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La lucha mundial para cuidar y mejorar el ambiente constituye un paradigma en el que confluyen la comunidad científica, instituciones y sociedades que tienen como principal valor, la construcción de relaciones sociales y políticas de respeto a los derechos de todos los seres del planeta.

La comunidad científica está incidiendo de manera sostenida, para que  los países tomen conciencia, de que el planeta sufre tensiones que sobrepasan su punto crítico de resistencia, provocando gravísimos desequilibrios en el ambiente, que afectan severamente la sobrevivencia humana, del ambiente y sus especies. Sus principales llamadas de atención giran en torno a ejes como estos: Desequilibrios de los sistemas geomorfológicos del planeta, alteración de las rutas del viento, desregulación y acidificación de los océanos, calentamiento de las aguas y derretimiento de glaciares, agotamiento de los recursos marinos accesibles para la humanidad, los bosques desaparecen, los desiertos avanzan, los alimentos escasean, los problemas de salud se acrecientan, y los más pobres son los que sufren las peores consecuencias.

En Nicaragua esta crisis parece ser aún más crítica. Los gobiernos, el estado, las instituciones y la sociedad, en las últimas décadas, no parecen haber tomado conciencia profunda de la gravedad de tal situación. Las evidencias no necesitan explicaciones. Cada día el ambiente que se vive en las ciudades de todo el país, principalmente en la capital, está abarrotado de suciedad y basura. Es vergonzoso comparar la basura que agobia a Managua con la limpieza de ciudades de  otros países.  Niños, jóvenes y adultos por igual, parecieran no tener conciencia de la importancia que tiene para la salud y el bien vivir, un ambiente limpio, cumpliendo normas básicas de higiene y cuidado del medio ambiente. A ello se suma la actitud irresponsable de la mayoría de las alcaldías que no cumplen su labor de recoger la basura, ubicar recipientes y lugares para depositarla, y educar a la población facilitando condiciones  de ambientes limpios y saludables. Tal parece que unos y otros se han acostumbrado a ver casas, calles, paradas de buses y demás ambientes llenos de basura, como si ésta se hubiera encarnado en nuestra idiosincrasia.

La política educativa y la transformación curricular de los subsistemas educativos se ha esforzado por incorporar levemente esta sensibilidad ambiental, no obstante, diferentes factores están impidiendo que las mismas se concreten en la práctica de funcionarios, dirigentes, educadores y, sobre todo, estudiantes. Entre estos factores están: Débil participación docente en diseñar los contenidos y ejes transversales, el diseño curricular no llega a ser comprendido y asumido por quienes lo aplican; los esquemas mentales  respecto al ambiente y la limpieza no han cambiado, la enseñanza de estos contenidos y ejes es formal, etc.

La educación del país dispone de la red nacional más organizada que debería ser optimizada para lograr que delegados, asesores pedagógicos, directores, personal docente y estudiantes comprendan, asuman y vibren, de forma sostenida, por los derechos de las personas y el ambiente, la higiene y la salud.

Si esta red lograra, a además, articularse con las alcaldías, instituciones y organizaciones amigas de estos derechos, su poder educativo y disuasivo tendría enorme trascendencia para motivar, convencer, organizar y movilizar a niños, jóvenes y familias, logrando compromisos prácticos sostenidos para cuidar el medio ambiente, depositar y clasificar la basura. Ciertamente se dan esfuerzos esporádicos de  campañas bien intencionadas, que acaban siendo sofocadas por la costumbre y subcultura social, sumado a la violación de leyes y normas establecidas.

Urge concertar políticas socioeducativas relativas al cuidado y limpieza ambiental, capaces de traspasar la ingenuidad de los ejes, que por ser transversales, permanecen invisibilizados e inactivos en la educación. La concreción de las mismas, cuyo diseño debe contar con participación de actores educativos y sociales claves, se desplegaría con la fuerza, motivación y comprensión del magisterio, logrando profundos cambios culturales y mentales en ellos, para convertirse en los mejores multiplicadores efectivos de estos hábitos, con sentido profundo de su papel educador y multiplicador hacia los estudiantes, iniciando en preescolar y primaria, y avanzando en ciclos superiores, involucrando a padres y madres de familia, alcaldías y actores sociales comprometidos. En tanto estas políticas, contenidos y ejes se traduzcan en acciones y comportamiento reiterados y sostenidos, derivándose en nuevas actitudes hacia el ambiente, la salud y la limpieza por parte de directores, docentes, estudiantes, padres, madres y ciudadanos,  se convertirán en un tsunami educativo poderoso capaz de invadir todo el país, capaces de cuestionar viejos hábitos en contra del ambiente, la limpieza y la salud, para construir relaciones amigables con el entorno y una cultura de buenos hábitos de limpieza.

Cuando el centro educativo pone en acción esta nueva cultura, sus aulas, patios y entornos comienzan a ser un ejemplo de cuidado y limpieza para la comunidad.

Esta cultura de limpieza y cuido, asumida como práctica desde los niños más pequeños hasta los adolescentes, se trasferirá a las familia y su comunidad, actuando como pequeños educadores de los mayores. Logrado esto, de forma gradual podremos  ganar la batalla a la basura y descuido ambiental. Sólo falta tomar esta decisión y sostener un desempeño práctico de todos, con la fuerza y participación necesarias.