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Sin guerreros no hay guerra. El viejo arte de la guerra se asoma al abismo cuando uno de los dos bandos combate sin soldados y, por tanto, sin riesgo para las vidas de sus combatientes. Eso es lo que está en trance de ocurrir en virtud de la tecnología. Las guerras asimétricas, surgidas tras la guerra fría, evolucionan hacia el desequilibrio absoluto entre un poder letal omnipresente y omnisciente y los Estados gamberros, grupos terroristas, mafias o pandillas de delincuentes.

Esta guerra que ya no es tal es la respuesta a la asimetría en su aspecto más elemental, como son los IED (Improvised Explosive Devices), nombre que se da a las bombas-trampa tendidas por las guerrillas iraquíes y afganas al paso de las patrullas extranjeras. Peter W. Singer, un gran experto en guerra tecnológica, lo cuenta en su libro Wired for War, donde recoge esta opinión sobre la experiencia de Irak: “El robot es la respuesta a la bomba suicida”.

Pero el resultado final, una panoplia de máquinas que sustituyen al soldado y permiten actuar a distancia, conduce a la restauración de la disuasión que las guerras asimétricas erosionaron. Recordemos las experiencias de Israel en Gaza y Líbano, donde la victoria del más poderoso se reveló imposible y el más débil consiguió el éxito político que significa neutralizar la capacidad disuasiva del más fuerte.

El robot protagonista de este tipo de guerra, por su carácter emblemático, pero también por su función, es el dron, el avión no tripulado que capta imágenes, marca objetivos con láser, lanza misiles o en el futuro atacará a individuos concretos con medios letales personalizados. La guerra novísima funciona gracias a la red digital que permite recolectar y procesar en tiempo real informaciones e imágenes y al uso de robots terrestres, marinos y aéreos. Los dos primeros son esenciales para la desactivación de explosivos y tareas de apoyo a las tropas convencionales. Pero los drones son únicos en su alcance y capacidad letal.
Como en toda tecnología, hay una cara luminosa que no cabe sustraer a la reflexión. Las redes y los robots son instrumentos civiles de gran valor en catástrofes, incendios y accidentes, ordenación y regulación de tráfico y navegación o vigilancia de fronteras y actuaciones policiales perfectamente legales.

Pero en ninguno de estos usos producirán cambios como los que ya se están notando en los escenarios bélicos. La metamorfosis de las guerras conduce a la desaparición de la ocupación convencional del territorio y su sustitución por la acción de los drones a partir de los datos obtenidos por agentes secretos o por la colaboración de grupos guerrilleros o ejércitos nacionales amigos, sin necesidad de desembarcar soldados propios sobre el terreno.

La novísima guerra no necesita ser declarada. Y si no empieza, tampoco termina. Ni siquiera debe estar en manos de los ejércitos; basta con que se hagan cargo los servicios secretos. Quienes dirigen y preparan las máquinas ya no son militares en sentido estricto. Tampoco quienes dan las órdenes, que en buena lógica debieran ser políticos con autorización legal para hacerlo. Plantean en todo caso enormes problemas políticos, morales y legales, sobre todo respecto a la legislación internacional.

El mercado de los drones ha dado pie a una nueva carrera de armamento, en la que contar con capacidad para fabricar y comercializar es parte de la exhibición de poder de una superpotencia. Estados Unidos está largamente en cabeza; con Israel, pionera en los asesinatos selectivos y en tecnología, en segundo lugar.

China va lanzada y no quiere perder comba. Tampoco Rusia o India. También entrarán en acción corporaciones privadas: estas tecnologías son terreno propicio a las subcontratas. La proliferación de esta tecnología plantea nuevos problemas de seguridad de alcance insospechado. Aunque no estemos en guerra, el uso de estos robots puede desarrollar una violencia infinita.

Con Bush llegó la guerra preventiva, unilateral y sin cobertura internacional, la legalización de la tortura y la monstruosidad de Guantánamo. Obama quiere emplear los ejércitos para guerras legítimas, decididas multilateralmente y con cobertura de Naciones Unidas, ha prohibido la tortura y, aunque todavía no haya podido cerrar Guantánamo quiere hacerlo, entregando los sospechosos a la justicia. Uno empezó dos guerras y el otro las termina, pero mantiene e incrementa esa guerra mucho más eficaz, que no es tal ni tiene nombre, y cuyo peso recae casi entero en la CIA: en Pakistán, Afganistán, Irak y Yemen, y últimamente Somalia y Libia. Así es como el arte de la guerra se va convirtiendo en el arte del asesinato. Selectivo, por supuesto.