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En dos mil seis y con 22 años recién cumplidos, escribí un artículo sobre la homosexualidad http://impreso.elnuevodiario.com.ni/2006/09/12/opinion/28690 que posteriormente fue publicada por este diario.  

Según  yo, explicaba desde mi perspectiva de veinteañero cómo se debía vivir un tema  que, hasta la fecha, no deja de causar revuelo en los velos de los mismos que siempre  condenan con decadencia un acto sexual que agregando o no un toque de amor, quiere  encaminarse a lo que los demás seres vivos tienen derecho y es la felicidad sin la  soledad.

Para mi sorpresa, después de 5 años de experiencias insólitas en Managua, el inevitable  y exquisito acceso al mundo de las mentes blogueras y revelaciones apegadas a la teta  científica, decidí que era hora de reivindicar a los cesáreos, ya maltratados por la eterna  hipocresía de los tiempos apocalípticos y familias perfectas inexistentes.

Reivindiquemos pues. Los travestís no son hombres queriendo ser mujer, es una palabra  tan simple para un acto de mero transformismo a ropas indicadas al sexo opuesto;  transgéneros, palabra compleja para una operación algo cara y que transforma la piel, un  miembro menos o más, más la voluntad fiera de cambiar de sexo. Y claro, los del  centro, los pasivos, los activos, los versátiles, tres afinidades sexuales que también  aprendí son aplicables a las chicas lésbicas. Todo esto con una loquera hormonal (con  todo respeto) que no se sabe por dónde empieza ni dónde va, pero seguro que ni que  Thor agarre a martillazos a alguien lo puede “componer”, como dicen padres o amigos  inocentes e ingenuos en el tema. Creo que el mundo entero (aunque ni se acerca a ser  tan fácil a como se escribe) debería ya entender de una vez por todas que no se puede  cambiar lo inmutable.

Intentarlo, solo genera guerras, mutilaciones, muertes, exilio, más  muertes. La diversidad sexual es inevitable, inmutable, está incrustada con un arraigo  imposible, gracias a la determinación de las nuevas generaciones, que vienen no solo  determinados a vivir una vida plena sexualmente sino mas empeñados en el desarrollo personal, estar a la altura de cualquier desafío, ampliando su presencia en todos los  recovecos sociales. Muy bien hecho.

Justamente, por lo antes afirmado, debo confesar que no creo ya tanto en el orgullo.  ¿Eso se come? Dicen que sí. El orgullo por la sexualidad, por el género, por la  orientación sexual, es realmente lo que se necesita para estar en plenitud, dicen también.  Lo dudo o al menos, no lo es todo.  Y después dicen, aunque un poco más “light” el  asunto, que hasta los que experimentan con sus orgasmos en diferentes petates los  pegan con la torta de ser gays, lésbicas, zorras o putos; ante esto, ¿en qué consiste la juventud que no sea entre otras cosas el tropiezo con experiencias en almohadas y  botellas?

No creo que lo que resuelva nuestras existencias sea solo un pleno e inquebrantable  orgullo de ser gay, de ser lesbiana o ser heterosexual. En Nicaragua, sobre todo, cuando  ser gay es para muchos una persona con un hoyo por donde no deberían entrar cosas  procreadoras, poniendo a un lado lo más importante: una profesión, una vida de  sacrificios como la de cualquiera; la necesidad del amor, de la pareja, de la mama y a lo  mejor y hasta del rock. Ah, y no menos importante, la distinción entre los derechos  civiles y los celestiales religiosos: a la iglesia lo que es de dios y a la constitución lo que  es civil.

Eso sí, a defender la integridad personal a toda costa, que no se quite el derecho a  estudiar, a trabajar, a hacerle huevo y a avanzar. No permitir que lo primero que vean  cuando vamos a pedir pegue sea un gesto, una falda o la lengua. Que se valore entonces  la innegable capacidad de manejar un puesto, las ganas incansables de vivir y la  determinación de salir de las jaranas, de estar en forma y ser felices.

Y aunque se deben exigir primero las oportunidades para ser como cualquiera, antes de  estar orgullosos por el sexo mejor el orgullo por la sapiencia, por las habilidades, por la  técnica, por el profesionalismo, por el amor y vivir la vida con plenitud; por la renta, por  la casa, por el amor propio y el derecho a llorar, a amar con locura sin dañar pieles, sin  arañar las paredes de la integridad de los demás, respetar para que te respeten y  recordarle a los inquisidores, que antes de lanzar una piedra, se tapen un ojo para no ver  solo afuera, para verse también por dentro.

*mlovos@gmail.com | mlovos.blogspot.com