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El lenguaje, como afirma Charles Bally, trata de reflejar fielmente las dos caras inseparablemente unidas de la vida real: lo objetivo y lo subjetivo. Un hecho objetivo --las excitaciones sensoriales, por ejemplo-- se traduce en impresiones y juicios de valor, los que nunca son productos enteramente intelectuales, porque siempre están matizados de afectividad. “Contralsuelo” (persona de baja estatura), “zampalimones” (mentiroso), “tiriciento” (malhumorado), “chincoto” (tunco), “compañeros” (testículos)... son simples palabras que, pronunciadas en un contexto determinado, se cargan inevitablemente de valores expresivos. Piénse por ejemplo en “cuchara panda”, el nombre de un tipo de baile en las procesiones religiosas en El Viejo (Chinandega): “Con música de filarmónicos, grupos culturales, pegada de “motetes”, abundante comida, refrescos y el baile de la “cuchara panda”, cientos de viejanos celebran durante el corriente mes las tradicionales fiestas patronales dedicadas a San Roque. (END/13/08/07)

La afirmación o la negación de un hecho, por muy objetiva que nos parezca, siempre estará pensada, sentida y expresada con cierto grado de subjetividad, pues aunque la palabra o la frase aparenten inexpresividad, los mismos recursos del habla --la entonación y la mímica-- mostrarán de alguna manera la afectividad del pensamiento. Es el caso de expresiones como: “con olor a guácimo” (con aliento de licor), “estar tijereteando” (chismear), “tener amarrado el negocio” (tener un amor clandestino), “pegar el churretazo” (expeler violentamente residuos fecales líquidos), “no creer en vírgenes que sudan” (no dar crédito a lo que se afirma sin pruebas), “darse una despapayada” (sacar las uñas), “no haber grupera que le quede” (nada le complace), “cerrárcele el chiquito” (sentir miedo), “moverse como si tuviera pajuelillas en el fundillo” (estar muy inquieto).

La expresión “¡dejate estar, puñetero!”, no hace referencia meramente a un determinado grado de enojo por la necedad, sino a nuestra propia actitud frente al desagrado que nos produce: “Además de guatuseros y vividores, ahora son vulgares puñeteros, en todos los sentidos de la palabra”. (LP/30/05/04). O esta otra: “¡Está como pipiancito tierno!”, que no alude simplemente a la muchacha rebosante de belleza y juventud, sino a un escondido deseo lúbrico. Y esta: “¡Le cuchumbea!”, que expresa la reacción del hablante ante un hecho muy difícil. Y la burla por la equivocación o falla de otro expresada en: “¡Lerolero!”, y dos más: “!Qué de a pichinga!”, que es como decir: “¡Qué de a verga!” Expresiones que tienen una fuerza afectiva imposible de encontrar en su equivalente en el español general: ¡Qué inútil y frustrante! En la realización de esa doble función, nos dice el gran discípulo de Saussure, es como el lenguaje llega a ser expresivo.

¡Rempujame, pendejo!, no es una simple interjección: ahí va toda la fuerza expresiva del reto que lanza el hablante, encendido por la ira y la determinación del enfrentamiento.

¡Chócala! -–por el contrario-- es el acercamiento de manos y de corazón para compartir la alegría y el afecto. Por eso dice Vicente García de Diego en sus Lecciones de lingüística española que el amor y la estimación, el rendimiento y la cortesía, el odio y el desprecio, el miedo y el pudor, tienen su vocabulario aparte. Por estimación se le dice fosforito a una persona y no violento o irascible; en vez de recurrir a una expresión más fuerte para denotar asombro, se exclama: ¡A la gran púchica!; por desprecio se dice comecura a quien acostumbra hablar mal de los sacerdotes; quien cae en una debilidad suelta la perra; poseer el hombre a una mujer es hacerle el mandado, y es más cortés decirle a alguien guayolero en lugar de mentiroso. Fíjese: una prostituta es una camaronera, y cuando sale a las calles no atrae los clientes sino que busca un camaroncito.

Y Delacroix, citado por García de Diego, agrega: “La afectividad interviene en la elección de palabras y en la estructura de la frase. Entre las expresiones elegibles casi siempre decide la preferencia un complejo afectivo”. Un hombre no siente comezón, sino jincazón; no vomita, sino que echa el perro; no engaña, sino que hace la cucamona; no tiene un perro flaco, sino un come-cuando-hay; no anda sin dinero, sino arráncame la vida; no es tacaño, sino limosnero y con garrote; no es parlanchín, sino una chachalaca; no es dipsómano, sino guarusa; no realiza el coito, sino que da un brinco; no anda a pie, sino a pincel; no corre a toda velocidad, sino a todo mamey; no es testarudo, sino cabeza de molejón; no finge hacer algo, sino que hace la mueca; no tiene valor, sino más güevos que una iguana; no anda ebrio, sino hasta los pretales; no es ruin, sino chingado; y no vive lejos, sino por la chingada grande: “Vengo de la chingada grande”. (LP/09/05/04, revista Magazine, Tatiana Rotshchuh Andino: “Dime cómo hablas…)

Uno de los rasgos de la expresividad es la tendencia del lenguaje a servir a la acción con un marcado carácter enfático. Por eso, el nica usa bluyines luyidos, es la mera riata, es pata de perro, sale en barajustada, se pone hasta la samagolleta, llega de madrugada hasta los queques, le juega la comida a la comadre, le da vuelta con las cuentas al vecino, se pone hasta el cereguete, no hace ni juco, para las patas, y no se muere sino hasta que está en la raya: “Y si estás en la raya mijita, estás en la raya, ni que te preparés te vas a salvar”. (END/ 28/03/2010).

Cuando una persona tiene acceso carnal con otra en contra de su voluntad o cuando se halla privada de sentido o discernimiento se habla de violación, un acto de barbarie que menoscaba la dignidad humana y atenta contra el derecho de libertad sexual. Un grave delito castigado severamente – en la mayoría de los casos con la muerte- en todas las épocas y culturas. En la edad antigua, entre los hebreos, el violador sufría la pena de muerte y en el antiguo Egipto la pena de ser castrado. Los indicios más antiguos se remontan al Código de Hammurabi (1760 a. C.), una codificación de leyes basa en la conocida Ley del Talión. En la edad media se empleaba una expresión eufemística para referirse al violador: “la conoció por la fuerza”. En Nicaragua se usa un término de naturaleza popular y despectiva: “moclín” y para vergüenza de nuestra justicia no siempre ha sido castigado como merece: “El moclín le estaba bufaleando (arrancando con violencia) el bembelín (calzón) a la chatelita”. Carlos Mejía Godoy (El Nuevo Amanecer Cultural, 15/09/07)

Es ésta, pues, una manera de decir las cosas matizando de afectividad las palabras y expresiones que surgen en forma espontánea. Bally concluye: “El hombre que habla espontáneamente y actúa por medio del lenguaje, aun en las circunstancias más triviales, hace de la lengua un uso personal y la recrea constantemente”.

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