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En memoria de Henrique González-Casanova

Al conocer mi decisión de regresar a México, Joaquín González-Casanova, Secretario de Cultura del país azteca en Nicaragua, con quien había hecho migas en el Ministerio de Cultura, me entregó los números telefónicos de su padre. Me dijo que sería bueno que hablara con su progenitor. Él te puede ayudar a introducirte en el laberinto de la UNAM. Navega en esas aguas con soltura, conoce sus torrentes, remansos y profundidades. Mi padre fue uno de los impulsores y fundadores de la especialidad en comunicación. Sería bueno que lo llames a tu llegada, dile que yo te di sus números. Creí que exageraba. Pero yendo en cero, Kiko ya había regresado de estudiar, igual que Chico Lacayo Parajón, mis dos ángeles tutelares cuando desembarqué en esa urbe por primera vez a estudiar en 1978, nada perdía intentando establecer comunicación con el papá de Joaquín. Al fin y al cabo ya había sentido el peso desolador de abrirme paso en una universidad con trescientos mil alumnos, donde solo eres un número en ese impresionante mundo anónimo.

Dos semanas después de nuestra llegada, inicié una batalla que parecía infructuosa. Cada vez que llamaba me respondía una voz femenina muy amable, explicándome que don Henrique, sí amigo así con hache, no se encontraba. Opté llamarle por la noche y me estrellé de nuevo contra un muro. Mientras tanto buscaba como no extraviarme en esa jungla. La argentina Delia Crovi fue la primera en orientarme en el laberinto burocrático de la UNAM. Todos los intentos para que Patricia se matriculara en Sicología fueron fallidos. Sentíamos los rigores de una sociedad que extendía su frialdad hasta la casa de estudios superiores de mayor raigambre en México. Como todavía seguíamos viviendo en el Centro Suite Diana, nos íbamos caminando a la universidad todos los días, en busca del vellocino de oro. Subimos todos los peldaños de la alta escalera burocrática de sicología, para obtener un rotundo no, cada vez que subíamos un nuevo escalón.

Decidido a no darme por vencido en mí intento por establecer relación con don Henrique, convertí en un ritual nocturno acercarme a cualquier cabina telefónica de las miles que pueblan Ciudad México, solicitando comunicarme con él. Con la gigantesca devaluación del peso mexicano ordenada por el presidente José López Portillo, consideraron que resultaba más barato dejar funcionando gratis los servicios en calles y avenidas, que tener que cambiar los monederos. El problema era que cada día escaseaban más las monedas de veinte centavos. La morralla iba poco a poco despareciendo. Para evitar que el sistema de comunicación colapsara, las autoridades decidieron establecer la gratuidad de los servicios. Solo bastaba levantar el teléfono para realizar una llamada local. Para entonces ya nos habíamos mudado a nuestro apartamento, pero como carecíamos de servicio telefónico, íbamos al puesto ubicado en Sánchez Azcona esquina con Pilares, para ver si conseguíamos que la luz se hiciera entre nosotros.

Cómo me dijeron que don Henrique se encontraba enfermo, todas las noches llamaba indagando sobre su estado de salud. ¡Se produjo el milagro! Cuando me comunicaron, una voz alegre me interpeló. Cómo está ese amigo, gracias por haber indagado sobre mi salud. No estaba demás, respondí. Deseo invitarlo a desayunar en mi casa. Póngale usted fecha, alcancé a decir. Me dio su dirección y una mañana cálida de noviembre de 1982, iniciamos una amistad que su muerte, dos años después, el 17 diciembre de 1984, no logra ensombrecer. Tres cosas llamaron mi atención durante ese encuentro. Vivía en una casa modesta en Florida, ubicada a unos pasos de Avenida Universidad e Insurgentes, la arteria vial más larga del mundo, con una extensión de 45 kilómetros. Al caminar por el pasillo que introducía al corredor, avanzamos entre dos hileras de vitrinas repletas de libros, construidas de madera, protegidas con vidrio. Me sorprendió el vehículo en que se desplazaba, un Volkswagen, idéntico a las ñoquitas que servían de taxis, nada más que de otro color.

Nuestro principal martirio era comunicarnos con mis padres en Juigalpa. Viajábamos desde Colonia del Valle hasta  el centro de la ciudad. Para amortiguar los contratiempos, aprovechábamos  la travesía comiéndonos un plato de frutas con granola y miel, cómo jamás he vuelto a probar en mi vida.

Para sortear el infortunio pedí a Tatiana Galván me ayudara a vencer el muro inexpugnable de Telmex. Estaba convencido que sin apoyo jamás lograría que me instalaran el servicio telefónico. Cómo conté en otra ocasión, la respuesta de Tatiana fue explicarme, que con el padrino que tenía no comprendía por qué pedía a ella ese favor. Pídeselo, eso es no es nada para Henrique. Las palabras de Tatiana chocaban con la imagen que me había hecho de don Henrique. Sus rasgos para mí eran de sabio, amistoso y lector insaciable. Nada de lo que decía Tatiana cuadraba en mi mente.

Nada perdíamos si intentábamos acudir en su auxilio. Don Henrique lo llamo para pedirle la gentileza de ayudarme a que conecten el teléfono en mi apartamento. Eso es difícil, pero vamos hacer el intento. Me entregaron una esquela. Tráemela, pero no te prometo nada. A los cinco días nos estaban conectando el servicio.

Comprobé que otra de las grandes cualidades de Henrique González-Casanova, era su absoluta discreción. En su personalidad se conjugaban el poder de la discreción y la discreción del poder. Lo ratifiqué el día que le llamé para pedirle que por favor me ayudara para que mi suegra pudiese llegar a México, para estar presente en el nacimiento de nuestro primer vástago. ¡Eso sí que es imposible! Mi pedimento obedecía a que Monona era chilena. No podía viajar a México. Luis Echeverría Álvarez, había roto relaciones con el país de Pablo Neruda, como réplica al golpe de Estado perpetrado por Augusto Pinochet contra Salvador Allende.

Don Henrique al menos intentémoslo. Eso no se puede hijo, no se puede. Agradeceré su gesto. Cedió ante mis súplicas. Vení a casa mañana. No se preocupe ahí estaré. Constaté otro aspecto sobresaliente de su reciedumbre intelectual. Tenía el estudio en el segundo piso. Una mesa monumental ocupaba tres cuartas partes del local, estaba atiborrada de papeles y flanqueada de libros. Un sitio acogedor donde transcurrían sus horas de estudio y meditación. Me entregó una carta escrita a mano, con tinta negra indeleble y pulso sereno, dirigida a Jaime Wimer Zambrano, Subsecretario de Gobernación. El sobre estaba abierto para que leyera los términos de su contenido. Fuimos a la Calle Bucareli, sede de la Secretaría de Gobernación, asiento del segundo al mando en México; quien ocupaba esa cartera, ejercía un poder inigualable. Un escritorio desvencijado con un viejo aparato telefónico, daba la bienvenida. La aridez del paisaje contrastaba con las leyendas que se contaban sobre ese lugar en los mentideros de la política mexicana.

Nos metieron en una salita contigua, con varias sillas y algunas macetas, nada más. Después de dos horas de espera, llegó alguien que dijo era el secretario de Wimer Zambrano, entregamos la carta. Luego de otra hora de espera bajó otra persona que deduje era el secretario del secretario, deseaba que concretáramos nuestra petición. Al final bajó otro funcionario que identifiqué como secretario del secretario del secretario. Nos hizo entrega de una tarjeta del Subsecretario Wimer Zambrano, con su firma al anverso. Pidió que fuéramos de inmediato a la sede de Migración y Extranjería, ahí los va atender su director general. En la Avenida Juárez nos hicieron subir al cuarto o quinto piso, no recuerdo bien. Su director nos recibió en la puerta y ordenó a uno de sus secretarios nos llevara a la Dirección de No Migrantes, con instrucciones expresas de conceder visa de entrada a Ana María Labarraque.

-Ah, por favor, ¿no le entregaron una tarjeta? Démela me quedo con ella.
Comprendí que el poder en México, los viejos cuadros del PRI lo ejercían con estricta discreción. El poder de la discreción todavía era atributo de algunos miembros de la vieja guardia, heredera de los ideales de la revolución mexicana. Sumamente cuidadosos no dejaban huellas de ciertas decisiones por ningún lado. Wimer Zambrano, hizo entrega de una tarjeta con su firma. El Director General de Migración y Extranjería, solicitó se la entregara, me remitió personalmente donde el Director de No Migrantes, a quién hice verbalmente mi solicitud. Ordenó ponchar el teletipo que los comunicaba directamente con la Embajada en Washington, ordenando autorizar el viaje de la Monona a México. En esa suma de discreciones, que luego se vinieron perdiendo, radicaba en parte el liderazgo priista. Don Henrique era uno de sus principales cultores, siempre prefirió el perfil bajo, la discreción en cada uno de sus actos.    

Jamás se refirió a su carácter de asesor de varios Secretarios de Estado. Tampoco hizo ostentación de su influencia en la UNAM. Nunca podía nada. Aunque siempre estuvo al alcance de todos sus discípulos. Los que creímos en su humanismo de puertas abiertas, en su condición de publicista, editor y educador de tiempo completo. ¡El poder de la discreción formaba parte de la esencia de su ser!