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El que fue Frente Sandinista de Liberación Nacional –lo sigue siendo oficialmente—, es el único partido político nicaragüense en cuya génesis no hay ningún rasgo democrático, debido al carácter político-militar de su estructura orgánica inicial, cuando predominó más lo militar que lo político.

Con esa característica llegó al poder como fuerza dominante en julio del 79, por lo que su estructuración partidaria formal comenzó junto a sus funciones administrativas del Estado, y con una celeridad no ajena a las improvisaciones.

A la Dirección Nacional Conjunta le sucedió la Dirección Nacional con los mismos actores. Esta Dirección Nacional quedó integrada en el movimiento como una Comisión Ejecutiva o Comité Ejecutivo al frente de el Congreso, la Asamblea Sandinista –a modo de Comité Central—; los Comités Regionales, Departamentales, Municipales y en el pie de esta pirámide, los comités de bases de distritos, barrios y empresas. Una estructura similar a la de un partido comunista, pero sin su tradición, experiencia ni su manejo colectivo de los fundamentos ideológicos clásicos del marxismo-leninismo, aunque se rigió por el “centralismo democrático”, con más centralismo que democracia.

Siguió predominando el verticalismo tipo militar; los secretarios políticos en los respectivos niveles de toda la estructura eran comandantes guerrilleros, excombatientes o funcionarios públicos, de empresas estatales y fábricas.

No había una relación horizontal entre dirigentes y militantes y miembros de base, sino a través de órdenes verticales. La situación de guerra durante diez años hacía imposible la democratización de estas relaciones, aunque se logró hacer funcionar reuniones de los comités partidarios y sus discusiones, aunque casi siempre en torno de materiales elaborados por los organismos de agitación y propaganda sobre la actualidad política o los discursos de los miembros de la Dirección Nacional.

Se ejercía la crítica y la autocrítica, a menos a lo interno de los comités, no hacia fuera ni hacia arriba. Algunos temas relacionados con los problemas del FSLN, de cuestiones en torno a sus dirigentes y sus ministros eran vedados por órdenes expresas, por auto-censura o porque el éxtasis revolucionario lo embargaba todo y a todos.

Lo prioritario era la defensa de la Revolución en todos los terrenos, y no se le daba mayor importancia ni espacio a cuestiones de la teoría. Los materiales de lectura y estudios eran las distintas versiones sobre la lucha del general Augusto C. Sandino; y los fundamentos marxistas, no siempre en los textos de los clásicos, sino en  versiones de manuales soviéticos y cubanos. Pese a todas esas limitaciones, en el FSLN había una vida y una actividad partidaria dinámica y participativa; predominaba un sentido de pertenencia y de responsabilidad respecto al FSLN.

Las inquietudes internas asomaron a finales de los 80, y el viraje hacia la democratización partidaria ocurrió posterior a la derrota electoral del 90, la que fue frustrada, y se inició al ascenso del dominio personal de Daniel Ortega y los de su círculo. El Congreso y la Asamblea Sandinista fueron perdiendo regularidad e importancia, hasta reducirse a las páginas de los Estatutos que, a su vez, se hicieron inefectivos, decorativos. La estructura partidaria se disolvió en grupos de activistas manejados verticalmente, hasta convertirlos en esos engendros llamados “Consejos del Poder Ciudadano”. Eso funciona como de propiedad personal de la familia Ortega-Murillo y algunos de sus secuaces.

El caudillismo de Ortega rompió la estrechez del caudillismo criollo tradicional, y ha impulsado el culto hacia su persona con una tecnología que en el pasado no conocieron ni imaginaron los Emiliano Chamorro ni los tres Somoza.

Más antidemocrático no podría ser el actual partido orteguista. Sin embargo, el orteguismo no se reduce al fenómeno del verticalismo en orgánico, sino que tiene efectos en la conciencia, la conducta, el pensamiento, los valores en sus viejos y nuevos miembros, creando otra estructura ideológica en lo individual y colectivo.

Una mezcla de lenguaje “revolucionario” con el discurso y el ritualismo seudo- religioso de los Ortega-Murillo, sustituyó al débil fundamento ideológico marxista que sólo conocieron superficialmente.

Las invocaciones frecuentes a Dios y a la Virgen en sus discursos –falsos o no—, han reemplazado a su escueto marxismo, con la finalidad de ganarse la conciencia de sectores populares atrasados para su proyecto de reelección ilegal, y aun más allá, al infinito de sus ambiciones personales.

Las actividades de las bases del orteguismo giran con entusiasmo inocente en torno a las celebraciones de La Purísima en diciembre, compartido con las celebraciones del 19 de Julio. A sus bases les anima un sentido de mendicidad, y a su jerarquía de caridad y de “amor cristiano”. Esto mismo funciona en otras ocasiones de motivos políticos religiosos. Les domina la idea de “conseguir algo” de manos de los magnánimos y “cristianos” gobernantes, que van desde un trabajo a una casita; desde los juguetes para los niños al préstamo de dinero; desde una mochila –con propaganda electorera— hasta la gallina y el cerdito; en fin, toda la demagogia y el oportunismo en que han degenerado sus llamados “programas sociales”.

Los miembros de mayor nivel político alcanzan cargos que no son dignos de llamarse de “dirección”, sino de promotores de agitación y propaganda, con predominio del sentido del beneficio personal. No hay mística partidaria –pues en verdad no hay partido—, ni fidelidad política por convicción, sino por interés de quedar bien con el jefe inmediato, como medio de progresar a la sombra de los jefes mayores. No se practica la solidaridad por principios, sino que se trueca sumisión por beneficios personales.

Esta práctica funciona a dos escalas en que se divide el orteguismo: 1) los de arriba, que, aparte de sus altos salarios, nutren sus ingresos con acciones ilegales a través de operadores de abajo dentro de las instituciones estatales; 2) los arrimados –que crecen en número e influencia—, que son alcaldes, concejales, diputados y políticos de otros partidos en busca de oportunidades, sea un cargo mejor o la compra-venta de favores y votos. Hay profesionales, exbanqueros, exfuncionarios de gobiernos neoliberales que han encontrado en el orteguismo su fuente de ingreso. Una red de tránsfugas, como una red de “trata de blancas” en el sistema político.

Este sistema está fundado sobre una mentira: la millonaria colaboración venezolana no es solidaridad hacia Nicaragua, sino con Daniel Ortega, que  apuntala su proyecto personal. La paradoja es que el país la está pagando  en varios sentidos, y mientras la deuda se hace más grande, más se aleja de los intereses nacionales.

Ante el ocaso del FSLN, comandantes de la revolución y guerrilleros; excombatientes y militantes le han abandonado para resguardar su dignidad, la del sandinismo y la de los nicaragüenses.