•  |
  •  |


Llegó la Semana Santa, tiempo de procesiones, confesiones, penitencias y toda esa parafernalia de ritos y ceremonias que los nicaragüenses vivimos año con año divididos entre la devoción y el paganismo, una mezcla cultural que se nos ha transmitido de generación en generación.

Es la época en que los católicos, enemigos de la ortodoxia religiosa, se debaten entre ir al mar, donde la vida es más sabrosa o asistir a desempolvar los santos de las iglesias y rezar kilométricas oraciones de arrepentimiento mientras una banda de músicos toca música fúnebre y el clima pesado del verano nos corta la respiración. Algunos, los más creyentes y tradicionalistas, asisten a las procesiones, ayunan para purificar su cuerpo, ponen una cara sombría, de dolor por la pasión de Cristo, se alimentan de jocotes dulces, se vuelven vegetarianos, aunque la mayoría termina cediendo al placer mundano de disfrutar del sol, la playa y sus aditamentos.

La conducta humana tiene una naturaleza histriónica impresionante, especialmente si le añadimos una dosis de religión y mitomanía. Debo admitir que las religiones son mágicas. Conozco a muchas personas que en Semana Santa se exhiben como la encarnación de Jesucristo en la tierra. Son víctimas del síndrome de Alhzeimer. Se convierten en hombres piadosos, encabezan las procesiones, hacen filas para confesarse, saludan con efusividad a su prójimo, sacan del bolsillo de sus pantalones una generosa limosna y salen de los templos airosos, pulcros, olorosos a santidad. Sus pecados, según ellos, fueron lavados por un bajo precio. Y si el sacerdote es su amigo, la penitencia fue generosa Pero todo es pura pose, puro teatro barato. El lunes de pascua la rompen. Vuelven a su vida de siempre, abandonan la falsa piedad y exhiben su verdadero rostro, sus verdaderas garras. La naturaleza humana es inmutable, por muchas religiones que se inventen.

Los evangélicos son más parcos en sus celebraciones. Redoblan los famosos cultos, recuerdan algunos pasajes bíblicos de la pasión y muerte de Jesús y fruncen el ceño cuando miran a los católicos tomarse las calles con sus imágenes para exhibir sus ritos, sus santos y sus ceremonias. Ellos, los únicos que supuestamente van al cielo, se burlan del catolicismo y su mercadotecnia. Pero algunos evangélicos son peores: invitan en esta época a duplicar las ofrendas y aumentar el diezmo, manipulando los sueños de miles de personas que desean la prosperidad material. Conozco a pastores que juegan con los sufrimientos de la gente, vendiendo el cielo por unos cuantos dólares y utilizando a Cristo como una mercancía. También sé de fanáticos que se autoflagelan para expiar sus culpas, buscando el perdón en el sufrimiento. Hace unos años, tuve la oportunidad de ver por televisión a un filipino que se crucificaba en estos días, y permanecía clavado a una cruz por espacio de dos horas. Era un espectáculo mediático increíble. Luego supe, por investigaciones periodísticas que el filipino no sólo hacía una penitencia pública, sino que su acto protagónico era bien pagado.

Por eso siempre me he considerado un escéptico incorregible. Pese a mi formación católica, bien arraigada por la beatería de mi abuela, descreo de las religiones y de las instituciones. Pero sobre todo, desconfío de los hombres. Cada día desconfío más, al observar la doble y triple moral con que se manejan en la vida muchas personas que encabezan asociaciones religiosas o que dicen tener a Cristo en su corazón. Dicen creer en Dios, pero creen más en el dinero. Se golpean el pecho en las iglesias, pero también golpean a las mujeres en sus casas. Oran y rezan como si fueran santos profesionales, y se ufanan de tener un contacto directo con el ser supremo. Algunos creen que dando el diezmo, tienen licencia para matar. Otros lo dan por oportunismo, con la esperanza de conseguir más dinero. ¿Ésta es la finalidad de las religiones?
No sé qué creer. La humanidad tiene casi dos mil años de celebrar la pasión de Cristo, y la conversión es mínima. El egoísmo, la envidia y la vanidad se han apoderado del mundo a tal grado que la brecha entre pobres y ricos es más grande. Hay un abismo entre indigentes y multimillonarios. Si los hombres al menos fuéramos más solidarios, menos envidiosos y menos orgullosos, estoy seguro de que hubiera menos sufrimiento en el mundo. Pero estoy seguro que si Cristo volviera a liderar una revolución moral, la humanidad volvería a sacrificarlo. Ahora seguro lo mandaría a la silla eléctrica.

Por lo tanto, los escépticos quisiéramos que la Semana Santa sirviera como un espacio para que la humanidad reflexione. “No sé si Dios existe, pero lo cierto es que insiste”, afirma Ramón Eder en su libro Ironías. Corrijo: Ojalá que siga insistiendo. Mientras tanto, en el mar la vida es más sabrosa.

felixnavarrete_23@yahoo.com