Jorge Eduardo Arellano
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Caresol le estaba urgiendo al de Managua su crónica sobre el homenaje al inefable Josecito Cuadra Vega, este recién pasado martes 11 de marzo. Así supieron que, tal y como estaba programado, habían participado, además de los organizadores; Carlos y Luis Enrique Mejía Godoy, Norma Helena Gadea, Cristyana, Elsa Basil, la Camerata Bach, Luis Rocha, Julio Valle y Vidaluz Meneses. Por nada no alcanzan Danilo Aguirre y Sergio Ramírez frente a la casa de Josecito en la Colonia Centroamérica. Este último lucía contrito teniendo a su lado a esa perseverante mártir de sus poemas mortuorios, que ha sido y es su Doña Julia, en compensación beneficiada por sus estupendos poemas domésticos. La alegría de los vecinos y amigos llegados de todas partes, frustraba los secretos deseos del occiso infieri de que aquello se convirtiera en sus apoteósicas honras fúnebres. El vigorón y la chicha volaron con tanta rapidez como cuando Josecito invitó a un atracón de mondongo a más de un centenar de poetas conyugalmente acompañados o acompañadas, hace tantos años que aún vivía Juan Aburto. Para no alargar más esta crónica, el de Managua contó que su intervención había consistido en dos notas: una de duelo y otra de júbilo:
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“¡Atención, mucha atención, nota de duelo: Hoy 21 de febrero de 1914 nació en Granada el poeta Josecito Cuadra Vega! En representación de los reyes magos Juan Aburto le llevó una pachita de un cristalino líquido que sus hermanos Ramiro, Manolo, Abelardo y Gilberto maliciosamente dijeron que era un suero para infantes precoces. Como fue expulsado de Xalteva, Malacatoya, San Juan del Sur, Masaya y Siuna, vino a parar a Managua, y escogió la Colonia Centroamérica como refugio, guarida, nido de amor y hasta de coartada de sus múltiples fechorías. Fue su pediatra hasta su avanzada edad el Dr. Sergio Martínez Ordoñez, a quien sucedió en el honroso cargo el Dr. Jorge Cuadra. Tuvo una cabroneta con la que se desplazaba temerariamente por las calles de Managua. Pero sus incursiones etílicas las hacía a pie con el resto de los miembros de su pandilla. El recorrido lo iniciaban allá por la Estación del Ferrocarril de Danilo Aguirre, en El Barranco, luego La Pescera, pasaban por donde Agripito, donde Cachecho que fue un feudo de su sobrino Mario Cajina Vega. La escala donde El Gato Abraham se hacía con mayor detenimiento para disfrutar aquel amplio mostrador de madera recién lavado con ceniza, con escudillitas de jocotes verdes y sazones, y al lado otra escudillita con sal, y los vasos tragueros tan limpios y repletos que algunas veces no se sabía si ya contenían aquel elixir transparente que avivaba la memoria poética de todos y permitía que Octavio Robleto recitara poemas enteros de Joaquín Pasos. Abajo del mostrador, el aserrín recogía la saliva de aquellos a quienes sus bocas se les hacían agua. Después el viaje continuaba donde El Negro William, y solía terminar en La Conga Roja o donde Canizales, donde le fiaban a Juan Aburto, pues quedaba frente a su casa. Probablemente La Conga Roja fue el prostíbulo más culto del mundo, tal era la calidad de los debates literarios que ahí se daban en una mezcla de somnífero y sorpresa para aquellas vírgenes de medianoche. Según un poema del mismo Josecito, Dios lo sorprendió en esos andurriales: -Josecito, ayer te vi un poco noche entrando a/ La Conga Roja. ¿Sabe tu Doña Julia acaso/ que tú incursionaste furtivo por/ esos andurriales de la vida mala?”

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“Atención, mucha atención, nota de júbilo: Hoy martes 11 de marzo volvió a fallecer de mentiras Josecito Cuadra. Esa enfermedad, la mentiritis mortis, se la diagnosticó El Conchudo hace cincuenta años. Yo conocí de sus síntomas un domingo de 1970, cuando en mi casa hizo llorar a la Vidaluz revelando en el sobaco de la confianza, pero con el gaznate bien lubricado, que se encontraba padeciendo de un cáncer terminal, noticia que ni su Doña Julia conocía, por lo que nos pedía conservar esta infausta nueva en el más estricto de los secretos. Desde entonces se ha pasado muriendo, y no bastándole con una muerte, pretendiendo a toda costa llevarse consigo a su Doña Julia, de tal manera que en el cementerio ya están listas ambas lápidas de ambos dos a la vez, para sólo rellenar la fecha de defunción. Menos mal que esta tendencia la justifica, y plenamente, con el amor: -¿Ajá pues, mi Doña Julia?/ -¿Ajá pues, mi Don José?/ -Pues que es horrible morir,/ mi Doña Julia, morir/ de enfermedades horribles./ -¿Y entonces morir de qué,/ morir de qué, Don José?/ -Pues que muramos de amor, mi amor. Para mí Josecito ya no se puede morir, salvo de la risa. Porque incluso cuando llegue a suceder esa verdad, será mentira. Por eso está con nosotros sano y salvo. Él mismo dice que después de un diálogo con el Señor, lo convenció de que mejor sería que Josecito no se muriera, y que el Señor accedió a su pedido, lo cual celebra con estos versos: ¡Se salvó. Se Salvó Josecito, poetas! ¡Se salvó! Y como él se salvó, felizmente de él nosotros no.

luisrochaurtecho@yahoo.com