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Ph. D.


Tercera parte

Después de revisar la potencia de la conversión y de la unidad de la totalidad, asuntos del segundo artículo de esta serie, hay un tercer criterio que permite saber si un fenómeno es religioso o no: la potencia de la comunión. La potencia de la comunión, que es sinónimo de “participación” se revela en la insurrección popular el año antes del triunfo. Entonces, las grandes agrupaciones durante y después del triunfo, la Cruzada de Alfabetización, las grandes faenas colectivas benévolas son los lugares y momentos “comunionales”. Finalmente, las relaciones fraternales, los valores de justicia, de amor, de altruismo, de clemencia, etc., constituyen la trama cotidiana de la participación de todos a todo y en todo, de cada uno a cada uno. Todo eso se hace en Sandino como se hace en Cristo.

La palabra comunión está compuesta de dos palabras: común y unión. Ambas tienen la misma significación. Comunión es un pleonasmo en sí mismo que significa religión, es decir religar (del latín religare). Si el papel de la religión es de religar, eso significa asegurar la cohesión social cuya comunión sandinista es un mecanismo esencial, en contradicción con un otro mecanismo, la coerción somocista. Hubo en la teoría y en la práctica sandinistas una comunión fenomenal. La práctica se ha difuminado algunos años después del triunfo. La exageración de la comunión se volvió contra-productiva; la práctica se volvió demasiado religiosa, es decir mal adaptada. No pudo resistir al empuje histórico-cultural del fatalismo tradicional generador del individualismo narcisista y egoísta.

Para comprender mejor este fenómeno de la comunión, hay que acordarse del contexto de oposición del fatalismo somocista por el sandinismo.

Los ideólogos sandinistas tomaron conciencia de esta configuración sicosociológica  dolorosa de su sociedad: el individualismo y sus consecuencias, la competición económica y social, la corrupción, la injusticia, el egoísmo. En el sandinismo, encontramos la preocupación contraria del individualismo: el colectivismo comunional. Los ideólogos dieron a este la primacía, pero reconocieron en la Constitución, secundariamente, una importancia muy relativa de los derechos de la persona.

La declaración constitucional de los derechos de la persona constituye un paso gigante  en la historia de Nicaragua. Este ascenso cultural, sin embargo, fue inhibido, sumergido por la obsesión mística de la “comunión” patriótica. La responsabilidad desliza de nuevo hacia la fatalidad no por el individualismo somocista (personalidad coercista cerrada), sino por el colectivismo sandinista que, volviéndose una religión, desemboca forzosamente sobre un individualismo igual al del somocismo; los extremos se alcanzan. La patria volviéndose el Dios todopoderoso, el Estado-Providencia, regresó en fuerza el viejo reflejo cultural del individualismo, cortando de raíz la tímida “individuación” (personalidad abierta comunicativa) apenas nacida. Desde ahora en adelante, no se trata de comulgar a Cristo todopoderoso, sino al pueblo todopoderoso, a la patria.

El amor de la patria, o comunión con el Dios-Pueblo, estará en proscenio del sandinismo; ocultará el amor de sí mismo que se resumirá a la dignidad personal que tiene todo su sentido en el patriotismo. El elogio del sacrificio hasta el don de su vida por amor para la salvación de la patria, del pueblo, como Cristo para la salvación del género humano, constituye en sí mismo un absoluto que llegará hasta estar trivializado por su redundancia.

El fundamento de la comunión es la justicia patriótica que otorga siempre la primacía a  la colectividad, al pueblo. Para Tomás Borge, un sandinista es el que está más concernido por el pueblo que por sí mismo. El amor de la patria tiene sentido solamente por el amor de la justicia. El ideal de Fonseca es el de “forjar un mundo justo y libre”, y su creencia religiosa la más fundamental, la que ha legado a sus compañeros sandinistas, es la consubstancialidad de Dios y de la justicia (“mi Dios es la justicia”, citado por Rius).

Más tarde, la Constitución, fiel al pensamiento de Sandino y de Fonseca, confiere a la justicia un papel divino. En efecto, si la justicia es el Dios de los sandinistas, “emana del pueblo y será impartida en su nombre” (Constitución), como se hacía hace poco en nombre de Dios, reemplazado por pueblo. Y también la justicia no podía emanar de los hombres, sino de Dios, y de Dios solamente, confundido con Sandino, confundido con pueblo.

Teniendo en cuenta el contexto fatalista de donde nació el sandinismo, contexto que  confiere a la justicia un estatuto celeste y divino, la justicia terrestre en el discurso sandinista reviste un carácter de omnipotencia divina. En primer lugar, por la fuerza de su legitimación de la Revolución, confundida al pueblo de donde emana. Después, y sobre todo, por las palabras que Sandino tiene sobre el pueblo-Dios-justicia. A menudo, Sandino perora sobre la ley divina del amor que reconoce solamente la justicia, su hija preferida. Y para él no hay diferencia entre la ley divina del amor y el Creador-Dios en sí mismo; el hombre accede a la divinidad por los sacrificios que son amor.

Si la justicia es Dios y amor, es decir el pueblo, luchar para la justicia consiste en  comulgar al pueblo: es decir, a Dios por el hecho de volverse Dios. Ser justo, o encarnar la justicia, si no es ser Dios, es por lo menos, ser hijo o hija del amor que es Dios. Hay acá un juego de consubstancialidad. La mística comunional sandinista, rasando la “locura de Dios”, convoca la identidad con los primeros cristianos que se volvían Cristo mismo cuando iban voluntariamente hacerse devorar por los leones. Pues si el sandinista es justo, por definición hasta el don sacrificial de su vida, participa de Dios; el sandinista es Dios, ¡nada menos!
El sandinista comulga con el pueblo, sustitución de Dios, y también con el pobre  oprimido, martirizado, sustitución de Cristo. En el documento oficial del FSLN en 1979, Ernesto Cardenal narra su itinerario religioso. Su ideal siendo la (com)unión con Dios, se dio cuenta que “esa [com]unión con Dios nos llevaba en primer lugar a la [com]unión con los campesinos, muy pobres y abandonados”.

Luego, no hay distinción entre comulgar con Dios y comulgar con el pobre, el campesino, el indio, el pueblo, dado que estos últimos son cristofanías o sandinofanías (fanía del griego fanein: manifestar).

Aun cuando el sandinismo proclama la importancia, la valorización de la persona, en  contradicción con el individualismo somocista que era la negación de la personalidad, otorga la primacía al colectivismo (familia, comunidad, patria, humanidad). Si alguien desarrolla su personalidad (identidad), lo hace desarrollando el amor (estima) de sí mismo, es decir su libertad individual, el reconocimiento de su personalidad, su seguridad (potencia) interna. Este proceso de desarrollo, los sicólogos (Carl Jung) y los filósofos (Teilhard de Chardin) lo llaman “individuación” (afirmación de la identidad) que es radicalmente opuesta a la individualización (negación de la identidad). Paralelamente a su individuación, la persona desarrolla su amor por los demás, de su libertad individual, de su personalidad singular. La individuación involucra la toma de distancia de la fatalidad y el advenimiento del sentido de sus responsabilidades para con sí mismo, la familia, la comunidad, la patria, la humanidad. Jean-Paul Sartre comprende eso cuando dice: “No puedo concebir mi libertad [amor, potencia, personalidad…] sin la libertad de los demás”.

La noción de individuación involucra la primacía al desarrollo de la identidad personal. La persona individuada puede ponerse eficientemente al servicio de la comunidad. El discurso demasiado religioso de los sandinistas no pudo reconocer la importancia de la individuación. Esta carencia ideológica en el sandinismo ha provocado la vuelta de un individualismo tanto en la sociedad como en el “Frente marchito” (Onofre Guevara López). Este individualismo lleva el cortejo de rasgos somocistas. Como dice Octavio Paz, “el otro es el mismo”.

El sandinismo con su propensión hacia la con-fusión de las partes entre sí mismas (el  nicaragüense, el sandinista, Fonseca, Sandino), y del todo (pueblo, FSLN, patria, Nicaragua, Dios, Cristo) obedece perfectamente a la morfología de lo religioso, es decir de la comunión: la parte está en las partes y en el todo que está en cada parte y en todo. Esta definición de la comunión es la definición misma de la mística. Si el sandinismo hace la promoción de la persona, es para luego aplastarla bajo el peso del pueblo divinizado, sandinizado, fonsequizado; la comunión es obligatoria a tal punto que el sandinismo olvida la libertad individual esencial a la creatividad individual que necesita la colectividad para desarrollarse en todas sus dimensiones. Queda la muerte. Aunque la uva es bonita y preciosa  hasta la cosecha, su destino es ser pisada para perderse en el vino, como la espiga de trigo de ser molida para perderse en el pan. El pan y el vino de la comunión, así era el destino del nicaragüense, sandinista nolens volens.

El próximo artículo tratará de un cuarto criterio para determinar si un fenómeno es  religioso o no; la potencia de lo minúsculo. Lo minúsculo se vuelve mayúsculo, el impotente se vuelve potente y el muerto (menos que minúsculo = nada) se vuelve omnipotente (todo).