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Todos los sociólogos y antropólogos saben que la observación participativa es un método de investigación, en la cual el investigador se integra en el escenario de las personas que está estudiando y asume un verdadero rol social. Esto no fue parte de mis planes cuando viajé de Canadá a Nicaragua, en febrero, para hacer entrevistas y grupos focales con enfermeras como parte de un estudio sociológico que estoy desarrollando. Sin embargo, una excursión a la playa resultó en un casi ahogamiento, y un vistazo mucho más cercano a la realidad de un hospital nicaragüense que nunca me imaginé tener.

El personal médico y de enfermería que me devolvieron la salud, me enseñaron lecciones valiosas sobre la generosidad, la calidad y calidez de la atención en los servicios de salud nicaragüenses.

Mientras me bañaba en la playa de Poneloya por la tarde del último lunes de febrero pasado, una corriente revuelta me llevó muy adentro. Después de unos minutos, por un milagro me encontré a una distancia que permitió a un grupo de muchachos desconocidos sacarme de las olas que quebraban violentamente sobre mí. Mi primera deuda impagable en Nicaragua, y la más grande, es a estas personas sin nombres que llegaron al oír los gritos de socorro de mi amiga desesperada y me salvaron la vida. Solo días después me di cuenta de otra serie de increíblemente bondadosas personas que aparecieron, especialmente el taxista que ofreció su servicio sabiendo que yo no estaba en condiciones para pagarle, y unas muchachas con uniforme escolar que rápidamente empacaron mis cosas (bolsa, ropa, cartera) para llevarlos conmigo.

En la Sala de Emergencia más cercana, que fue en el hospital “Oscar Danilo Rosales”, en León, los médicos rápidamente diagnosticaron acidosis por la cantidad de agua salada que había entrado en mis pulmones.

Ordenaron un monitoreo inmediato y constante de la admisión y producción de líquidos, para lo cual tuvieron que insertar una sonda intravenosa, hacer radiografías pulmonares y análisis frecuente de gas sanguíneo arterial, y más tarde administrar un antibiótico fuerte.

Durante las 36 horas que pasé en la UCI del Heodra, contaba con dos amigas fieles que permanecieron en el hospital, y cada vez que pudieron ingresar a la unidad me trajeron un nuevo paquete de artículos solicitados por el personal del salud (y por mí también), tanto para la higiene personal y alimentos como el antibiótico especializado y de muy alto costo que no se encontraba en el hospital.

Esta escasez de recursos materiales en el sistema Minsa, lo cual representa un contraste considerable con el sistema canadiense, confirmó lo que muchos me habían dicho sobre los hospitales públicos.

Sin embargo, a pesar de la falta de ciertos recursos materiales, recibí atención de primera del personal. En la UCI, una enfermera que ayudaba a trasladarme de la camilla a la cama se fijó en que me estremecía incontrolablemente de frío.

Con ojos que sonreían arriba de su mascarilla, envolvió mis pies en papel y cinta, mientras el médico comentó “¡Esta es medicina del Tercer Mundo!”. “Sí,” le contesté, “¡muy innovadora!”, recordando la palabra que varias enfermeras utilizaban para describir cómo se las ingenian para brindar buena atención en situaciones donde carecen de equipos o estos están en mal estado.

Esta enfermera fue a buscar una especie de manta gruesa y engomada, que colocó encima de mi cobija delgada. Su gesto para calentarme, lo cual funcionó, fue uno de varios realizados por las enfermeras, optimizando los recursos limitados para brindar una mejor atención.

Ella y sus colegas demostraron el humanismo que las enfermeras nicaragüenses involucradas en mi investigación consideran como una característica medular de su profesión. Y debido a la acción rápida de los y las médicos en la Emergencia, y la rigurosa atención y monitoreo de mi avance en la UCI, se logró que respirara normalmente en unos días, y que me quedara libre de la infección pulmonar que pudo haberse desarrollado.

Esta experiencia me ha evidenciado que la fortaleza de un Sistema de Salud se puede medir tanto por el personal – sus capacidades científicas, su calidez y empatía– como por los equipos y materiales. Por ende, es lamentable que las enfermeras en Nicaragua hayan sido un blanco principal de los esfuerzos de reducir gastos en los sectores públicos desde los años 90. No debería de ser que el salario base de una enfermera en el sector estatal sea el más bajo de Centroamérica, menos de la mitad de lo que ganan en Honduras.

Pero la historia no sería completa sin enfatizar mi asombro por la generosidad del sistema del Minsa y del gobierno nicaragüense hacia los usuarios. Según lo que me explicó pacientemente un joven estudiante de Medicina, el hospital no tenía ningún mecanismo para aceptar ni pago ni donación de mi parte. Fue entonces que realmente sentí y entendí el significado de la abolición de los servicios diferenciados en los hospitales, y la filosofía de que cualquiera que llegue a un hospital público, ya sea un campesino hondureño o una profesora canadiense, reciba la misma calidad de atención. Me di cuenta que son los valores humanísticos, no el Producto Interno Bruto per cápita, que guían a una sociedad a concebir la salud como un derecho universal en vez de una mercancía.

Mis amigas en Nicaragua bromean que tomé medidas extraordinarias para hacer observación participativa. Mi plan es seguir con entrevistas y grupos focales en lo que queda de mi estudio sobre enfermería, y definitivamente jamás volver a bañarme en el mar durante el resto de mi vida. Pero sí aprendí lecciones increíbles de toda esta experiencia.

He reforzado mi creencia en el valor del acceso universal a la atención en salud, algo que muchos canadienses están luchando por conservar. Y me enseñó que los más altos niveles de competencia y compasión, los cuales son esenciales para la recuperación del paciente, son posibles cuando el sistema y el personal sobreponen los seres humanos a la ganancia.

*Docente de Sociología, Universidad de Guelph, Canadá

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