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Cuarta parte: Potencia del Minúsculo

Los últimos serán los primeros, los pobres serán los ricos, los esclavos serán los dueños, los dolientes serán los gozadores… los minúsculos serán los mayúsculos. Las religiones inviertan el orden sociocultural. Este proceso forma parte de todas las religiones desde las más primitivas hasta las más complejas. El minúsculo se vuelve mayúsculo, el impotente, omnipotente. En el discurso sandinista no parece haber cualquier potencia que no venga de la impotencia; como el Niño Dios que nació en la precariedad, la pobreza y el rechazo por la sociedad. El minúsculo del principio, potencialmente mayúsculo, se vuelve tanto más mayúsculo cuanto que está tratado siempre de minúsculo. Hay aquí una estrategia discursiva que llega a un efecto de sacralización, de divinización, por el milagro que sumerge a cada persona en la extrañeza.

La potencia del minúsculo culmina en el sacrificio de su vida. La muerte constituye la minusculanización absoluta, la nada, menos que nada, pero el sacrificado se vuelve no solamente un espíritu todo poderoso que anima la revolución y el pueblo, sino también resucita en cada sandinista. El minúsculo es potente porque no solamente no tiene miedo de la muerte, sino también la glorifica puesto que, en retorno, en reciprocidad, la muerte glorificará al sacrificado. Además del tema de la muerte sacrificial, la potencia del minúsculo se manifiesta en su legitimidad: el minúsculo, el chiquito, es potente porque está con el bien, la virtud, Dios; y el mayúsculo, el coloso, es impotente porque está con el mal, el vicio, el demonio.

Sandino había preparado el terreno del milagro de la transformación del minúsculo en el mayúsculo. En efecto, los sandinistas modernos no pudieron evitar esta trampa mística para “mistificar” al pueblo. Desde sus primeros escritos de 1927, Sandino se presenta como indio: “Soy nicaragüense y me siento orgulloso de que en mis venas circule, más que cualquiera, la sangre india americana, que por atavismo encierra el misterio de ser patriota, leal y sincero”. Ser indio, en el contexto pre-revolucionario, y todavía hoy significa ser nada, menos que nada. Indio equivale a la bestia, a la infrahumanidad. Sandino sabe muy bien manejar esta estrategia discursiva para conferir a sus expresiones un efecto místico embaucador; no vacila en utilizar la palabra “misterio”.

No solamente dice que es legítimo por su pequeñez de ser patriota, sino también en la  frase siguiente, afirma su ideal que “campea en un amplio horizonte de internacionalismo”. Para amplificar el milagro de la litote sacralizante, añade inmediatamente: “Los grandes dirán que soy muy pequeño para la obra que tengo emprendida; pero mi insignificancia está sobre pujada por la altivez de mi corazón de patriota, y así juro ante la Patria y ante la historia que mi espada defenderá el decoro nacional y que será redención para los oprimidos”. Y aun cuando es tan pequeño según los grandes, e insignificante según sí mismo, es él quien será el “redentor” de los oprimidos de toda la tierra, dado que no se trata solo de ser “redentor” sino también que “cuando esto suceda, la destrucción de vuestra grandeza [por la pequeñez de Sandino] trepidará en el Capitolio de Washington enrojeciendo con vuestra sangre la esfera que corona vuestra famosa White House, antro donde maquináis vuestros crímenes”.

Esta “redención” supone un apocalipsis al cual Sandino será capaz, en la medida que será asesinado, sacrificado. El paroxismo de la potencia apocalíptica del mayúsculo Sandino involucra el paroxismo del minúsculo (Sandino muerto).
Aquí mismo encontramos el sistema típico del fenómeno mágico-religioso: el  minúsculo se vuelve absoluto en la potencia de la muerte que se vuelve igualmente en el apocalipsis, muerte universal omnipotente provocada por la muerte de Sandino. Este sabe muy bien manejar el imaginario colectivo --hasta hoy todavía-- con el “fascinans/tremendum” (fascinante/tremendo) inherente a todo verdadero fenómeno sagrado. Él, como Cristo y todos los dioses, fascina por su patriotismo, lealtad, sinceridad, dignidad, redención; y, como Cristo, aterroriza por el apocalipsis constituyendo el juicio final.

El viaje de Sandino a México reviste el carácter de un verdadero rito esotérico de paso. Cuando regresa, su discurso se hace mucho más teosófico, es decir gnóstico (primacía del conocimiento sobre la fe), maniqueo (lucha del bien contra el mal), escatológico (apocalipsis y juicio final), esotérico (“Luz y Verdad”).
Las pretensiones de sus conocimientos gnósticos no tienen límites. Se presenta como detentor de la verdad, sabiendo los secretos de la perversidad humana para enseñar esta verdad a sus hermanos no solamente a los de Nicaragua, sino también a los de la tierra entera. Sabe también todo el pasado y el futuro del universo y todas las leyes que rigen la vida. Su extrema megalomanía mística puede compararse con su extrema pequeñez.

Su maniqueísmo toma proporciones equivalentes a las de su gnosis. Su lucha patriótica se metamorfosea en una lucha del bien universal contra el mal universal. Se confiere la potencia del juicio de Dios identificándose, hasta la fusión/confusión, con Dios. Su maniqueísmo se expresa particularmente por sus profecías obedeciendo siempre a la estructura discursiva maldición/bendición.

Con el fin de las hostilidades y la creación de la Guardia Nacional, Sandino pierde su  poder guerrero. Más se vuelve de nuevo pequeño, más sus imprecaciones proféticas se hacen fabulosas, fantasmáticas y esotéricas. Desarrolla un discurso escatológico en el cual se mezclan el apocalipsis, el juicio final y el esoterismo: con las grandes catástrofes (guerra mundial, diluvio…), él y sus soldados han sido elegidos por la justicia divina y han comenzado el juicio de la injusticia sobre la tierra para rechazar hacia otros planetas menos avanzados los espíritus refractarios a la ley divina del amor y de la justicia.

Los devotos de Sandino, los sandinistas modernos, imitaron a Sandino con todo el fervor de los santos. El ejemplo paradigmático, Fonseca, “el cieguito que veía a los lejos”, “nace y crece como una víctima […] en medio de privaciones, pobreza y falta de un padre”. Rius termina apenas de escribir sobre las orígenes humildes y difíciles de Fonseca que este se transforma de repente en el enemigo número uno de la poderosa dictadura somocista. Como lo hemos visto ya en un artículo, con su muerte, Fonseca es investido de la omnipotencia divina y dirige desde su cielo el destino de la Revolución y del pueblo. La providencia se vuelve, según Sergio Ramírez, fonsequista.

La potencia del minúsculo viene de su impotencia. Más un sandinista es pequeño e impotente, más él se vuelve granDIOSo y potente. El efecto de sacralización, o divinización depende de la distancia entre antes y después. Y eso se verifica por Sandino, el pobre indio, por Fonseca, el miserable cieguito, por Julio Buitrago, el niño que se hace héroe nacional, y todos los sandinistas que son “David contra Goliat”, el pequeño contra el coloso.

El próximo artículo será el prolongamiento de este. Se tratará del quinto criterio que determina si hay o no religión: la potencia de la muerte. Veremos que, como Cristo muerto va a regresar provocando el apocalipsis y el juicio final, Sandino y Fonseca resucitan provocando el apocalipsis (Revolución) y el juicio de los opresores somocistas.