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Cuando me preguntaron por mis primeros dientes, yo estaba escribiendo un poema  breve, sin  una gota de agua, con mucho aire para quitarme la agrura de la boca. Esa tarde yo vi mucha soledad en el recuerdo, esa misma soledad que más tarde perdió su empleo por enfermiza. Entonces, fue así que perdí a mis primeros  amigos porque sus madres y sus abuelas dijeron que yo no tenía un buen estilo para amar la realidad, que ellos en familia mucho apreciaban.

Yo, por mi parte no podía comprender semejantes intenciones. Yo no podía en esos días descubrir los secretos de sus pulmones.

Las trampas de sus amores libres. Los tapujos de sus bocas abandonadas bajo el candil del vecindario perfecto. Sin duda, que yo estaba atormentado con tanto humor de utopías. Con tan vertiginoso afán de canciones sentimentales en la puerta de mis  únicas mujeres. Créanme, que no aguantaba la luz que corría, con el pecho desnudo, en la única calle de mis sueños.

Fui un niño simpático, de calcetines brillantes, almidonados, y con olor a entretenimiento. Mi casa me esperaba con la noche, con un café caliente que agonizaba en mis manos. Mi padre aparentaba amar con un amor que nos ignoraba a todos, con excepción del perro, que como todo un gamonal pateaba las puertas, para que se saliera el aire, y la familia quedaba indefensa. Eso, yo lo sabía, y como podía hablaba en voz alta, y otras veces con un agudo tan intenso que parecía un chillido, porque a mis años nadie me tomaba en cuenta, y a veces se lamentaban de mi ingenio de buen lector.

Solo me reconocían en la perversidad que destilaban los días difíciles. Gozaban de mis palabras con la fe puesta en la otra acera. El rostro deambulando en otras calles, y el calor intenso entre mentiras y verdades. La verdad es que no confiaban en mí. Cada día me reducían el espacio del reclinatorio que utilizaba para llorar. Mis hermanas se ufanaban de ser amigas de Los Beatles, pero no se sabían sus canciones. Y lo peor es que me echaban la culpa a mí. Yo sí cantaba las canciones de los ingleses pero con el tono desenfadado de Bob Dylan.  

En 1954 la vida era incómoda: todos los caballeros y señoritas del corazón de María hablaban en voz alta, el tren echaba ira por el embudo largo como el humo, los abuelos eran más malcriados que hoy, y las mujeres con sus frondosas felicidades orinaban las estatuas de los entusiastas corredores del mercado de valores. Dicen que detrás de las puertas de las casas donde vivían mis poetas, las palabras se batían a muerte para acabar con los puñales de las dudas.

Una limonada era más sabrosa que un chocolate. Mis botitas vaqueras pesaban menos cuando me entristecía sobre el asfalto solitario. Mis orejas pequeñas me recordaban en todo momento al mocho de Van Gogh.  Pero te recuerdo más a vos con tu pelo mojado por mi lengua. Y yo, en mi silla despoblada, amarilla e irónica, buscando el frío de tus ojos.  Yo fui un niño tímido que pedía otra voluntad al mundo.

Anoche me encontré con los poemas de Alberto Laica, y yo vi al poeta muy pálido, deprimido y con la serenidad enganchada en un muro. El poeta intentaba vengarse de sus ángeles parásitos, y del  cochino odio de su esqueleto. Al leer uno de sus poemas no pude comprender su desafío arrebatado a la luna. Laica fue feliz roncándole al diablo.  

“Jorge Luis Borges, el simpático interlocutor de la intolerancia está bien acompañado por sus padres, sus viudas, y por el oficial cínico, que quiere homenajearle en una plaza pública”, me escribe Graciela, mi última amiga de la infancia, que alardea porque sabe inglés, persigue a Borges  y  se encapricha con viejos amores. Lo siento, yo hoy no estoy para ella.

La vida es una camisa olvidada en una larga intuición, es lo que parece decirme, el  cartero que se ofende, si le pregunto por su salud y se mofa como un condenado cuando le digo que no puedo caminar y que ahora aborrezco el café, que años atrás me encantaba tanto. Ahora creo, que la vida es su tacto iluminador, arrinconado por su bicicleta enclenque por barata.  

Como soy un niño que nadie ama, pienso en los amores de las ratas con la tecnología.  En su vínculo  directo con el espacio. Total, el amor es la gran incomprensión. No me voy a morir por eso.  

Ayer, recibí una carta donde alguien me señala, que yo no soy un escritor de etcéteras, y me quedo frío por no saber que responder si ignorarme o deprimirme. Para tal efecto, prefiero una sopa de pescado.  

Somos ahora siete mil millones de personas en el mundo, y con todos los inventos aún no sabemos comunicarnos. Un pájaro nos sigue hablando y no escuchamos sus canciones. El corazón escribe sobre nuestras rodillas y no podemos caminar porque vamos por la senda del destino equivocado. Un ciudadano de miles de millones muere a diario y predicamos la inconsciencia de que el mundo está vivo.  El mundo se desnuda de hambre y aún así no practicamos a diario nuestro ejercicio de humildad.