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Estamos viviendo momentos de grandes turbulencias porque se considera que no hay  alternativa a lo que se hace, no hay otros caminos, no hay otras salidas. “No hay plan  B”… Y nos adentramos progresivamente en la peor estancia: la de lo inexorable, la del  fatalismo. Hay que reducir los déficits, hay que obedecer el dictado de los “mercados”  (por cierto, ¿quién es, en realidad, el “mercado”?). Y hacerlo en plazos perentorios  (¿por qué no se podrían aplazar los tiempos, para permitir una normalización de la economía, de cuya situación, además, no suelen ser responsables los presentes  gobernantes?).
Hay que privatizarlo todo, debilitando todavía más a los Estados (ya se ha demostrado,  ¡con qué heridas sociales!, que no es siempre el mejor camino). Y hay que reducir el  empleo público (¿no habíamos quedado en que hay que crear empleo?).
No importa que se sitúe a algunos Estados –uno entre ellos se ponía como “ejemplo” a  seguir hasta hace bien poco en los centros universitarios- al borde de la revolución. No  importa nada. Los líderes no ven otra cosa que los resultados de las agencias de  calificación ni escuchan otras iniciativas que la de los mercados.
Amin Maalouf nos ha advertido de que “situaciones sin precedentes requieren soluciones sin precedentes”. Pues nada, seguimos obcecados en dar puntualmente – porque si no los mercados nos castigan- respuestas de ayer a planteamientos de hoy.
Los “globalizadores” – economía de mercado, oligarquía plutocrática, deslocalización  productiva, armas, tráficos supranacionales, petróleo… - siguen en sus estertores,  dominando el escenario del poder. Y los planes de una economía de desarrollo global  sostenible basada en el conocimiento; la refundación de unas Naciones Unidas fuertes,  con un Consejo de Seguridad económico y medioambiental…; la re-localización de  muchas producciones; el desarme, sobre todo nuclear y de armas propias de pretéritos  conflictos; la eliminación de los paraísos fiscales y la regulación del tráfico y uso de drogas; energías renovables… se aplazan indefinidamente.
Hace falta un “volantazo”. Algunos líderes mundiales deberían darlo ante el fracaso  estruendoso, la total inoperancia de los G8 y los G20, con conflictos –Libia, Siria,  Yemen…- completamente desbocados….
Si, hemos chocado –sobre todo en Europa- con los restos de un gran iceberg (el del  “gran dominio”) y el Titanic comienza a hundirse, mientras que, como en la historia  real, la orquesta sigue interpretando Fascination con pertinaces y obcecados  bailarines… mientras el naufragio se consuma.
Estamos todavía a tiempo. A condición de que los principios democráticos se impongan, serenamente, firmemente, a los mercados.

*Presidente de la Fundación Cultura de Paz y ex Director General de la Unesco.