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Fui al Teatro Rubén Darío el domingo 19 de junio, por amable invitación de Manuelita  Contreras, Relacionista Pública de la joven agrupación danzaría Nicarahualt. Al final de  un día frenético, tuve el temor de ser vencido por el cansancio y el estrés. Pero,  curiosamente, desde el homenaje a la Virgen de Candelaria, que fue el pórtico del programa-  empecé a percibir la evolución del grupo, que hace un par de años aplaudí por vez primera vez.

El salto cualitativo se hizo notar desde las estampas iniciales, todas ellas creadas por su  director Manuel Briceño. Y aunque nunca he simpatizado con la danza “balletizada”, en la que los pies de los bailarines se levantan de forma un tanto exajerada, empecé a  percibir una dinámica que me llevó de la admiración al asombro.

No se trata solamente de  lucir un  vestuario de lujo, en el que los colores vivos  comulgan con las sonrisas de las bellas muchachas. Desde el principio se perciben las  mil y una horas de ensayos. Me los imagino repitiendo la  propuesta coreográfica, hasta  caer exhaustos de cansancio. Y ahí está el resultado: un espectáculo vistoso y a la vez  vital. Cargado de nicaragüanidad y repleto de sorpresas. Y, la verdad: los pequeños errores (peinetas caídas, pañuelos desgajados y hasta una falda que insistía en  abandonar la cintura) fueron manejados con absoluta picardía y espontaneidad.

En relación a la escenografía, siempre he creído que cuando un espectáculo tiene suficiente “carnita”- no es necesario atiborrar la pantalla con proyecciones que no  aportan mucho,  sobre todo si las tomas no son suficientemente claras y más bien distraen el ojo del espectador.

El efecto del oleaje colectivo en la danza de “La Madrugada” de nuestro inolvidable Erwin Krüger (no Krüguer), resultó genial. Vi la sonrisa de felicidad del admirado  maestro Jorge Isaac Carballo, sentado en la primera fila de platea.
Cuando los  Clarineros del Solar cantaron el precioso “Cañalito”, y los gardelitos del Nicarahualt infantil se desplazaron airosos y gallardos en el proscenio, puedo asegurarles que el  autor de la pícara “Juliana” tenía la piel como lija de carpintería.

Un consejo saludable para los productores y organizadores de este tipo de eventos. Cuando redacten el programa de mano, consulten los datos, preguntando a las personas  que manejan esta información (Willmor López, Irene López, Bayardo Ortiz, etc.). Por ejemplo, “La Palomita Guasiruca” no es de mi autoría, es anónima, es decir folklórica. Y, si quieren poner la fuente de recopilación, magnífico: Fue recogida por el fecundo Edwin Krüger, quien con su famoso trío Monimbó, no solo cantaba su amplia obra, sino que incluía piezas que ya son parte de nuestro patrimonio.
 Y a propósito: ¡Por favor..! A ver si por fin- le hacemos justicia a uno de los grandes cultores de la música popular. Me refiero al maestro Luis Andino, (q.e.p.d.),  a quien  siempre le negamos el crédito de su alegrísimo son santodominguero “Dame Pozol con leche”. Yo era un cipotiyo de 12 años, cuando don Luis, siempre de blanco y corbata negra-llegaba a la vieja Catedral Metropolitana para que el maestro Rafael Amaya le transcribiera sus bellísimos sones de Pascua, que suman más de 50.

Pero, volviendo al gran espectáculo del Ballet Nicarahualt,  qué bonita canción para  cerrar esa noche estupenda: Un Homenaje al Río San Juan. Sin caer en el “chovinismo” obvio y ramplón, su creador  enracima versos ingenuos, con los compases de un corrido  dulcito y, a la vez,  frenético. Qué lástima no poder ver el nombre del autor. Será que es  obra colectiva de “Los Cachurinos.”

Felicidades a Manuelito Briceño por exigirles a los cumiches la misma disciplina que  exhiben los matacanes. El resultado, pese a las pequeñas fallas- es óptimo. Estoy  plenamente seguro de que Nicarahualt seguirá dándonos más sorpresas en el futuro. Así  se hace Patria.
Felicidades.
 
corporito43@yahoo.com

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