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“La guerra es un atentado contra el género humano”
Plinio el Joven

Gardel, el Zorzal Criollo, el Morocho del Abasto (como le apodaban por cantar en sus orígenes en los bares y cafés, frecuentados por malevos, de los alrededores del mercado de frutas de Abasto, donde se hablaba el lunfardo), murió luego de una gira fatal, en 1935, en un accidente aéreo en Colombia, por el choque de dos aviones a punto de despegar de la pista. Cabral cuenta que le preguntó a su abuela (en el momento que ésta le comentaba la vida del mejor intérprete de tangos): “¿Qué sentiste ante la muerte de Gardel, abuela? A lo que ella le contestó: “¡Caramba, ahora sí que somos pobres de verdad!”.

Hay muertes que nos aprietan el alma a todos al mismo tiempo, y notamos que algo del ser humano se nos empequeñece en el espirito. Cabral creía –con razón- que con su canto nos regresaba un poco de lo mejor del género humano. El cantautor recoge las esperanzas del pueblo, como nos decía Cabral, a paso lento, con su acento firme de estilo coloquial: “No importa quién sea el autor! Mientras el pueblo no las cante, las coplas, coplas no son, procura tu que tus coplas vayan al pueblo a parar, que al volcar el corazón en el alma popular lo que se pierde de gloria se gana de eternidad”.

Ahora, que el pueblo de Latinoamérica lo ha hecho suyo, Cabral, también, como Gardel, en adelante cantará cada día mejor.

Facundo Cabral, luego de una gira fatal por Centroamérica, fue asesinado la mañana del sábado, cuando se disponía a partir de Guatemala, rumbo al aeropuerto la Aurora, luego de cantar en un concierto en Nicaragua, el domingo 3 de julio, y en dos presentaciones en Guatemala, el martes 5 y el jueves 7 de julio.

El asesinato de Cabral, por un comando de sicarios que interceptó el automóvil que le llevaba al aeropuerto, y que desde dos camionetas, ubicadas a cada flanco, le acribilló a tiros, no tiene ninguna explicación. Ni siquiera por motivos ideológicos. Las ejecuciones del crimen organizado resultan desbordantes, seguramente rebasan su cometido y, al igual que en las guerras, muere un alto porcentaje de civiles como efecto colateral. En las guerras modernas, el 60 % de las bajas corresponden a civiles, no combatientes. La muerte de Cabral nos salpica a todos, como baja colateral de una sociedad enferma, irracional, en la que el crimen organizado adquiere sentido económico internacional. El sicariato es un fenómeno natural del poder jerárquico que sólo obtiene lealtades por medio de expresiones extremas de crueldad.

Quien busca el poder –pensaba Cabral- es un fracasado, incapaz de sentirse bien consigo mismo. Los pendejos son peligrosos –decía-, pues, al ser mayoría eligen hasta al presidente. Es una locura pensar que los votantes van a tener el poder. La democracia es un curioso abuso de la estadística.

Para Cabral, que anunciaba con orgullo que no le tenía miedo ni a la pinche muerte, porque el mayor dictador es el miedo, morir bajo una lluvia de balazos era como bajar del escenario con una ovación, en una sociedad nihilista.

Facundo Cabral repetía el pensamiento de Nietzsche (ciudadano del mundo como él) del amor al destino, para sobrellevar los eventos, el dolor y la alegría, una repetición de emociones y sentimientos, como una posibilidad abierta al hombre de superar sus pensamientos inacabados. En Managua, antes de partir, diría, a propósito del cáncer terminal que le aquejaba, estoy listo para morir. Nada puede quitarme la dicha de vivir. Es más, la muerte no hace más que darle más valor a cada circunstancia. La gente no me dice que bien que canto, me abraza y me dice gracias porque estás lleno de vida.

Yo soy socialista. Facundo Cabral era anarquista. Desentonado como soy, canto de tanto en tanto, y en la soledad de mi estudio me permito un rato de anarquismo (imaginando la sociedad libre, de las generaciones futuras). Las muchachas que oyen tras la ventana la progresión de mis acordes vocales, que atropellan la melodía musical, me gritan que estoy enamorado, y ríen con malicia porque imaginan que el canto desentonado obedece a una orden militar de las hormonas; y, en cambio, fuera del campo de batalla, no es más que el lenguaje insurreccional de un alma libre que sueña. Sin embargo, la vida no es un frenesí, una ilusión, ni un sueño -como creía Calderón de la Barca-, aunque los sueños, sueños son.

“Yo soy anarquista –declaraba Cabral-, no creo más que en el gobierno de uno mismo. Ser dueño de uno, sin caudillos ni banderas. ¡Fe –imprecaba con fuerza-, señálame el camino de las cumbres, allí quiero vivir conmigo mismo! Gracias a la soledad me conozco. Vamos cruzando por la vida en el tren de la muerte. Nunca voy con los que lloran, y siempre con los que cantan. El que no canta algo esconde, no puede ser una buena persona. Cada cantor, es un soldado menos…”.

Muero contenta, cuenta Cabral que le dijo su madre en el último trance: “Porque cada vez te pareces más a lo que cantas”. Para los socialistas, Cabral es un ciudadano del futuro que vive el presente con un derroche de libertad espiritual en sus canciones, que aún debemos conquistar socialmente. Su muerte nos conmociona a todos, precisamente, por la contradicción dramática, violenta, de una sociedad en bancarrota, de explotadores sin valores humanos, que destruye sin sentido la existencia de un vagabundo, de un caminante del mundo, cuyo color de identidad era buscar la felicidad.

El conocimiento, decía Cabral, es una fortuna de por vida. A pesar de que Cabral argumentaba, con cierto fastidio: “¡Qué lucha de clases!, si no te gusta tu clase social, cámbiate. De ti depende tu vida, tienes a tu disposición cinco continentes, un cerebro, un corazón”.

Su muerte –como enseñanza dolorosa, aplastante- nos aporta una mayor conciencia de la necesidad de transformar la sociedad, que cae a pedazos sobre los ciudadanos indefensos, por las reglas inhumanas del mercado (que se extiende, por lógica económica, al consumo de drogas). El crimen organizado es el rostro sin afeites de un Estado en crisis, que repite en esencia las leyes de la desigualdad social que, con base a la propiedad de los medios de producción, causan las crisis actuales.

A este respecto, concluiríamos con la frase de Cabral: “En esta sociedad, hasta la misma injusticia tiene propietario”.

*Ingeniero eléctrico