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Estoy obligado, por mi calidad de diplomático, a no inmiscuirme en la política del Perú.
Semejante obligación no me obliga a quedarme en silencio –en ninguna circunstancia, de ninguna manera- cuando el expresidente Alejandro Toledo, -u otro cualquiera-, le falte al respeto al presidente de mi país, Comandante de la Revolución Daniel Ortega, de quien se expresa con desprecio y antipatía.

El señor Toledo quien no solo irrespeta a Daniel, sino también al presidente electo de Perú, a quien pretende darle orientaciones, como si fuera consejero personal del nuevo gobierno.  Dice Toledo: “No puedo permitir que Perú se convierta en otra Nicaragua, que Ollanta sea a otro Daniel Ortega”. ¿De dónde ha sacado este caballero tan insólita, tan ofensiva, tan irrespetuosa amenaza?

Nicaragua y Perú son dos realidades diferentes. Ollanta salió victorioso en las elecciones peruanas y Daniel saldrá victorioso en las elecciones nicaragüenses, por decisión de nuestros pueblos.  Toledo no deseaba  la victoria de Ollanta, y tampoco desea la victoria de Daniel. Este político peruano, a quien hemos tratado con respeto y hasta con cordialidad, aunque él ignore la virtud de la reciprocidad, fue derrotado de forma rotunda por la voluntad del pueblo peruano, lo cual lo arrebata la posibilidad de estar dictando políticas al nuevo presidente de este país.

Ollanta estará respaldado por el pueblo heroico y sabio del Perú mientras sea igual a sí mismo y cumpla con sus compromisos electorales.  Ollanta, así lo esperamos, deberá ser igual a Ollanta y el Perú será igual al Perú, con independencias de los criterios subjetivos de Alejandro Toledo.  Daniel será igual a Daniel y Nicaragua será igual a Nicaragua. Hablar en otros términos es de mal gusto, inoportuno, odioso y de malos augurios.

Me pregunto, además: ¿Qué significa eso de que Ollanta no sea igual a Daniel? ¿Será, por ventura, la sugerencia de que sea igual a Toledo? ¿O a quién?  Más respeto, por favor.
Señor Presidente Alejandro Toledo: en su lugar descanse.