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A Gustavo Peñalba


A propósito de marchas y contramarchas callejeras o de cibernautas, ha quedado en evidencia una vez más la falta de cohesión en los grupos cívicos, incapaces de incidir  en la activación de los detonantes de presión social que arremetan contra los abusos de un orteguismo militarizado y policiaco en una segunda fase.

Generalmente, estas marchas son coordinadas por una envejecida juventud rumiante del discursillo gastado de la gerontocracia, que ha reelaborado bajo las tapas de Zepol un juego mecánico donde aguarda el inminente fracaso.

Estos organizadores se hacen y deshacen en tiempo record, con irreflexivas denuncias incapaces de articular un nuevo discurso que nos desate de nuestro manicomio social, por el contrario, aportan a enloquecerlo más, disfrazando sus precarias propuestas bajo rimbombantes nombres que como circos de ferias nos indican que el carnaval ha abierto sus puertas:

¡Por el pueblo! ¡Por el estado de derecho! ¡Por Nicaragua! ¡Por la defensa de la democracia! ¡POR...! Todo este palabrerío desarticulado son las noticias amarillas de todos los días en algunos medios de comunicación irresponsables.  
Aclaro, no tengo nada en contra de las marchas, pero sí de la ausencia de fundamentos y efectos positivos de las mismas en nuestra sociedad. ¿Somos proclives al contagio..? Medianamente.  

Entonces, no nos extrañemos ante una generación perdida o apática, empecemos a reflexionar sobre nuestros repetidos fracasos carentes de liderazgos, de vacíos ideológicos y de huellas que conducen hacia el abismo.

¿Y los partidos de oposición? Cumplen su papel protagónico en esta farsa social a costa del sacrificio de una juventud manipulada, manoseada y despreciada por ellos mismos, que instrumentalizan y deforman a su gusto y antojo.

Los hilos del juego quedan al descubierto, pero por una extraña razón la juventud queda reducida a una polarización marcada, mientras los políticos anuncian desde altos megáfonos que las cartas han sido lanzadas, movidas e intercambiadas de acuerdo con las variables circunstanciales. Revisemos la ubicación de todos estos “líderes” y sus “aliados” en la campaña electoral del año 2006, entonces nos quedará clara la función de los partidos políticos en Nicaragua.

Mientras tanto, una juventud residual aprende a gatear en el arte de la rufianería política para hacerse notar ante su padrino; la otra, autoexcluida y víctima del desencanto cae en un pragmatismo resignado que, ansiosa de ser partícipe sobresaliente de una sociedad, termina  incorporada en las redes sociales del ciberespacio: Facebook, Twitter,  Messenger y salones de chats, que distorsionan más su difusa realidad.  

¿De esa ambivalencia creemos que saldrán los líderes del “mañana”? Acaso, ¿es posible  cambiar nuestra sociedad a través de fórmulas mágicas, arrojándonos una generación espontánea? Si por la víspera se saca el día, no habrá que sacar mañana.

La historia nos ha aleccionado que las generaciones, promotoras de cambios sociales, no han surgido de la nada, sino de una meditada y calculada búsqueda de soluciones reprogramadas.

Sólo así no remacharemos marchas que explotan como triquitraques, ni organizaciones desorganizadas, ni un nuevo comité de marcha de empelotados, que dejen al descubierto un destino compartido con las otras marchas congestionadas de putas, de chivos y de un sonámbulo orteguismo.

No se trata entonces de consignas, retahíla de palabras o mantas; se trata de una reevaluación cultural e histórica exhaustiva que nos permita discernir  sobre los conflictos no superados, mediante la comprensión de los signos culturales manipulados por las elites en Nicaragua, haciendo uso de los mismos como integradores sociales, pero con una finalidad contracultural que rompa con el decadente sistema de “valores” de nuestra sociedad.

*Poeta, narrador, ensayista y abogado.