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Propuesta peregrina
La propuesta del diputado PLC José Pallais de introducir esta semana un decreto de Amnistía para los concejales Luciano García y Leonel Teller acusados de “injurias y calumnias” por denunciar la corrupción en la alcaldía de Managua y de paso, otorgarla de antemano a los periodistas que puedan ser acusados por denunciar las tropelías de los funcionarios del régimen, es aparte de rara, ilógica. Una amnistía significa el olvido legal de delitos que para empezar, ni siquiera se han cometido. Por otro lado, el ejercicio de la libertad de expresión, no es un “delito” que deba ser “perdonado” graciosamente por el poder. El diputado Pallais más bien aparece como un oficioso mediador de El Carmen, puesto que está proponiendo que a cambio de cesar la persecución política (“amnistía”) los concejales y los periodistas nos comprometamos con la amnesia, es decir, un olvido generalizado de los desmanes del poder y de la corrupción orteguista. Nada sorprendente puesto que como operador político del no menos ilegítimo candidato presidencial del PLC que ha prohijado este estado de cosas, es de los que quiere “borrón y cuenta nueva” por los desfalcos de su líder y socio minoritario del régimen. Dado que Don José no es ningún ignorante del derecho, sólo se puede suponer que se trata de un indigno mecanismo para remendar el escándalo, proteger al concejal de su partido e incriminar a los periodistas. Perversidad pura, pues.

Pacto de olvido
La iniciativa de amnistía de Pallais, presidente de la Comisión de Justicia y Asuntos Jurídicos de la Asamblea, equivale a un “pacto de olvido”, que representa el absurdo de pedir a los ciudadanos una amnesia autoimpuesta. ¡Olvídense de lo que hizo Alemán, olvídense de lo que ha hecho Ortega, olvídense de lo que pasó en la DGI, olvídense de lo que pasa en el CSE, en la CSJ, olvídense del robo de las elecciones, de los desfalcos en la Alcaldía, olvídense de los alcaldes y funcionarios usurpadores! Todos serán ahora respetables y probos funcionarios y candidatos que pueden acusarlos a todos o a cualquiera de “injurias y calumnias” y ustedes no tienen por qué estarle pidiendo que rindan cuentas, parece decirnos Don José. Es tal la perfidia de Don José, que ha reclamado el respaldo de la Bancada Democrática para no irse sólo con los votos del PLC y del FSLN –que de dientes afuera ha rechazado la iniciativa-.  Es notorio que el desfacedor de entuertos no ha mostrado tanto ímpetu ni idéntica diligencia para reclamar la aprobación de la Ley de Observación Electoral demandada por la ciudadanía e introducida hace meses en la Asamblea. Claro, es más importante para el pacto libero-orteguista, un pacto de olvido.

Amnistía virginal
De otra naturaleza es sin embargo, la amnistía solicitada coincidentemente por Ortega pero al reino celestial, a propósito del drama que vive el presidente de Venezuela Hugo Chávez. Fue impactante ver a Chávez delgado y demacrado, reconociendo la gravedad de su estado ante la incertidumbre reinante en su país, pero también por sus efectos para Nicaragua. Por eso resultó desacertada y tragicómica la carta leída por la primera dama, que al desear su pronta recuperación, invocara a todas las vírgenes en auxilio de Chávez: “Usted, Comandante-Presidente, que ha librado tantas batallas, con esa fuerza de la Providencia y de la Santísima Virgen, la Inmaculada Concepción en Nicaragua, la Divina Pastora en su Venezuela, sabrá escuchar el clamor de tantos corazones de este continente, y del mundo, que con devoción y cariño, piden al Altísimo todas las energías necesarias para su completo restablecimiento”, dijo Murillo. Resulta ridículo pedirle al cielo y a las Once Mil Vírgenes que lo pueblan una amnistía por la vida de Chávez, de parte de quienes persiguen gente. Por esa mistificada lógica del poder, ¿habría que suponer entonces que la enfermedad del locuaz presidente es “castigo divino” y si se salva, es que las vírgenes y el Altísimo son sus “panas”? Una cosa es cierta, ni aquí ni allá, hay amnistía que valga. Dicen que en el cielo no hay amnesia.

Por los votos, no por la muerte
La enfermedad de Chávez le ha recordado a todo mundo que los “hombres fuertes” de Venezuela y Nicaragua, son sólo eso: hombres tan vulnerables como cualquiera, que sufren no la tan temida y denunciada “conspiración política” del imperialismo, los escuálidos, los oligarcas, los “culito-rosados” y “vendepatrias” sino de una insospechada, pedestre y nada gloriosa dolencia. Hay quienes apuestan a que sea la divina providencia la que se encargue de ellos y que su muerte libere a la sociedad de las nuevas autocracias del “socialismo del siglo XXI”, pero eso es deponer la propia responsabilidad ciudadana de buscar la salida cívica, política y terrenal de decidir. Como dijo Enrique Ochoa Antich, comentarista de Tal Cual de Venezuela, al lamentar su enfermedad y desear la pronta recuperación de Chávez: “Que no sea vencido por la muerte. Que sean los votos de un pueblo libre y soberano los que lo saquen del poder.” Es que además, la muerte prematura de cualquier autócrata que ha concentrado sobre sí todo el poder, lleva a pugnas sangrientas entre los que disputan su sucesión y que no resuelven nada. La ciudadanía digna no debe esperar por un tiranicidio celestial, el triunfo de la democracia debe ser sobre la base de los votos, no sobre la muerte de sus verdugos.