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Se han recorrido el barrio a pie, cuadra a cuadra, con una sombrilla para la que nunca hay suficiente sol, y una Biblia forrada de piel. Son mujeres que llaman a las puertas insistentemente, con un folleto de una ilustración que semeja un paraíso, una voz aguda que llama y llama a la señora con un largo bueeeenaaaaas, hasta que les abren la puerta, aunque a veces las corren a gritos. Entran, se sienten, aceptan un vaso de agua y preguntan directamente si alguna vez ha pensado usted en la muerte, en el más allá. Y ahí no más, te proponen un plan de salvación, entre los elegidos. Las preguntas, las grandes preguntas seguirán sin resolver, pero se trata de admitir o no un Dios de los Misterios, un concepto enorme, inabarcable.

No hay que firmar en ninguna parte, sólo ir de entrada al culto, el que luego dirán que es el más verdadero, para luego decir, el verdadero, y por último decir que es el único, y que los demás son desviaciones, más o menos condenables, pero lejos siempre de la única forma de los elegidos.

Muchas de estas corrientes evangélicas y de otras ramas del cristianismo tienen su origen en Estados Unidos. Unas pocas se remontan a intereses particulares algo sospechosos, pero en general, lo cierto es que ahora el origen importa poco, y la realidad es que estas iglesias se han expandido en un sinfín inabarcable de corrientes, con el denominador común de una interpretación bastante al pie de la letra de la Biblia, sin admitir otra fuente sagrada que esa única, y una radicalidad hacia la creencia de un pueblo elegido, esto último muy común también a cualquier iglesia, incluida la católica. Pero la creencia de ser pueblo elegido está más arraigada a las corrientes más radicales del protestantismo europeo que huyó del viejo continente y fundó lo que hoy es Estados Unidos, y a su vez, es una recuperación de costumbres y creencias en las normas de la moral judaica. La creencia del pueblo elegido, el único pueblo elegido.

Uno no podría caer en una crítica fácil de todas las corrientes del cristianismo, ni siquiera de la católica, que mantiene sus propias corrientes y divisiones internas igualmente. El cisma provocado en su origen por el luteranismo provocó lo que nunca hubiera deseado nadie desde el Cristianismo: guerra, muerte, contrarreforma, inquisición, dolor, injusticia y más radicalismos, más elegidos, que dicen ser los elegidos. Está en el principio de las escrituras la condena y la forma de rescate singular del Dios que se explica en ellas.

Pero antes las grandes preguntas, sobre todo las del dolor sin sentido y sin tiempo, ante las grandes preguntas de la culpa, el Dios grandilocuente se nos queda lejos, lejos y a veces demasiado imposible. Lejos de las palabras y las canciones, y hasta de los versículos de la Biblia, un libro, según la fe, inspirado por Dios, pero escrito por hombres para hombres, un libro, por tanto, nunca perfecto ni con perfectas interpretaciones. Esto no estaría mal si no hubiese un empeño de hacer del Libro la suma de todo, y que fuera del todo perfecto, al pie de la letra cierto. Lo que era cercano, volvemos a alejarlo, un empeño intrínseco a nosotros de dejarlo lejos. El niño nace en Belén y muere como un reo, pero se dice que era Hijo de Dios, no uno de nosotros, y mucho menos el hijo de un carpintero. No era el hijo de un hombre que creyó tanto en Dios que pudo llamarse su hijo. Otra vez nos queda lejos.

Así como no es criticable el afán de las iglesias evangélicas, entre algunas de las cuales me consta, que hay sinceros intentos de profundizar en otro Dios que no sea el de las grandilocuencias de otras doctrinas, y que además producen en sus seguidores cambios de vida espectaculares, tampoco puede ser criticado ni catalogado como pecaminosa idolatría, los intentos de otras épocas en acercar un Dios que se pudiera tocar y masticar y hacerse adentro. Sobre todo en el Renacimiento y el Barroco, la imaginería española, con esos cristos retorcidos en el madero buscando la sensación de angustia o de dolor por el ser que muere. Siempre ese afán de hacernos un Dios a imagen y semejanza, que a su vez, según la Biblia, nos hizo también a imagen y semejanza. Y entre imágenes y semejanzas, otras vez menos verdadero.

Pero lo cierto es que lo que nunca ha dejado de existir ha sido el misterio de Dios, que se esconde y se escabulle entre la obviedad, los radicalismos y sucesos sin explicación, y tampoco las preguntas, la valentía de las preguntas. Decía Roa Bastos que el infortunio nos lanza en brazos de la superstición, y la superstición se parece muchas veces a nuestra manera de creer. La pregunta sobre Dios, sobre su existencia, y ya no sobre su existencia, sino sobre su forma de actuar o intervenir en nuestras vidas, nos acompaña siempre. La pregunta, ante una niña que sin tiempo de tener razón desaparece a manos de una vieja crueldad, la pregunta ante la muerte de inocentes sin tiempo, ante la enorme injusticia, ante los que sufren, muchos sin tener derecho a saber por qué, siempre nos acompaña. Y para algunos empieza a veces a no ser suficiente que otra vida los redima, que el dolor de esta vida tenga que tener el sentido de que hay otra vida mejor, no pude tener un significado tan vago, y que dentro de nuestras iglesias se zanja la cuestión diciendo simplemente que eso es el “misterio”. Por no hablar de es Juicio que a manera de fábula se explica como una extraña competencia de fe.

Cuando las veo, a estas mujeres, con esa vehemente creencia de que en sus pasos se lleva a cuestas la salvación de los elegidos, no puedo atreverme a juzgar ni criticar su manera ni su idea de Dios, absolutamente diferente de la que habita en cada uno de nosotros. No puedo juzgar ni criticar ninguna forma de Dios que cada uno establezca, a quien ore o adore, porque ni los primeros padres de la Iglesia, ni San Agustín, ni Escoto, ni las premisas un tanto trucadas de Tomás de Aquino, ni Lutero, ni los presupuestos evangélicos han acertado del todo la forma de llegar a Dios. En lo único que se coincide es en la actuación según el principio de amor. Y el amor, que se viste de palabra grande, grandilocuente, en realidad es un minuto cualquiera de un día, un gesto no visto, una forma de generosidad, una actitud de paz, una concesión, un pensamiento continuo en otro o en otros, una forma de dar lo concedido al nacer o vivir. El olvido del sentimiento de culpa cuando uno no se hace daño ni hace daño. La culpa probablemente es una forma de soledad.

Es el Dios de las pequeñas cosas, como reza el título de una novela india, el Dios que no se puede traducir en interpretaciones literales o parabólicas de la Biblia, el Dios que no está en el culto, a no ser que ese culto diario sea el del cuido cotidiano de nuestros pequeños actos, esa pequeña y gran solidaridad establecida en pactos de camaradería en el infortunio. La forma de ceder el tiempo para lo que sea a quien sea, hermanados en una especie de generosidad sin límites. Eso que nace a veces fuera de la religión, que no se hace porque está en la norma, ese Dios de las pequeñas cosas, que no condena ni exige sino que se ofrece sólo en un acto permanente de amor. Es decir, es esa misma mujer que camina por los barrios con sombrilla y falda larga, al volver a su casa y repartir sin grandilocuencias el Dios de las pequeñas cosas, a lo mejor, muy distinto del que promete en sus trípticos. Se nos puede pasar la vida en el intento de hallar respuestas a las grandes preguntas. Al menos ese Dios de las pequeñas cosas a uno le cabe en el corazón para seguir caminando.

franciscosancho@hotmail.com