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Olvidaba hasta el año 2000, cuando el colectivo Baile del Sol de las Islas Canarias la reeditó, Sangre en el trópico tuvo alguna repercusión internacional. Fue comentada en México por los críticos de El Universal, El Nacional, Revista de Revistas y en España.

El guatemalteco José Rodríguez Cerna lo hizo desde Madrid: “Resiste victoriosamente la comparación en el paisaje, y aún lo supera, con José Eustaquio Rivera, autor de La Vorágine”. La Voz, también de Madrid, le prodigó otro elogio: “El verbo de Hernán Robleto es más recio que pulido, cantando la truculenta epopeya de su tierra hacia un objetivo común: la libertad”.

No menos laudatorios fueron las reseñas de otros dos periódicos madrileños: La Época y El Liberal. Pero fue Luis Bello en El Sol quien acertó de lleno al afirmar que Sangre en el trópico era “un libro más lleno de verdad que de literatura”.

Su valor testimonial, pues, estaba a la vista y, simultáneamente su carácter de crónica enérgica e impresionante. El connotado crítico Enrique Anderson Imbert advierte que “documenta los sufrimientos de los hombres, la violencia de la lucha y —lo que es más importante— la acción devastadora de la naturaleza con sus enfermedades sociales”.

Dentro de sus recursos, los cuales dinamizan e intensifican la narración, Robleto crea permanentes expectaciones en el lector desde el inicio de la novela: la ansiosa espera de 22 jóvenes liberales del barco que los conducirá a la Costa Atlántica de Nicaragua desde Puerto México. Mientras ponderan sus excelencias, la embarcación resulta ser una simple gasovela (de motor y vela).

Se acentúa la expectación cuando un viejo marino español, dueño del hotel donde se hospedan, les previene: “No es que les desee mal, pero no llegan. Esa es una locura. Y luego tan cargada como piensan llevarla…” La tensión crece aún más cuando se enteran que hay un plazo fijo para que la embarcación llegue a su destino: quince días. Además, La Carmelita —cargada de contrabando: armas y explosivos— tendrá que desafiar el mar Caribe y sortear un mar infestado de buques enemigos. “Bastaba un cañonazo porque con aquella barriga llena de explosivos la punta de un alfiler era suficiente para hacerla reventar”.

La repetición de frases es otro recurso interesante. Una de ellas sirve de leit motiv en algunos capítulos y secuencias. Aludo a la que va cobrando, poco a poco, significación: la imitación onomatopéyica del sonido del pequeño motor de La Carmelita: “chas chasrrachaschás…” Un tercer recurso es el contraste, como el del capítulo octavo al describir Robleto los sufrimientos y peligros de los trabajadores explotados en las plantaciones bananeras, concluyendo: “Cada barco llevaba millares y millares de racimos hasta los puertos de Norteamérica. En los cabarets de gran lujo, las orquestas, los cantantes, de smoking, rendían homenaje al banano tropical…”

Pero Sangre en el trópico no es propiamente —como lo indica el subtítulo propagandístico de la editorial Cenit— la novela de la intervención yanqui en Nicaragua, sino la triunfante versión liberal de la llamada Revolución Constitucionalista. Partidista, Robleto ataca a los conservadores que auxiliados por la intervención norteamericana, luchan por perpetuarse en el poder: “Los soldados, los diplomáticos yanquis sostienen la oligarquía conservadora en Nicaragua, Emiliano Chamorro, Adolfo Díaz, Diego Manuel Chamorro, otra vez Emiliano, otra vez Adolfo Díaz… eso era insoportable.”

Tres secuencias se deslindan en esta novela de acento épico. La primera es conformada por la travesía en La Carmelita del grupo de rebeldes padeciendo lo indecible: el calor, la sed agobiante, el hacinamiento, la escasez de provisiones, el mareo, el hedor de las gallinas que llevan a bordo para alimentarse. A esto se suma la presencia de un destroyer norteamericano (U.S.S James K. Paulding), el mal tiempo que culmina con un huracán, el ataque de una escuadra hondureña en aguas de Honduras; en fin, quince noches y quince días terribles hasta alcanzar el puerto de río Grande, cuartel general de los liberales.

La segunda secuencia, alterna y paralela a la primera, es protagonizada por un grupo de marines. Comandados por el sargento Clifford D. Wilson, se dirige desde la base de Guantánamo, en Cuba, a Puerto Cabezas, Nicaragua, reducto del gobierno liberal, con el pretexto de “proteger las vidas y propiedades de norteamericanos”. Pero, en realidad, su misión es colaborar con las fuerzas conservadoras y obstaculizar las tropas liberales. Van en el citado destroyer que divisa en el Caribe, menospreciándola, a La Carmelita con tres ametralladoras sobre cubierta, guardias en popa y en vela y una enarbolada bandera de México.

“Clifford D. Wilson era fuerte —lo describe Robleto—, quemado por la llama del sol tropical, de ojos muy azules, rudo, valiente”. Había sido siete años capataz de un ingenio en Cuba, al servicio de una compañía yanqui y despreciaba a los negros y a los “greasers”: los mestizos mexicanos y demás hispanoamericanos. Se interna con sus doce hombres en la selva, y es atacado por una columna liberal, perdiendo varios de sus hombres. Los sobrevivientes, perdidos, llegan a una choza donde encuentran a una mujer tullida y a su hija, cuyo nombre se revelará hasta el final: María. Clifford arrastra a la muchacha a la espesura del monte y la viola brutalmente.

La tercera secuencia, continuación de la primera, describe la encarnizada lucha entre liberales y conservadores, quienes se habían atrincherado en Laguna de Perlas, al norte de Blueflieds. El ejército liberal, avanzando penosamente, asalta y conquista la plaza. La Carmelita y sus tripulantes participan en la acción. Dos de ellos pierden la vida. “¿Prudencia, paz, arreglos políticos, esperanza pacífica? No. Hay que ganar con el fusil, con el marrazo, con la ametralladora. Hay que derramar sangre” —había comentado el narrador extradiegético, pues no aparece en la historia que cuenta.

Robleto se proyecta en el coronel Romero, jefe del contingente de La Carmelita. “Lo conocían de nombre, por sus campañas de Prensa y la participación que había tomado en todas las revoluciones contra los conservadores de Nicaragua. Ahora llevaba cerca de diez años expatriado, en México.” Lo mismo que el autor. Héctor se distingue por su buena educación e ideales patrióticos; es héroe humano y, por tanto, falible: sucumbe a la tentación de la carne.

En su fatigante marcha hacia la capital en el Pacífico, viola a la mujer campesina que comparte lo poco que tiene para comer. Pero luego se arrepiente. Sin embargo, la mujer no había ofrecido resistencia ni se incomoda por la acción de Romero. Le parece natural.

Al final de la secuencia, Héctor y Clifford coinciden en el monte, pero no como enemigos, ya que Estados Unidos permanece oficialmente neutral. Conversan sobre la guerra y el autor sugiere la posibilidad de una armonización, sobre todo por las opiniones del soldado Buster Hill, en desacuerdo con la intervención de su país. El mismo tema se elabora en el capítulo siguiente, el XXV, en el que dialogan un joven liberal herido y el capitán Pratt, militar bien intencionado del ejército norteamericano.

En el XVI se describe el arrollador avance de los liberales, no sin elogiar a sus jefes: “El centro lo cubre Moncada, calculador, exacto, inconmovible. Al sur van los cuerpos exploradores, las guerrillas fatídicas. Después camina Escamilla con el tren de guerra, almacenes ambulantes que deben estar con toda oportunidad en los sitios en que la demanda de provisión se hace necesaria… Moncada, encerrándose con audacia entre los fuegos del enemigo; pero el núcleo sitiado, se abre como unas tijeras y parte al ejército conservador, que se ve atacado enseguida por los refuerzos leoneses y segovianos.

Parajón, Castro Wassmer, Sandino, Caldera, acudían tragando leguas. Así queda deshecho todo, hasta el Estado Mayor del Gobierno de Managua”.

En el mismo capítulo XVI, se refiere la intervención diplomática de los Estados Unidos, a través del pacto Stimson-Moncada, para concluir la guerra a cambio de que “los Estados Unidos no intervendrán a favor de nadie en las elecciones que deben practicarse en Nicaragua, y en las que el pueblo manifestará su deseo irrestricto.” En el XVII Héctor, entristecido por la muerte de casi todos sus compañeros, débil y enfermo, se recupera en un hospital establecido por los norteamericanos. Allí lo visita Clifford, quien ha cambiado su percepción de los nicaragüenses: ahora los respeta y admira.

En el XVIII, que es el último, el mismo Wilson desea reparar el daño causado a la “india” María, la busca, se entera que tiene un hijo suyo y se casa con ella.

Con este fin de novela rosa termina Sangre en el trópico, considerada por Nicasio Urbina una novela de aventuras que mitifica la idea de Nicaragua “tan pequeñita y tan dulce”. Pero en ella predomina el partidarismo y exaltación del triunfo político-militar de los liberales al someterse a los designios intervencionistas. Por eso su autoepígrafe no pudo ser más elocuente: “Este no es un libro de odio, a pesar de que hay muchos motivos para odiar”.

Escrita durante diecisiete días, entre el 7 y el 24 de octubre de 1929, cuando el partido de Robleto estaba en el poder, Sangre en el trópico fue una proeza escritural, superior a la conjunta de Rubén Darío y Eduardo Poirier en Emelina (1887); un logro que, a pesar de su “simplismo épico” significó el primer esfuerzo de un nicaragüense por captar, al menos en parte, la compleja realidad del país. Una novela a la altura de su tiempo y la más valorada, hasta entonces, fuera de las fronteras nacionales.