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He escrito unas cincuenta páginas enaltecedoras sobre  él y compilado dos libros de autores varios: Bolívar y los nicaragüenses en 1983 y El Libertador entre nosotros en 2001. Por tanto, estoy libre de fobia alguna contra el protagonista histórico que, al final de sus días, desengañado, reconoció haber sido --con Jesucristo y don Quijote-- uno de los tres grandes majaderos de la humanidad.

Quisiera transcribir unos breves apuntes --reveladores algunos de hechos poco conocidos-- sobre “quien murió pobre --dijo José Martí-- y dejó una familia de pueblos”.

¿Bolívar y Sandino?
No, no son comparables. Y no es muy correcto establecer, tajantemente, el paralelo de Sandino con Bolívar. Ni militar, ni política, ni intelectualmente están a la misma altura. Bolívar es como la cordillera de los Andes que cruza, imponente, el Sur de América; en cambio, Sandino --hablando en términos orográficos-- no trasciende los 600 metros del volcán Masaya. Sin embargo, el muchacho de Niquinohomo (a los 33 años emprendió su heroísmo quijotesco) estuvo animado por la utopía bolivariana, es decir, por la conciencia que Bolívar había elaborado marcando un hito y estableciendo las bases para el futuro. Así concibió una variante del Nacionalismo de “Patria Grande”; su nacionalismo antimperalista. Un importante movimiento político le precedió: el aprismo de Víctor Raúl Haya de la Torre en el Perú. Otro, el peronismo argentino, continuó su idea de unión latinoamericana: “El año 2000 nos encontrará unidos o dominados”. Sin comentario.

En su “Plan de realización del supremo sueño de Bolívar” (1929), el nicaragüense va a insistir en la incorporación de Haití al proyecto continental antimperalista. En tanto que en Haya de la Torre va a ser “indoamericano”. Al respecto, el apólogo de Sandino, “La historia de Rin y Rof” --suscrito el 10 de marzo de 1929 y dedicado a Gabriela Mistral-- está dirigido “a los niños de América Latina, Continental y Antillana”. Por algo su autor había leído y asimilado la obra del socialista español Luis Araquistaín (1886-1959): La agonía antillana / El imperialismo yanqui en el mar Caribe (1928).

Pero no, no son comparables, resultando desproporcionado relacionar la magnitud de Bolívar con la pequeñez de Sandino. Éste --el que habla es Luis Alberto Cabrales (1901-1974)-- “puede parangonarse a José Dolores Estrada o Diriangén. Los que suelen compararlo a Bolívar no saben ni lo que hacen. Ni Washington se le acerca. Bolívar y Washington es un paralelo imposible. Washington, Hamilton, Jefferson y Franklin unidos, hechos por milagro un solo hombre, tampoco llegan al supremo ideal del gran venezolano, que de tan grande ya es de todos nosotros, incluso de los españoles. Los nicaragüenses, paisanos del soñador imperial, del poeta de la Hispanidad, no tenemos derecho a inventar para nuestra nacionalidad un Bolívar doméstico, casero. No tenemos derecho a ser miopes. Tenemos obligación de ver con claros ojos minervinos”.

Bolívar: colosal

El principal gestor de la revolución emancipadora de Latinoamérica en todo fue un colosal y uno de los pocos seres que han sido dirigente de la acción, en el lugar de la acción y al frente de la acción. Un coloso que en menos de cuarenta años recorrió en barco, a caballo y a pie, una distancia equivalente dos veces y cuarto la vuelta a la tierra, superando en miles de kilómetros a Alejandro Magno, Julio César, Aníbal y Napoleón juntos.

El caballo y la rosa
Más de la mitad de su vida permaneció Bolívar montado: si no sobre el caballo dirigiendo sus gloriosas campañas libertarias, sobre la rosa sexual de la mujer, a la que era impetuoso adicto insaciable.

Chaparrín
Don Simón era chaparrín. Medía dos centímetros menos que Tomasito Borge. Pero nadie ha reparado en su estatura física.

Anagrama
El anagrama más significativo de Rubén Darío --nuestro Bolívar literario-- es Un Bardo Rei. El de J. Santos Zelaya, Ya nos lazaste J.; el de Carlos Cuadra Pasos, Para casos de locura; el de Emiliano Chamorro, Mi ir oler ano macho; el de Aldo Díaz Lacayo (Yaco Alaza D. Olid). ¿Y el de Bolívar? Libró a V., naturalmente.

El bolivarismo hispanista de Ycaza Tigerino
El pensador nicaragüense Julio Ycaza Tigerino reivindicó el Hispanoamericanismo del Libertador como sistema aglutinante de las naciones hispanoamericanas en una comunidad política, basada en la unidad de origen y destino histórico, frente al Panamericanismo como sistema de aglutinación continental bajo la égida de los Estados Unidos. Y afirma: “Es Bolívar precisamente, a quien se le ha querido convertir con torpeza en Padre del Panamericanismo, el que con genial visión de estadista vio desde 1815 que el destino histórico podía lograrse mediante la unidad política y espiritual de su vasto conjunto de pueblos que, separados y divididos, serían presa fácil de los imperialistas europeos y del naciente imperialismo norteamericano.”

Por ello Ycaza Tigerino rechazó la geopolítica norteamericana, surgida con la Guerra Fría, que tenía su expresión en el Panamericanismo, originado en la doctrina Monroe, que se infiltraba en Hispanoamérica a través de la OEA y de múltiples instituciones privadas norteamericanas, religiosas y culturales, no sólo protestantes sino también católicas.

Según Ycaza Tigerino, la concepción bolivariana resultó premonitoria de lo que sería un orden mundial presidido por una Comunidad Hispánica de Naciones. Y para su fortalecimiento planteaba que por razones históricas, étnicas y culturales España era la nación europea que podía y debía dar a las naciones hispanoamericanas un buen contingente de inmigrantes, impidiendo así que una inmigración cualquiera pudiera despersonalizar nuestras naciones.

Profeta errático
A los merecidos títulos de Bolívar, ¿habría que añadir el de errático profeta? Los istmanios del continente --me refiero a quienes sobrevivimos en el área centroamericana-- respondemos positivamente. Porque en su delirio de futuro don Simón aseguró: Los estados del istmo de Panamá hasta Guatemala, formarán una asociación. Esta magnífica posición sobre los dos grandes mares podrá ser, con el tiempo, el emporio del Universo.

La realidad nos da la razón. No constituimos ninguna asociación ni unidad política. Ni somos emporio comercial alguno. Más bien, cabe hacer otra pregunta: ¿Seremos, más pronto que tarde, emporio del Narcotráfico?

Nicaragua: regalo para la corona inglesa

No hay duda: el Libertador quiso donar Nicaragua a Inglaterra, potencia aliada en su campaña emancipadora de España, tradicional enemiga del Albion. Así consta en su carta escrita al día siguiente de haber desembarcado en Kingston, Jamaica, a finales de mayo de 1815 y dirigida a Mr. Maxwell Hyslop.

Realmente, Bolívar nos ofreció en pago por la libertad de América del Sur. Dice en su famosa carta: “La costa firme se salvaría con seis u ocho mil fusiles, las municiones correspondientes y diez mil duros para pagar los primeros meses de campaña. Con estos socorros pone a cubierto el resto de las provincias de América del Sur; y al mismo tiempo, se pueden entregar el Gobierno británico las provincias de Panamá y Nicaragua, para que forme de estos países el centro del comercio del Universo, por medio de apertura de canales, que rompiendo los diques de uno y otro mar, acerquen las distancias más remotas y haga permanente el imperio de Inglaterra sobre el comercio” (página 117 del capítulo “Bolívar e Inglaterra” de la obra Simón Bolívar, de Nemesio García Naranjo).

Todo inglés sincero tendría que exclamar --comenta García Naranjo--: “¡Lástima que el Gobierno británico no hiciera caso de las advertencias geniales del Libertador!”. ¿Geniales para quiénes?

Marx y su desprecio de Bolívar
Don Karlos no entendía la cuestión nacional en América Latina. Por tanto, ignoró la significación de Bolívar; más aún: fue uno de sus grandes detractores. Sin reprimir su eurocentrismo e influido por la tradición antiespañola predominante en Inglaterra, donde subsistía escribiendo para la Enciclopedia Americana, desdeñó las campañas militares del ex aristócrata caraqueño.

Para el filósofo de Tréveris y descendiente de una familia judía de clase media, las derrotas iniciales del caudillo sudamericano se debían a su impericia militar; y sus posteriores triunfos, a la Legión Británica. “Como la mayoría de sus coterráneos, era incapaz de cualquier esfuerzo prolongado”; antes de hacer la guerra, “gastaba más de dos meses en bailes y fiestas”; indolente, en vez de avanzar sobre el general Morillo con resolución, en cuyo caso “la fuerza europea de su ejército hubiera bastado para aniquilar a los españoles… prefirió prolongar la guerra cinco años más”.

El autor de la tesis doctoral Diferencias entre las filosofías de la naturaleza de Epicuro y Demócrito agregaba en su juicio condenatorio: “dejó al General Sucre todas las tareas militares, y se decidió, por su parte, a hacer entradas triunfales, a publicar manifiestos y promulgar constituciones”. Asimismo, en el Congreso Anfictiónico de Panamá, Bolívar se propuso “hacer de toda América del Sur una república federal de la que él sería dictador”.

Años antes, el profeta social más consistente del siglo XIX había escrito a su carnal Engels --quien había celebrado la anexión de las dos terceras partes del territorio mexicano a los Estados Unidos-- esta opinión infortunada: “ver que comparen a Napoleón I con Bolívar, el pillo más cobarde, más vulgar y miserable, es algo que excede todo límite”.

En definitiva --explica el marxólogo porteño Jorge Abelardo Ramos-- América Latina estaba fuera del foco visual de las meditaciones de don Karlos.

Bolívar y Chávez
--¿Por qué no nos ha libertado el Libertador? --me preguntó un ingenuo venezolano--¿Por qué no nos ha libertado… de Hugo Chávez Frías?