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En 2004 escribí el artículo “Narcoactividad contra la Institucionalidad”, como respuesta al enfoque, aún persistente de que en la Costa Caribe existe una “cultura narco”, en la que los pobladores de las comunidades se confabulan con los narcotraficantes brindando apoyo con la logística necesaria, y que la droga recuperada en las costas ha influido en un mayor consumo, tráfico interno y en el lavado de dinero por la fragilidad del sistema bancario.

En ese contexto, utilicé como ejemplo a un joven caribeño, a un policía, un juez administrador de justicia y un banquero para resaltar lo atractivo que resulta el negocio de las drogas.

Decía que a un joven de la Costa Caribe estudiar no le resulta atractivo. Estudiar para qué, se cuestionan, si luego de nada sirve el título porque no consigue trabajo, y si lo encuentra le pagan un salario que no cubre sus necesidades.

Resulta más fácil ir a la playa a buscar un paquete de cocaína y después venderla: así resuelve las cosas de su familia.

Para un policía que recibe un salario miserable resulta atractivo hacerse de la “vista gorda”, ante una actividad delictiva en la que puede recibir una mordida equivalente a más de 100 veces su salario. Para un administrador, un juez, aparte de las presiones y consecuencias que puede tener para él y su familia dictar una sentencia que castigue a un narcotraficante, se ve inmerso en una situación extremadamente difícil en la que existe un mundo de intereses, y si no tiene la convicción, el carácter y la seguridad necesaria, estos regresan nuevamente a las calles para continuar en su actividad.

Para el banquero, que maneja constantemente la fórmula del capitalismo, es atractivo que ingresen en sus arcas varios millones de dólares para aumentar su liquidez y ganancias sin pensar en muchos requisitos.

Y las instituciones, ¿qué pasa en ellas?, me preguntaba. Son estas las que con su actuar deben dar el valor y la fuerza necesaria a los ciudadanos: pescadores, jóvenes, miembros de la Policía, administradores de justicia y banqueros. Debe existir una institucionalidad fuerte, con principios y valores que estén por encima de cualquier obstáculo para cumplir con ellos.

La marcha realizada en Bluefields el miércoles 8 de marzo, convocada por la sociedad civil, ha demostrado que los caribeños están hartos de seguir siendo estigmatizados como “drogadictos” y la ciudad como “cuna de delincuentes”. De igual manera, fue un total apoyo al combate frontal contra el narcomenudeo, las mafias organizadas y la gestión del comisionado Zambrana como jefe policial de la RAAS. A pesar de ello, fue relevado de su cargo y trasladado hacia Managua.

La Policía Nacional tiene un reto en Bluefields, mantener el prestigio recuperado en los últimos ocho meses, luego de escándalos y muertes de agentes que entregaron sus vidas al ser asesinados por sicarios en su propio cuartel. Hoy más que nunca debe fortalecerse en esa ciudad caribeña, sostener sus principios y valores en lo más alto y, a cualquier costo, inclusive si es necesario, depurando sus filas.

Nuestro país es catalogado como el más seguro de Centroamérica. En cada comparecencia, en cada acto público lo escuchamos. Los ciudadanos de Bluefields se han movilizado, han dejado constancia que no tolerarán más a los expendedores de drogas que envenenan a sus hijos en las aulas de clases y en los barrios. Han alzado su voz contra la delincuencia organizada, contra el tráfico de influencias, el enriquecimiento ilícito y en demanda de una mayor seguridad ciudadana.

Ahora le corresponde su turno a las instituciones. La marcha por la dignidad y la esperanza es su fortaleza en la ciudad de Bluefields. Juntos, de la mano, podrán frenar esos males que como un cáncer, si no se corrige, acabará con la vida y esperanzas de todos.

*La Colina
Nueva Guinea, RAAS
hillron@hotmail.com

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