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Los niños se han vuelto una muletilla. No me refiero al llenado del encuadre, en el que vemos a grupos de chavalos de distintas edades haciendo gestos con sus manos, rostros caretos y cabellos tostados (a lo Goku) y despeinados, mientras la periodista entrevista a un testigo del incidente violento. Me refiero precisamente a lo que las personas entrevistadas le dicen a los periodistas que reportan el suceso:

Si una alcantarilla se ha atascado y vomita sus contenidos sobre las calles y patios de las casas, las madres y abuelas se quejan por la invasión de sustancias y olores desagradables… pero sobre todo porque hay niñas y niños y se pueden enfermar. ¡Las moscas ya no se aguantan! (Y por alguna razón estos temibles dípteros buscan cómo perjudicar sobre todo a los más pequeños).

Si la balacera de anoche hubiera ocurrido unos minutos antes… ¡Dios misericordioso! A esa hora había una chavalada jugando en la calle. Imagínese cuántas balas, de la “lluvia” que se dispararon, se habrían incrustado en cuerpos infantiles y no en las paredes de las casas. (Nadie responde por los autores de la balacera, que son adolescentes y jóvenes, y que de alguien del vecindario deben ser hijos).

Si los oficiales de la Policía Nacional realizan un allanamiento en busca de un sospechoso en fuga que se ha colado entre las casas del asentamiento, el vecindario no solo obstaculiza a los agentes de la justicia, ¡se quejan porque en el afán los policías no se fijan que hay niños de pecho, y la alarma les provoca hasta diarrea! (Nadie responde por el fugitivo, que de alguien es hijo. Y si no queda de otra hasta constancias firmadas por el embajador del Papa tienen a mano como evidencia de que un pelito más y los beatifican).

Si las autoridades de cualquiera de los mercados procuran ordenar el relajo del tiangue, se arma la de San Quintín. Todos gritan que tienen derecho a ganarse la vida, y preguntan quién le dará de comer a sus hijos si ya no les permiten mercadear en medio de la calle. (Vaya usted a saber en qué condiciones estarán estos chavalos… solos en sus casas, en el mismo barrio donde hay balaceras y se rebalsan las aguas negras y pululan depredadores sexuales).

Por enésima vez la Policía le echa el guante a “El Trompas”. El muchacho se ve retador ante la cámara y dice que no tiene idea de porqué lo echan de cabeza en la tina de la camioneta. La reportera le dice que habría intentado violar a una nueva víctima y “El Trompas”, luego de hacerle un gesto libidinoso con la boca, le dice a la periodista: “Nada de eso trajo el barco, peluche. Me llevan de puro aire”. Las mujeres, que se pelean por coger cámara, se quejan. “El Trompas” tarda más en llegar a la estación policial que en volver a las suyas. “¡No sé qué se tiene contra las chavalas!”, dice una señora. “¡Donde las ve, las sigue, les dice cosas, las toca… y a veces se las lleva a la fuerza!”.

La imagen es fuerte: un bus está ensartado en la pared de la desvencijada casa. Debajo está el cadáver de un equino “cholenco” y los restos de un carretón. La gente casi no deja ver el desastre. Una señora le toma el micrófono a la periodista para estar cara a cara con la noticia, y le dice: Mirá, amor, estos buseros son unos salvajes… Andan en la calle como si sólo fueran ellos. No se fijan que aquí hay un montón de niños. Porque Dios es grande aquí no murió ni uno. Acababan de levantarse para tomar café. Y ahí están, pobrecitos, atacados… ¡Estos (piii, piii, piii)) buseros no respetan ni a los chavalos!

Total, decimos ser una sociedad muy preocupada por los chavalos. Pero en realidad, cientos de miles de menores viven entre las aguas negras, el desastre que provoca el cauce cuando se ha rebalsado, el basurero que está a la orilla de la casa, las balas de las armas artesanales, las cuchilladas que se cruzan sus hermanos mayores, la violencia que les prodigan delincuentes que son sus vecinos y hasta sus propias familias.

Y, como ya sabemos, en la escuela y la calle las cosas no mejoran. ¡A veces es peor! Una encuesta que dentro de poco se publicará revela que esta generación de escolares siente que la escuela es un lugar muy inseguro.

¿Entonces? La casa es insegura, la acera es insegura, las calles del barrio son un  infierno y ahora, ¡hasta la escuela!

¡Ah!, pero luego nos escandalizamos cuando estos niños-muletilla que vemos en la televisión se han convertido en el azote del barrio. Y en la primicia noticiosa de la televisión.

* Investigador del Ieepp