•  |
  •  |

Habla para dentro, quiero decir, como si escondiese la voz. Entonces se le entiende a ratos. Habla con desgano. A frases cortas como portazos. Luego, redobla el esfuerzo para que la voz le salga desafiante, imitando la de un muchacho mayor y más fuerte que él. Pero solo tiene 13 años. Si solo conociera su voz no me fiaría, pensaría que es un tipo con el que hay que tener cuidado. Pero déjenme que les cuente su historia.

Volvimos a vernos hace unos días. Sigue teniendo los brazos delgados, con los huesos del codo sobresaliendo mucho; el pelo corto y levantado en puntas. Tiene ojos egipcios, de esos que son capaces de mirar para todos lados, y habla defendiéndose, incluso cuando hablamos de nada, de nada que tenga importancia, del tiempo, de una cuadra que no encontramos, de cosas así.
Raúl (prefiere que le llame de ese modo) vive en la 14, pero se pasa el día en el reparto Schick, curioseando en un taller mecánico.

Le gusta y se ha familiarizado con el ruido del metal, el ajetreo de las piezas de recambio y el particular milagro de esos motores ya muertos que, tras unos ajustes arrancan con tos de anciano o llanto de niño enfermo.

Ha aprendido las mañas del oficio y arreglaría cualquier auto coreano, japonés (“chinos pues”, como les dicen ahí). Y si se le pregunta en qué querría trabajar, vuela alto, aunque con los pies en la tierra. “Mecánico…”, dice. Y luego añade “de aviación”. Así habla él, no lo dice todo de una vez, como si fuera peligroso decirlo.  

Lo malo es lo de la escuela. Le va fatal. Sufre un retraso en el desarrollo tanto del aprendizaje como de su expresión oral y escrita, que equivale a la de un niño probablemente seis años menor que él, pero el tono de su voz pretende ser el de un “grande”, seis años mayor. Tuvo que cambiarse de colegio el pasado año por culpa de un juego de fútbol. Una discusión con un contrincante, que además era pandillero. Un día lo esperaron a la salida, por suerte, alguien se dio cuenta y él pudo refugiarse en el despacho de la Directora del centro hasta que llegó la Policía. Hace dos años, Raúl vio cómo mataban a su compañero de clase para robarle la plata que llevaba. El muchacho se defendió como pudo, con uñas y dientes. Catorce córdobas era todo lo que consiguieron sacarle del pantalón cuando ya lo tenían muerto.

El hermano de Raúl, ese sí que es seis años mayor, ya ha pasado por la Modelo en tres  ocasiones. Es adicto a las drogas y exhibe en los brazos múltiples tatuajes (y tiene los brazos fuertes). Raúl me explica, a su modo, que cree que su hermano irá pronto a un centro de rehabilitación, aunque esta última palabra se le atraganta.  

Raúl  se inventa las notas, pero la mamá ya no le cree. La última vez, me cuenta, se le  sentó al lado y le dijo: “Vos sos el único hijo varón que me queda después de tu hermano. Si te pierdo a vos también, me moriré de tristeza”

Con el hablar golpeado, Raúl se hace el duro, porque así se hablan entre sí los hombres  del barrio, en el taller, en los juegos. Él tiene tanto miedo que es la única defensa que encuentra. No tiene muchas opciones. Una de ellas podría ser la de hacerse pandillero. Y se lo pregunto. ¿Por qué no te hiciste pandillero? Entonces me recuerda lo que le dijo su mamá, eso del único hijo varón. Y sin que me lo espere, me dice, que a él le gusta mucho oír consejos, buenos consejos.

Yo le explico que soy muy malo en eso, que no tengo ni autoridad ni sabiduría  suficiente para hacerlo, que solo estemos platicando porque me contaron que anda mal en el colegio a pesar de que recibe una pequeña ayuda de la asociación de becas Más Cerca. No siempre ocurre, pero a su edad, uno a veces se juega la vida en una decisión. En el ambiente hostil de Raúl, o te haces duro imitando a los duros o tratas de trabajar lejos del barrio, o de ser muy bueno en los estudios y dedicarte solo a eso, casi escondiéndote entre la casa, el colegio y un par de amigos. El esfuerzo que le toca, para recuperar las clases que ha dejado, y para ser mejor alumno, es tres veces superior al que tiene que hacer la mayoría de los de su clase. A mí no me gustaría estar en su pellejo.

Creo que Raúl no es un muchacho común. Todo su miedo, la forma en que desafía a los  otros y las ganas de oír consejos, estoy seguro, que acabará por impulsarlo. Lo único que le digo es que a mí también, a su edad, alguien me habló alguna vez y me aconsejó que no me equivocara, porque la elección más importante de la vida se hace precisamente en esos años. Yo entonces no lo entendía. No era cosa de estudios ni de futuras profesiones. No era nada de eso. Se trata de decidir una manera de ser. Si le pregunto a Raúl qué es lo mejor que él tiene en la vida aparte de su mamá (no conoce mucho a su papá), me habla del fútbol, porque es tan bueno que lo mandan a traer los equipos de “grandes”. Y me habla también de una amiga, su mejor amiga. Y ya está.
Ah, y lo de los carros. Eso de que vienen muertos y de pronto se encienden por milagro.     

Raúl  no ha leído un libro completo en su vida, salvo los de ejercicios de las asignaturas.  Es un problema común a todo el sistema educativo público de Nicaragua, pero en el caso de Raúl, con el problema en el desarrollo de la expresión, eso lo hace más grave. Me promete que empezará por los periódicos y luego pasará a los libros.

No sé si es buena idea, pero le digo que “bueno”, e insisto que lo más importante es lo que él decida. Y cuando se me iba a escapar un sermón sobre pandilleros muertos y jóvenes perdidos, me detuvo en seco, recordándome que todo eso ya se lo dijo su mamá, cuando le advirtió de que él era el único varón que le quedaba. Y yo me excuso porque no soy muy bueno dando consejos, “por eso mejor, platiquemos de todo y nada”, le digo.

Estar con él a mí me causa un inmenso respeto, porque creo que estoy ante alguien cuya  historia, que está a punto de hacerse, así de cotidiana y heroica, quizá no es la historia de un país ni siquiera de la de un barrio, pero merece la pena seguir contándose. Ya ha perdido mucho tiempo y le queda aún mucha violencia de la que defenderse. Es posible que fracase, pero tiene a su lado un consejo que no olvida, el secreto de los motores que resucitan,  y una voz que finge para hacer creer que es un “grande”.
 
sanchomas@gmail.com