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La valoración cultural y social que históricamente se ha hecho y se hace en torno y sobre la identidad femenina denominada feminidad, ha sido negativa en la mayoría de sus connotaciones. Desde el punto de vista religioso en el cual la mujer es vista como quien engendró el pecado en el mundo partiendo del ofrecimiento de “Manzana” al puro Adán, hasta las concepciones de sierva, bruja, llena de misterios y poco confiable, que son algunas de las diversas acepciones que se han construido en base a la mujer, a su identidad como tal.

La masculinidad, por el contrario ha hecho todo lo posible por construirse en base a ser lo opuesto de la feminidad desde esa construcción cultural y simbólica. Conteniendo así, características como: fuerza, vigor sexual, dominio, potencia, capacidad de gobernar y controlar, y se ha valorado como alguien confiable al menos en la esfera pública, y en la privada en su histórico papel de patriarca.

Sin embargo, así como la historia se desarrolla, a su paso van ocurriendo cambios que muchas veces escapan de los formatos establecidos como normativos dentro de los cuales el ser hombre y ser mujer se ha acoplado. Claro que las ideas sobre masculinidad y feminidad en muchos casos no amarran tanto con la práctica porque se deben a una construcción de discurso que en la mayoría de los casos sirve para mantener códigos de conducta pero no tanto para expresar lo que la cotidianidad evidencia desde las identidades.

El asunto con las identidades es que aún cuando hombres y mujeres, siendo los hombres los principales dueños de los discursos públicos, han querido controlarlas y encerrarlas en esquemas rígidos de significados y prácticas, la realidad es que estas dialécticamente han experimentado cambios, reubicaciones, resignificaciones y transiciones que la sociedad aún se esfuerza por entender y que en el camino ha decidido muchas veces sancionar por ser estos cambios amenazas al orden establecido que les proporcionaba seguridad y sentido.  

Es así como en el presente se mantiene la creencia de que el hombre es más capaz que la mujer por su fuerza física, por ese vigor característico de él. En los inicios de la humanidad la fuerza física era algo imprescindible, debido a que la caza era una de las principales fuentes de sobrevivencia humana y para ese entonces los mamíferos y reptiles eran de mayor tamaño que los que hoy conocemos y el medio natural era mas hostil, sobre todo para la especie humana, por lo tanto la fuerza física permitía la sobrevivencia de la especie.

En ese tiempo tanto hombres como mujeres ejercían su fuerza para sobrevivir en el medio, cazaban en grupos, hombres y mujeres asechaban a su presa y organizados con roles distribuidos lograban subsistir. Luego, a la llegada de la agricultura, ya no fue tan necesaria la fuerza física, el cuerpo fue adaptándose a las necesidades de ese período. El cultivo y la domesticación de animales requerían una cierta rutina de trabajo, el hombre se iba a los campos y la mujer se fue asentando en la casa, responsable del cuidado de los hijos e hijas, de la horticultura, de la crianza de animales y de la elaboración de vasijas, cerámica y ropa. Esta dinámica aunque con cambios en relación a la distribución de los roles, se puede observar en la comunidades rurales de nuestro país.

Pero en la actualidad el modelo económico global, las políticas trasnacionales, las políticas de estado, el sistema mundo, la migración, los avances en temas como la planificación familiar, los anticonceptivos, la inserción de la mujer en el mundo laboral en el ámbito público y diversos sucesos locales como las guerras, las revoluciones y los desastres naturales; han aportado a que estas identidades se resignifiquen, se actualicen y se ajusten a los nuevos tiempos sociales, a las nuevas tendencias culturales de ser hombres y mujeres.

El hombre y mujer han estado encerrados en una serie de exigencia sociales y culturales de lo que deben hacer y como deben de comportarse para asegurar y comprobar que son hombres y mujeres normales, apegados a los parámetros de las exigencias sociales. Los tiempos, sin embargo, demandan cambios en esas exigencias y en esas expectativas genéricas, pues el modelo patriarcal esta caducando y las funciones dentro de la familia se han resignificado y aunque el discurso aun se mantiene la realidad ha cambiado sin esperar que las creencias y los mandatos genéricos lo hagan.

Es por eso que partiendo de las valoraciones positivas y negativas que se hacen de los géneros, el ser hombre se ha visto sancionado en base a esos cambios que ha experimentado la masculinidad. No se concibe a un hombre haciendo cosas que han sido designadas a la mujer: lavar, planchar, cocinar, cuidar a los niños; esto dentro del espacio doméstico, porque en el público vemos a varios hombres famosos que son chefs y que son mas reconocidos que las mujeres pero por el hecho de que son hombres en un espacio público.

Un hombre que trabaja en una maquila es pagado bajo las mismas condiciones que las mujeres aunque se les exige que trabajen en tareas mas de fuerza física, eso es relativo tomando en cuenta los márgenes laborales, los horarios, la mala paga y el trato poco humano que se tiene en las  maquilas tanto a hombres como a mujeres, las mujeres con el plus del acoso sexual.

Los hombres que reconocen su indisposición sexual son juzgados inclusive por sus parejas femeninas, hombres que deciden compartir una vida afectiva/sexual con otro hombre son juzgados a nivel social, a nivel jurídico inclusive, aún por los estados, aun cuando estos juegan con un doble discurso.

Hombres poco fornidos, sin gusto por la violencia, sin gusto por el deporte conocido como masculino como el fútbol, beisbol o boxeo; son tachados de poco hombres o de menos masculinos por sus coetáneos. Hombres que expresan sus temores, que lloran, que manifiestan sus inseguridades afectivas, que se vulneran, que aman, que se entregan sin pretender dominar o controlar a la pareja; son descalificados con términos  como tontos, babosos, pendejos o inclusive cochones, solo por el hecho de comportarse como se supone solo la mujer puede y debe hacerlo.

El discurso del hombre fuerte, insensible, indiferente, ausente, irresponsable aún cuando influye la practica, poco a poco se está deconstruyendo, dejando abierta la posibilidad de nuevas formas de entender la masculinidad sin generalización, aceptando la diversidad de prácticas y sobre todo aportando a cambios dentro de esta que beneficien a las familias, la relación con los hijos, con las pareja, pero sobre todo a la persona misma, a los hombres, y a las mujeres.

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