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La niña y yo habíamos estado jugando durante buena parte de la tarde. Ella tenía tres años. Llegó un momento en que nos sentimos cansados, quizá un poco aburridos de distraernos juntos. No teníamos más risas ni más fuerzas para dedicarnos por ese día. Yo había dejado un libro abierto boca abajo sobre el sofá, y ella una casita a medio construir con las piezas desparramadas por el suelo y una hoja trazada por líneas de todos los colores y sin orden. Me senté a leer a su lado. Afuera llovía mucho. La mamá de la niña me la había encomendado y yo leía con un ojo pendiente de ella. Pero sólo vigilaba que estuviese bien sin prestarle demasiada atención mientras jugaba sola. Entonces ocurrió algo.

Nada especial a primera vista, pero a segunda vista, ahora lo recuerdo, sé que me quedé contemplándola unos segundos, mientras descansaba de la lectura. La niña jugaba de rodillas, ya no con la casita sino con cada trazo de la línea del papel. Me pareció entender que para ella aquel caos colorido se había convertido en un cruce de caminos hacia lugares no muy precisos por los que transitaban personajes que ella estaba inventando a medida que dibujaba puntitos sobre las líneas y se contaba a sí misma, en voz baja, sus historias. Me pareció que estaba bien así, que era feliz porque no le tenía miedo al silencio ni a sentirse un poco sola, y que incluso sacase partido de mi compañía silenciosa para activar la imaginación que ordenaba en ficciones aquellos  trazos sobre el papel.

No es que opine que sea bueno que los niños estén solos siempre. Esperen un poco, no más, a que les cuente lo que pasó después.

Tranquilos estábamos la niña y yo cuando por fin apareció su mamá. Al principio, el silencio que reinaba en la casa la desconcertó. ¿Estaría la niña dormida? Luego, le preocupó de veras, ¿le habría pasado algo? Y cuando nos vio a los dos, acompañándonos pero en nuestros juegos solitarios, se enfadó. Más bien, me trató por no estar distrayendo y jugando con ella todo el tiempo, por no hacerle reír. Hubiera sido inútil explicarle que esa parte ya la habíamos pasado antes, y que la niña parecía disfrutar y sacar partido de ese rato de silencio. Si se fijaba bien, estaba inventando un cuento con líneas de colores. La mamá me siguió tratando igual porque, según ella, había dejado que la niña se aburriese. Mi palabra no sirvió de nada. Una niña jugando sola le parecía un peligro.

Se nos ha enseñado a pensar que la soledad no le hace bien a nadie, mucho menos a los niños, claro. Y a los niños precisamente, les vivimos preguntando “qué quieren ser de mayores”, refiriéndonos a una profesión que conozcamos. Aparentamos que nos importa su desarrollo personal, que busque su lugar, que trata de ser feliz, algo que muy difícilmente se aprende sin vivirlo primero en soledad. Y al mismo tiempo, no sé si será por una educación tradicionalista, o por una cultura gregaria que premia la uniformidad, o por la visión exclusivista y atávica de los lazos familiares, desde jóvenes nos enseñan que la máxima aspiración de una persona es no estar solo, unirse; y se nos llena la cabeza de idealizaciones como la de encontrar “la media naranja”, o la de hallar una causa común en busca de dotar de sentido a la vida. Y si la vida no es que como imaginamos, entonces se convierte en un dolor que nos creemos más soportable si pensamos que nuestro sufrimiento tiene eco y fruto en otra persona que tengamos cerca: una mujer, un hijo, un esposo, una madre, que al final terminará sufriendo lo mismo por nosotros o por otro, y la historia vuelve a empezar. Solemos pobretear al que vemos sólo: “Pobrecito, está solito”.

Y es curioso, porque si el ser humano es una animal social, al mismo tiempo, hay algo en la sustancia de todos nosotros: la mayoría de las emociones, los sentimientos, las ideas, los impulsos y todo lo que nos mueve se digiere en la soledad. Somos solos o no somos.

Le tenemos pavor a la soledad como si no fuera nuestra. Y se puede convertir en la sensación, el estado o la circunstancia más frecuente en nuestro tiempo de vida y de la que no podremos huir. Pero es la soledad donde uno se hace a sí mismo, donde se contempla y se rehace, donde se propone y se dispone, donde se perdona, donde se vuelve a querer. Si uno teme a la soledad es porque se teme a sí mismo. Cómo podemos cuidar de nosotros o de alguien más si nos tenemos tanto miedo.

Es posible que el problema no sea la soledad sino qué hacer con ella. Cuando he tenido más miedo a esa soledad, que podría ser luminosa, es cuando he hecho lo que menos me convenía. Es entonces cuando se toman las peores decisiones para tratar de sacarnos de nuestro mayor fracaso: aburrirnos de nosotros mismos. Es por miedo a esa soledad la música alta, la televisión aún más alta, y el Facebook a todas horas. En cuántas parejas no hay una víctima de la violencia física o psicológica que prefiere la herida, el golpe constante, a quedarse solo o sola. El viejo dicho de “mejor solo que mal acompañado” se aplica por despecho, pero nadie parece creérselo realmente.

Ahora lamento no haber escuchado, cuando era pequeño, a alguien aconsejándome que  se podía disfrutar la soledad porque, en ella, se está acompañando a la persona que más se quiere, o se debe querer: uno mismo. La Educación para la Soledad (como necesidad y derecho) no existe en nuestros modelos educativos. Yo creo que hay que volver a abrazar soledades puras, inofensivas, garantizar sus espacios, defenderlos, para encontrarnos nosotros solos y ver qué hacer. En ese temblor, en ese aprendizaje, en su aparente incomodidad sin importancia, creo que reside uno de los secretos que conducen al mayor de los éxitos durante los años de vida. Yo le he tenido tanto miedo que no sabía lo mucho que la necesitaba y la quería, a medida que me perdía de mi mismo.

Aquella tarde, la niña y yo nos acompañábamos y estábamos solos al mismo tiempo,  pero creo que fuimos felices en aquella soledad preciosa y libre donde se inventaba un mundo que no era oscuro ni helado, sino trazado por líneas de colores que contaban pequeñas historias.

sanchomas@gmail.com