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Uno se cansa de oír a los hablantes del miedo y  les queda viendo a los ojos, y parece que el mundo (el de ellos) se les va a morir de la risa o de gula, en la mesa que insultan todos los días de su esplendoroso suplicio, pero ellos, no lo saben, se hacen los ignorantes y siguen comiendo, además de ser ignorantes y prejuiciosos.

Ellos, los que temen y argumentan que viven libres, son los prisioneros de la pomposidad más barata y despreciable. A mí, ellos, no me importan. Están atrapados por sus ruidos. Les ofende el dolor de la gente. Quieren ser protagonistas.  Les ensucia la piel, el aire. No gritan por no dañar sus pulmones asediados por sus propias quejas. Se enredan en sus laberintos y le echan la culpa a sus enemistades.

Ando en busca de la ciudad a la que se le perdió su voz, me dijo mi tío envolviendo apresuradamente unos papeles viejos, seguramente de tanto esgrimir lágrimas con él, en los parques de los pueblitos, en las aceras de las casas que danzan de blanco en blanco en la penumbra.

La voz de la ciudad es como una orquesta con estilo de lluvia y noche estrellada, en los ojos del primer ciudadano, que aspira a vivir bajo el amparo de la dignidad que produce una luna nueva y bella, en el potrero del valle de Sébaco.

Este es un asunto de repetir con las manos íngrimas por tanto frío, que la ciudad se le ha perdido su voz, en la taberna cerrada de la calle ausente, asegura un parroquiano mejicano que golpea la mesa donde espero por un tequila en avanzada madrugada, y la voz no aparece sin disfraz ni máscara.

Yo soy la voz de un maquillaje barato que deambula por la ciudad (que desconozco cuando se pone angosta por la crisis) y no me interesa que haya perdido su voz, señala con su voz de puta resentida, la mujer que está a mi lado engullendo un pedazo de carne, que no es carne, pero que derrocha pestilencia por todas partes.

Esta mañana, la voz de la ciudad está lastimada por la duda. ¿A quién se le ocurrió huir  con su voz en plena luz del día? Una rosa marchita estalla en la puerta y el silencio está ausente.

Me avisan que la ciudad con su voz rota pero clara, avanza sobre los espacios más difíciles de las preguntas que arden de impaciencia, al ser tocadas por el amanecer incierto de los poblados más remotos. Es, su historia y sus contradicciones. Es, su pequeña orilla, que gasta los caminos. La confusión que estremece sus fronteras, no tiene hogar seguro ni campamento alternativo.

El problema no es su voz, remata el zapatero. Es lo que no podemos oír, ni recibir para ayudarnos a pensar. Necesitamos pensar, dijo el barbero observando las huellas que dejó la ciudad los días anteriores. Su voz, la necesito en mi barbería, es mi polémico acompañante, precisó.

No hay pistas sobre la voz perdida de la ciudad. No existen concesiones para encontrarla.  No hay sueltos en las calles donde hablan de la procedencia de su voz con todos los sentidos. La ciudad está desesperada. Tal vez, ignora que está enferma por tanta basura cargada sobre sus débiles hombros estrechos. ¿Cómo justificar que está atascada? ¿Nuestra voz también se atasca?

Sin duda, que la voz de la ciudad es entrañable. Otros, dicen que es discutible cualquier ponderación para conformar adjetivaciones. La duda es, el mejor acierto. ¿Importa ser piadoso? La rutina cansa. La vergüenza aflora en las gargantas del vecindario. ¿Se puede ser más infeliz?

Hay voces que señalan que la ciudad aún no es consciente de lo que verdaderamente es. Pero tiene dolor su conciencia. Aunque se haya perdido la voz de la ciudad, en cada esquina se repite su réplica.

Con tanta indecisión no es aceptable ser impotente. Cruda es la virtud que nos aqueja. Duele en los hombros, que la voz de la ciudad busque piedad en la comunidad que no alivia sus penas. También la ciudad es un reproche, que pocas veces entendemos.

Si no buscamos alternativas para encontrar la voz de la ciudad todos somos parte del engaño. Todos somos un poco de la “diversión” que se lava las manos de hipocresía. Con la piedad debemos sostener una larga charla en colectivo. Nos abruma pensarlo, aunque sea un contrasentido. La ciudad no quiere culpables, no los busca. La ciudad ha aprendido a quererse, y nosotros, no queremos darnos cuenta. Somos como los extraños, que teniendo imaginación desbordante preferirnos ubicarnos en la inercia exageradamente inconsecuente y dañina.

La voz de la ciudad reclama no tirar de la soga. Se impone una vida creadora. Tampoco esperar que las circunstancias profundicen el abismo. ¿Qué difícil ser sereno y más exigente ser ecuánime? Aún existen algunos que no se angustian frente a las certezas.

Prefieren desligarse del camino y refugiarse en sus obcecadas convicciones.

Somos una trampa de nuestras palabras. Un lado oscuro de nuestras inseguridades. ¿Porqué escondernos en la espontánea sugerencia de los fracasos?  Si todo está bien aburre. Aunque se diga lo contrario.