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Cuando ya no podía más, cuando estaba punto de abandonar y darme por vencido, cuando ya no confiaba en mis propias fuerzas. Entonces, iba al hospital a visitarle.
A veces, los estudios de Secundaria o los de una carrera universitaria resultan tan largos y pesados que uno está a punto de tirar la toalla y dejarlo todo a un lado.

Libros aburridos, profesores aburridos, aulas aburridas. Y empiezas a hacer cuentas de los años que aún te quedan, y los divides en meses, luego, en horas, en minutos y ¡horror!, en segundos. Una eternidad. Más tarde, descubres que el trabajo puede resultar igual de aburrido. Pero cuando estaba en un momento crítico de esos, sabía que mi médico favorito se encontraría a las dos de la tarde en su consulta de cirugía en el hospital de mi ciudad. Ese cirujano daba la casualidad que era mi tío. Tenía una voz radiofónica con esa sonora ronquera de los viejos fumadores. Y le encantaba hablar, hablar sobre todo de lo que le costó a él llegar a ejercer lo que más amaba en la vida: la medicina y la cirugía. Había estudiado en tiempos de mucha pobreza, pasando verdadera hambre. Robaba comida de los hospitales donde hacía prácticas y turnos de noches seguidas, y estudiaba paseando por los parques, de pie, para no quedarse dormido. Desde el momento que sus manos rozaron un bisturí, jamás se desprendió de ese instrumento con el que ha tratado a miles de personas. Era capaz de llevarse horas y horas operando sin que lo que ocurriese fuera de su quirófano pareciera importarle. Ahora ya lo hace menos porque se ha jubilado.

Yo me sabía su historia de memoria, y él sabía que yo me la sabía, pero como si  hiciéramos un pacto de olvido, recomenzaba siempre por la misma frase: “Eran tiempos duros aquellos, y tu abuelo me dijo claramente que no podía costearme los estudios. Yo no tenía nada ni nadie. Entonces me encontré con…”.

Yo le escuchaba hasta que nos interrumpía una enfermera anunciando una urgencia o  algún paciente en la sala de espera. Después, me iba absolutamente contagiado de la pasión por un oficio que se convierte en una manera de vivir. Yo no quería ser médico. Yo lo que quería era contar historias, comunicar, mostrar lo que veía o no veía. Elegí una carrera que fuera afín a mis gustos y que además pudiera darme para el pan de cada día, aunque no tenía claro si podría trabajar o hacer aquello que más había amado después de los estudios. Entonces me llevaba por dentro la voz estentórea de mi tío que hablaba de la lealtad a uno mismo por encima de todo. Y lo que es más de uno mismo es lo que desea hacer, una acción, una idea, una forma que lleva toda la vida construir.

Quién de nosotros no tiene una afición, un hobby, un pasatiempo, un pequeño vicio  escondido, quizá una distracción. A veces, esos…, llamémosle “pasatiempos”, se convierten en una válvula de escape. Pero hay una gran diferencia en que te guste pintar los fines de semana o en ratos libres sin que eso te obsesione, y en que pintar sea tu pasión, es decir, el único medio por el que algo muy íntimo se quiera expresar, y que a través de ese proceso, mientras lo realizas, se te muestre algo de ti mismo. Se trata de un oficio y de una manera de vivir donde reconocerte más auténtico. Algo que tiene la facultad de facilitar que todo lo que no sabes de ti se conecte. Si eso ocurre, estamos hablando de una vocación.

La raíz de la palabra surge del término “llamada”.  Por la vocación, dicen, que vale la  pena cruzar el Niágara en bicicleta o los desiertos más largos. Por la vocación, vale la pena sufrir tramos de vida en completa soledad, incluso en vacío. Ahora sé que es precisamente en esos tramos de soledad y de vacío, en esos desiertos, en ese largo lamento de dudas donde se construye y se materializa la vocación.

Porque la vocación implica una fe, como en una especie de parto, en el que se teme pero tras el que se sabe que la mayoría de las veces se da a luz en buen término. Una de las cosas más maravillosas del mundo es cuando alguien, estando solo, descubre, en su juventud o en su madurez, aquello que da sentido a su vida, y no me refiero lo que depende de otras personas, sino aquello que le arde por dentro y busca manifestarse, completarse. Y no hay cosa más cruel que cortar las alas de quien va en busca de su vocación. El precavido consejo de que lo primero es pensar en el plato de comida de hoy no debería estar reñido con la vocación. Y en cualquier caso, quien siente esa pasión, no está dispuesto a comerciar con ella.

Dicen que la mayor causa de infelicidad y frustración la produce la soledad. Yo lo creo  a medias, porque ahora pienso que la soledad que produce ese daño no es tanto la de no contar con una compañía íntima, sino la de no contar con más de la mitad de uno mismo. Podemos ser conscientes o no de ella, pero me parece que la peor soledad es la sensación de habernos abandonado en una parte del camino y continuar sin eso que era tan nuestro, que tanto miedo nos daba, y que tanta ilusión nos provocaba. Un pequeño yo tiritando de frío bajo un árbol oscuro, en espera de que vuelva.  

Antes de caer en la peor de las soledades, en la de que uno ya no se tiene ni a sí mismo  porque se ha traicionado en todas las esquinas de la vida, antes de probar el sinsabor de la infelicidad mayor, que según dicen es la de no poder realizar aquello que uno siente con más pasión, yo me iba a la consulta de aquel médico que me hablaba del amor hacia un oficio que había dibujado su vida, y me contagiaba energía con sólo escuchar su historia que siempre comenzaba del mismo modo como un aviso: “Eran tiempos duros aquellos”.

sanchomas@gmail.com