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Hace unos días tuve la oportunidad de visitar la Puerta del Sol, en Madrid. Ahí encontré a algunos de los “indignados” del Movimiento 15 de Mayo (15-M). Ciudadanas y ciudadanos españoles que durante semanas se aferraban por miles a esta plaza, llamando, desde la indignación, a la protesta pública y pacífica en contra de la dictadura de los mercados, su economía deshumanizante y sus enormes déficits democráticos.

Unos días después, tuve la oportunidad de leer el libro ¡Indignaos!, de Stéphane Hessel, único sobreviviente del equipo redactor de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) e inspiración ideológica para miles de indignados e indignadas en España. La crítica al sistema capitalista y la perversión de la democracia y los políticos es un certero hilo conductor entre el llamamiento del libro de Hessel y las pancartas de los indignados.

Hessel –desde su experiencia en la Resistencia francesa que luchó contra la invasión nazi- nos muestra con transparente sencillez que debemos indignarnos ante la constatación de que “el poder del dinero, tan combatido por la Resistencia, nunca había sido tan grande, insolente, egoísta con todos, desde sus propios siervos hasta las más altas esferas del Estado. Los bancos, privatizados, se preocupan en primer lugar de sus dividendos y de los altísimos sueldos de sus dirigentes, pero no del interés general. Nunca había sido tan importante la distancia entre los más pobres y los más ricos, ni tan alentada la competitividad y la carrera por el dinero”. La dictadura de los mercados, la injusticia, la miseria y el autoritarismo son razones suficientes para llamar a comprometer nuestras conciencias desde la indignación contra el poder.

Los indignados lo decían en sus pancartas: “democracia real ya, no somos mercancía en manos de políticos y banqueros”. Lo dicen hoy en facebook: “nosotros los desempleados, los mal remunerados, los subcontratados, los precarios, los jóvenes… queremos un cambio y un futuro digno. Estamos hartos de reformas antisociales, de que nos dejen en el paro, de que los bancos que han provocado la crisis nos suban las hipotecas o se queden con nuestras viviendas, de que nos impongan leyes que limitan nuestra libertad en beneficio de los poderosos.

Acusamos a los poderes políticos y económicos de nuestra precaria situación y exigimos un cambio de rumbo”. Tomar la calle es el llamamiento al poder de la indignación.

Este es el poder de la indignación o de la indignación contra el poder. Ser capaces de asumir en nuestros propios cuerpos el compromiso de indignarse y movilizarse en contra de este mundo de cosas insoportables que nos rodean. Como en España, también en Nicaragua hay muchas indignadas e indignados deseosos de emanciparnos de todas las amenazas que el autoritarismo nos impone. Con distintos nombres, caras, mensajes y acciones van tomándose las calles aquellos -que como Hessel- todavía sienten que la esperanza es la concepción del porvenir.

monicalopezbaltodano@gmail.com