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Ya casi no queda nada –ni nadie que lo dude— que en el Estado casi todo funciona de hecho y no de derecho. Y ese vicio, no desconocido en nuestra historia, hoy está más universalizado que nunca. Hay un presidente que, de hecho, ganó el cargo con un porcentaje (38%) violatorio de una obligación estatuida en la ley (el 50% más uno), al amparo de acto un pacto político mafioso. Junto al presidente cogobierna una señora que no tuvo elección legal de ningún tipo, pero, de hecho, tienen una división del “trabajo” como quizá no haya otra en el mundo.
Él, don Daniel Ortega, de hecho funciona con una autonomía que la Constitución no le concede, y además de no tomarla en cuenta, la modifica a su antojo en lo que se opone a sus intereses políticos. Ella, doña Rosario Murillo, complementa ese “trabajo”, alimentándole su complejo mesiánico, con un lenguaje seudo místico, de amor a los pobres, la paz, la vida y la felicidad.

El “trabajo duro” y la fortaleza del poder lo hace Ortega en sus discursos. Antes, usa como recurso psicológico para dominar a su auditorio, hacerse esperar hasta cuatro horas, mientras le distraen con música, consignas y espectáculos de bajo nivel artístico. Su hablar pausado no es sólo por su falta de fluidez, sino porque recalca sus palabras e ideas hasta el cansancio, como queriéndolas penetrar en sus mentes junto a su imagen de caudillo incontrovertible. La parte maternal y mística es de Murillo, quien, con tono declamatorio melodramático, elogia las virtudes del “comandante Ortega” (que nunca comandó en la guerrillera).

Para Rosario, Daniel es hombre que no duerme, pensando en los problemas de los pobres y de la patria; piensa en todo: la casita para regalar a los pobres, la educación de sus hijos, la salud de todo el pueblo. Todo adquiere en su voz de santidad fingida, como esperando que ocurran sus milagros frente al auditorio. Las 24 horas del día, se le oye por sus radios, y la mitad del día se le ve por sus canales de televisión, y en los encuentros con sus secretarios políticos, excitando a mejorar el “trabajo”, a no apartarse del objetivo de propagar la idea del “bien común”, para lo cual nada es mejor que conseguir la reelección para que el bienestar y la felicidad de los pobres sean alcanzadas a plenitud.

Ella pone semblante de piadosa matrona en misa cuando habla Daniel, pero no invade su terreno, porque en su voz mística no calza lo que en la suya –de Daniel—: las palabras idóneas contra los peleles, agentes de la embajada gringa, traidores, hijos de Gobbels, vendepatria, defensores de los oligarcas y etcéteras que ya ni se diga. Pero en ambos, en su turno, no faltan las invocaciones a Dios y a la virgen María, cuya voluntad divina de ayudar a los pobres se expresa a través de Daniel. “Cumplirle al pueblo, es cumplirle a Dios”, no es consigna que se queda en los rótulos, baja a las masas como su sagrado compromiso de no fallarle a ninguno de los dos. Este recurso demagógico se los ha facilitado el espacio que dejó en sus mentes una teoría revolucionaria en su fuga, de pronta y fácil disolución.

La indiferencia que Daniel y Rosario lucen por la legalidad es tan imperturbable como la Esfinge. Y no sólo porque no la respetan, sino porque ante las protestas por las violaciones que les hacen a la Constitución y a todo el orden jurídico, no les mueve ni siquiera para argumentar sus medidas. Se sienten por encima del bien y del mal, luego de que ordenan a sus agentes una violación constitucional, y todo queda consumado por su sacra voluntad. Escrito “en piedra” está, dicen después.

En otro nivel de la división del “trabajo”, desconocer, violar el orden jurídico, es labor de sus agentes-magistrados en el Poder Judicial, y para aplicarlas, está su Consejo Supremo Electoral. Ellos responderán a las críticas, si quieren, porque nada ni nadie les obliga. Los co-gobernantes, ante las denuncias documentadas de la corrupción en las instituciones no dicen una sola palabra en público, aunque en privado reparten más premios que castigos, pero eso no es materia que merezca ser discutida ante el pueblo, el que, en vez de información, recibe consignas.

Otro tema que no alcanza el mérito de ser tocado por sus excelencias es el de sus cuantiosos negocios con el dinero venezolano y del Estado. Pueden caer rayos y centellas en forma de críticas y denuncias, y nada les hace explicar nada. En su división del “trabajo” eso no cuenta; eso corresponde al área sagrada de lo intocable, o cuando más, sólo para algunos de sus testaferros.

El orteguismo se ve empeñado en destruir las bases jurídicas de un Estado ya penosamente democrático, y cada quien hace su “trabajo” en el área encomendada. Para ello, han moldeado una militancia sobre la base de prebendas y oportunidades de enriquecimiento con impunidad. Han construido una maquinaria deshumanizada y ambiciosa: por ideología tiene fe; por principios obediencia; por convicción ciega confianza; por ideales objetivos; por dirigentes ídolos; por organización secta religiosa.

Creen vivir en una burbuja de cristal, donde habitan los buenos, mientras los malos están excluidos por castigo divino, dado que atentan contra la felicidad de sus bienaventurados “burbuguenses” (los nuevos burgueses). Por eso, son sordos ante las denuncias de corrupción; para ellos, sería darles gustos a los enemigos, agentes del imperialismo y la derecha que añoran los gobiernos neoliberales corruptos, y llevan a cabo sus planes de acabar con el poder del pueblo, dignificado por primeras vez por “su  revolución”. Enseñan a su gente ver el poder no como medio para avanzar cambios sociales, sino para materializar sus ambiciones; las condiciones que se han creado con el poder, les ha aflorado adormecidos o postergados vicios, y les estimulan los nuevos.

Los “cuadros” nuevos están condicionados por un ambiente político decadente, sin ninguna experiencia de vida bajo el somocismo y, por ende, ajeno a las luchas históricas, sin cultura política ni ideales progresistas; se los han sustituidos por el fanatismo caudillista y el oportunismo político. Por eso, no les ha sido difícil tomar las piedras para usarlos contra los “enemigos”, y defender al “Hombre”, haga lo que haga en contra de la institucionalidad. Su objetivo se lo han marcado muy bien: defender con cualquier medio al gobierno de “los pobres” en una cruzada por la felicidad de todos, contra los malos que conspiran bajo el pretexto de defender los derechos democráticos y abusan contra las libertades que garantiza este gobierno.

En fin, los nuevos “cuadros” tienen las “cualidades” del agente, el “oreja” o el guardia de los somocistas llena-plazas y represores.   

Función resumida de la maquinaria orteguista: en lo ideológico: instintos contra convicción; en lo económico: la caridad en vez de trabajo digno; en lo administrativo: oportunismo versus honradez; y en lo político: el poder contra derechos. Una maquinaria puesta en marcha al alimón por una falsa mística y un falso revolucionario. Una armónica división del “trabajo”.