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El cursi nunca sabe que lo es.
Cuando la cursilería es consciente,

merece el rango de la extravagancia

Álvaro Enrique

El título del presente artículo nos lleva a preguntarnos qué nivel de importancia o de credibilidad tienen las elecciones para la ciudadanía nicaragüense. La respuesta es que, por ahora, este proceso electoral, para los trabajadores, es un mecanismo innecesario, extraño a sus preocupaciones esenciales.

Para la política socialista militante, este hecho es un factor positivo, muy significativo, si nos encontramos en un ciclo de flujo combativo de las masas. Ya que esta falta de ilusión en la representación indirecta, predispone a los ciudadanos a encontrar caminos propios para organizarse y para decidir políticamente, de manera independiente, sus reclamos para mejorar sus condiciones acuciantes de vida.

Para el gran capital, es igualmente innecesario este proceso, ya que el resultado de las elecciones también le es indiferente. Salvo que este sector, desde un ángulo contrario a los intereses populares, comprende que un proceso semejante (si transcurre en calma) sirve sólo para guardar las apariencias. Y vaya que guardar las apariencias es el objetivo supremo de la magia con que se oculta la naturaleza real de los negocios, por obra ilusoria de la ideología burgués. Su temor, por lo tanto, es que estas elecciones no apacigüen las ilusiones y aspiraciones de cambio del pueblo trabajador; y que éste encuentre un método político directo e independiente de plantear sus reivindicaciones.

Hasta ahora, el orteguismo corre tras cada movimiento reivindicativo independiente, le da alcance, finge apoyarle con simpatizantes entrenados para ello, diluye sus consignas en el populismo vago y le dirige hacia un proceso burocrático donde le castra metiendo suavemente sus demandas en el cajoncillo de la papelera de algún funcionario estatal.

Poco a poco, sin embargo, desde las propias filas orteguistas surgen, también, contradicciones sociales que llevan a movimientos reivindicativos. El tiempo de maniobra del reformismo populista se estrecha a medida que la economía no crece lo suficiente, y que los parámetros que registran la desigualdad social aumentan.

El orteguismo, conforme se deterioren las condiciones materiales de vida de los trabajadores, intentará devenir, con mayor prisa, una estructura represiva de carácter militar. Para ello, no obstante, deberá infligirle antes una derrota decisiva a las masas
Según las encuestas, a la amplia mayoría de la población no le preocupa el rumbo político del país, sino sus necesidades inmediatas (cuya solución no asocia con la estructura política actual). En otros términos, la ideología dominante, por su propia pobreza intelectual, no está haciendo su trabajo de alienación correctamente. La cursilería demagógica ha tomado su puesto. ¿Cómo ha sido posible?

El sistema político en Nicaragua (“¡Unida Nicaragua triunfa!”), en su conjunto, es un mecanismo de pesos y contrapesos dentro de una misma familia de vividores del poder, que negocian en secreto las cuotas del reparto. Obedece a un mismo programa neoliberal; que no cambia un ápice aunque se modifiquen los porcentajes de poder entre las agrupaciones políticas. Estos partidos, sin ideales políticos, se forman en torno a líderes que por acuerdos o pactos entre ellos controlan la capacidad de nombrar a los candidatos, para ocupar cargos públicos en el Estado. Que, luego, como muestra de astucia, se sustraen, corrompiendo impúdicamente las lealtades de camarilla, quitándole todo sentido a las elecciones públicas.

Ortega ha dado nombre a un neologismo, “el orteguismo”, con el cual se describe el poder corrupto de la burocracia, absolutamente discrecional, que ejerce un control totalitario sobre las instituciones, con una dosis más o menos marcada de populismo ramplón (totalmente cursi), mientras reproduce jurídicamente un sistema de economía dependiente, con remanentes precapitalistas.

Sólo quien observa con atención hacia qué bolsillo fluye el mayor caudal del dinero de la corrupción, podría percibir la diferencia entre el gobierno de uno u otro partido. El orteguismo, como concepto, además de representar al partido en el gobierno, engloba al conjunto de agrupaciones políticas electoreras, e incluye sus discrepancias inter burocráticas (que no tienen carácter ideológico, sino, de mercenarios reacomodos en las sillas de poder).

El orteguismo, pese a su estridencia y mal gusto, es la creatura predilecta del Fondo Monetario Internacional y de los capitales especulativos internacionales.

Al reelegirse en contra de la Constitución, Ortega toma una posición semejante a la de Somoza. De modo, que la población (a menudo, desde sus propias filas) le grita con sorna –en doble sentido- el slogan de Somoza: ¡Ortega for ever!

Las elecciones actuales –dada la semejanza del orteguismo con el somocismo en el inconsciente colectivo-  no guardan ninguna credibilidad. Ni dejan margen para que los partidos que participan en la contienda, tengan, a su vez, credibilidad dentro de este proceso. El suicidio histórico de estos partidos acontece cuando no están a la altura de las circunstancias, y no son capaces de encabezar un proceso político de resistencia frente al orteguismo, que paralice al país con desobediencia civil, e impulsen la necesidad apremiante de las masas de cambios sociales profundos.

Los intereses políticos de estos partidos, que siguen los dictados del gran capital, les han llevado a ponerse la chaqueta del orteguismo en plena plaza roja y negra, ya que ninguno de ellos podía identificarse con los sectores descamisados. Sus propios discursos (que denuncian la ilegalidad del proceso electoral) los revelan, en la práctica, como inconsecuentes.

El sandinismo pequeño burgués ha degenerado en orteguismo. El pensamiento orteguista carece de una teoría que metodológicamente interprete la realidad; carece de un programa con contenido de clase que resuelva los problemas sociales, políticos y económicos de la nación, con transformaciones del sistema de producción (que se fundamente en alianzas sociales de los sectores explotados); carece de consignas de movilización independiente de los sectores de masas. A cambio, ha elaborado una cursilería política que se corresponde con la simplificación y la desprofesionalización de las instituciones del Estado. La sociedad carece de planificación; la improvisación errática, por tanto, se manifiesta a todos los niveles. El absolutismo principesco le da un aire feudal a la nación, donde predomina la subordinación burocrática, palaciega, en el lugar de la capacidad intelectual y el conocimiento.

La bizarría política de la nueva oligarquía en el poder proclama que el reformismo es revolución; el cristianismo es socialismo y la cursilería, consignas de movilización. Como país atrasado, con una experiencia cultural limitada, nuestro nivel artístico se presenta, sin crítica, con una calidad cursi que falsifica los valores estéticos universales. Hasta ahora, sin consecuencias, y sin relevancia alguna en el ámbito cultural.

La jefa del orteguismo escribe diariamente, a manos llenas, por más de cuarenta años, versos insignificantes, manifiestamente cursis.

Ojos que no ven corazón que no siente, dicen, y hablan más de la cuenta porque siempre el ojo bebe más que el labio, y bucea en la oscuridad como pez que mueve todo su cuerpo buscando ojos en el camino, ojos en el paso, en el cruce, en la encrucijada, como timón puesto de mando rueda que rueda, ojos que surcan todos los horizontes escudriñando señales, ¡ya sabés!

El orteguismo ha significado que la cursilería pase de la poesía trivial a la toma del poder político, y lo contamine con una subcultura de reyezuelos infantiles. En el tránsito de burocracia a oligarquía, lo cursi, propio del sector femenino de la clase media alta del país, desea sonar grandilocuente para sí misma. No percibe que resulta incapaz de construir, con los elementos conceptuales que dispone, una ideología que reafirme el sistema económico y social sobre el cual descansa su poder.

La jefa del orteguismo maneja un argot consabidamente cursi, para toda ocasión, sobre el amor, el presente y el futuro, el cristianismo, el protagonismo, el bien común, las victorias, el bienestar, el progreso, la dignidad, el poder popular, la solidaridad, el socialismo, el empoderamiento ciudadano, la madre tierra… Sin ideología, sin un análisis de la realidad.

¿Qué es el Socialismo, sino el Bien Común? Estamos entrando el año próximo, al Año de la Unidad por el Bien Común, pues celebrarnos como generadores del Bien Común, como promotores del Bien Común, como seres creadores de Amor, generadores de Amor, y que logremos que Nicaragua avance cada día más desde el Bien Común, desde el interés, desde el espíritu y desde la voluntad y el compromiso de desarrollarnos todos a partir del Bien Común en el ideal Cristiano, el ideal Socialista y en el compromiso Solidario.

He aquí un manual completo de cursilería, con el que los ministros y funcionarios (con un perfil muy bajo, para no despertar celos en la cúpula) podrían improvisar declaraciones acertadas en cualquier campo.

En esta perspectiva, no va un proceso electoral en noviembre próximo, sino, una parodia de la democracia formal. Sin que se pueda evitar, para bien o para mal, es una puesta en escena fallida, como una obra de teatro cursi, en la que el personaje central se engaña creyendo que representa el papel principal, mientras, con los valores adecuados de los trabajadores, no es más que una comparsa ridícula, avariciosa, triste, casi una pieza de utilería de la época somocista.