su propia lógica. Es más fácil vivir dentro de la ley y de unas prescripciones que todo lo prevén y determinan. Difícil es crear para cada momento una norma inspirada en el amor. El amor no conoce límites. Exige fantasía creadora. Sólo existe en el dar y ponerse al servicio de los otros. Y sólo dando se tiene. Esa es la «ley» de Cristo: que nos amemos los unos a los otros como Dios nos ha amado. Ese es el único comportamiento del hombre nuevo, libre y liberado por Cristo e invitado a participar del nuevo orden.

¿Es posible, orientar con estas normas,  la sociedad? Algunos piensan que este programa de Jesús es impracticable para el individuo, para la familia y para la sociedad.  Jesús no vino a traer una ley más radical y severa, sino un evangelio que significa una prometedora noticia: no es la ley la que salva, sino el amor. La ley posee sólo una función humana de orden, de crear las posibilidades de armonía y comprensión entre los hombres y mujeres. El amor que salva supera todas las leyes y convierte todas las normas en absurdas.

El amor que Cristo exige supera la idea de justicia. La justicia, en su  definición clásica, consiste en “dar a cada uno lo que es suyo”.  Lo que supone evidentemente un sistema social previamente dado. Así en la sociedad esclavista dar a cada uno lo que es suyo consiste en dar al esclavo lo que es suyo y al señor lo que es suyo; en la sociedad burguesa, dar al patrón lo que es suyo y al operario lo que es suyo; en el sistema neocapitalista, dar al magnate lo que es suyo y al proletario lo que es suyo.

En el Sermón de la Montaña, Cristo, con su predicación, rompe radicalmente ese círculo. La justicia que él predica no supone la consagración y legitimación de un statu quo social, levantado sobre la discriminación entre los hombres y mujeres.

El anuncia una igualdad fundamental: todos son dignos de amor. ¿Quién es mi prójimo?, he ahí una pregunta equivocada que no debe hacerse. Todos son prójimo de cada uno. Todos son hijos del mismo Padre y por eso todos son hermanos. De ahí que la predicación del amor universal represente una crisis permanente para cualquier sistema social y eclesiástico. Cristo anuncia un principio que pone en jaque todo el fetichismo y la subordinación deshumanizante de cualquier sistema, social o religioso. Por eso, las normas del Sermón de la Montaña presuponen el amor, el hombre nuevo, liberado para cosas mayores: «Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos» (/Mt/05/20).

Urge una mudanza de vida y una transformación en los fundamentos de la vieja situación.  No solo es el dar a los pobres sino posibilitar que los pobres cambien su forma de pensar y de actuar El pobre no utilitarista sino como centro de la preocupación de  Dios.

Jesús no sigue los convencionalismos de la estratificación social sino que  actúa soberanamente. No respeta la división de clases. Habla con todos. Busca contacto con los marginados, los pobres y despreciados. A los que se escandalizan les grita: «No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores. Los sanos no precisan médico» (Mt 11,19). Conversa con una prostituta, acoge a gentiles (Me 7,24-30), come con un gran ladrón, Zaqueo; acepta en su compañía un usurero que después lo traiciona, Judas Iscariote; tres ex guerrilleros se convierten en discípulos suyos y permite que las mujeres lo acompañen en sus viajes, algo inaudito para un rabino de su tiempo. Los piadosos comentan: «Ahí tenéis a un comilón y un borracho, amigo de los publicanos y pecadores» (Mt 11,19). Seculariza el principio de autoridad. Las autoridades constituidas no son sin más representantes de Dios: «Lo del César devolvédselo al César y lo de Dios a Dios» (Mt 22,21). 13,32). La autoridad es una mera función de servicio: «Sabéis que los jefes de las naciones las gobiernan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros sea vuestro servidor» (Mt 20,25). No tiene ningún apego a las convenciones sociales: «Los últimos serán los primeros y los primeros los últimos» (Me 10,31) y «los publicanos y las rameras os adelantarán en el reino de Dios» (/Mt/21/31). ¿Por qué? Por su situación de marginados del sistema sociorreligioso judío son más aptos para oír y seguir el mensaje de Jesús. No tienen nada que perder, pues nada tiene, o nada son socialmente. Sólo deben esperar. El fariseo, no. Vive asentado en el sistema que creó para sí: es rico, tiene fama, tiene religión y está seguro de que Dios se halla de su lado.

Un programa de sociedad basado en estos valores, del evangelio predicado y practicado por Jesús, requiere verdaderamente una conversión de quienes lo propongan.  ¿Será que nadie se atreve a promover un programa basados en el evangelio por que les parece demasiado radical? Pero ¿No buscamos  un programa radical para transformar la vida de  hombres y mujeres de tal manera que crezcan  y se realicen en todo su sentido?  O  solo buscamos nuestro propio beneficio. Hay que aprender de Jesús que a costa de su propia seguridad propuso un programa radical de transformación de la vida ¿Será que el evangelio de Jesús es muy peligroso  para  orientar nuestra practica? Así todo evangélico que aspira entrar en el juego político deberá preguntarse ¿Qué evangelio funda mi práctica política? ¿El evangelio de Jesús o mi propio evangelio?

*Sociedad protestante Soli Deo Gloria
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