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Bajo el liderazgo del presidente francés Nicolas Sarkozy, el G-20 ha hecho de la volatilidad de los precios de los alimentos una de sus prioridades, y los ministros de agricultura de los Estados miembros se reunieron recientemente en París para encontrar soluciones. No es de extrañar: los precios mundiales de los alimentos alcanzaron máximos históricos a principios de año, lo que hace recordar un pico similar de los precios que se dio en 2008.

En todo el mundo los consumidores se han visto perjudicados, especialmente los pobres, para quienes los alimentos representan una gran parte del presupuesto familiar. El descontento popular debido a los precios de los alimentos ha alimentado la inestabilidad política en algunos países, particularmente en Egipto y Túnez. Incluso los productores agrícolas preferirían cierta estabilidad de los precios a los descontrolados aumentos y caídas de los últimos cinco años.

Los esfuerzos del G-20 culminarán en la Cumbre de Cannes que se llevará a cabo en noviembre. Sin embargo, en lo que se refiere a las políticas específicas, habrá que tener mucha precaución, porque hay una larga historia de medidas orientadas a reducir la volatilidad de los precios de las materias primas que han acabado por ser más perjudiciales que benéficas.

Por ejemplo, algunos bancos centrales con objetivos de inflación han reaccionado a los aumentos de los precios de las materias primas importadas endureciendo la política monetaria y aumentando de ese modo el valor de la moneda. Pero es necesario tener en cuenta los movimientos adversos de los términos de intercambio; no es posible combatirlos con la política monetaria.

Los países productores también han intentado controlar la volatilidad de los precios formando carteles internacionales. Sin embargo pocas veces han funcionado.

En teoría, las reservas públicas podrían amortiguar las fluctuaciones de los precios, pero eso depende de la forma en que administren esas reservas. Los antecedentes históricos no son alentadores.

En los países ricos, donde el sector primario de producción suele tener poder político, las reservas de productos alimenticios se utilizan como medio para mantener los precios altos, no bajos. La Política Agrícola Común de la Unión Europea es un ejemplo clásico –y es desastrosa para los presupuestos, la eficiencia económica y los bolsillos de los consumidores de la UE.

Por otro lado, en muchos países en desarrollo los agricultores no tienen poder político. Los países africanos establecieron juntas de comercialización para el café y el cacao. Aunque la idea original era comprar cosechas en años con exceso de oferta y venderlas en años con exceso de demanda y estabilizar de ese modo los precios, en la práctica el precio que se pagaba a los productores de cacao y café, que eran políticamente débiles, siempre estuvo por debajo de los precios mundiales en las primeras décadas de la independencia. Como resultado, la producción cayó.

Los políticos intentan a menudo proteger a los consumidores mediante controles de los precios de los alimentos básicos y la energía. Pero deprimir artificialmente los precios requiere generalmente racionar los productos. (La escasez y las largas filas pueden alimentar la furia política en la misma medida que los precios altos.) De otro modo, la política satisface el exceso de demanda mediante importaciones y eleva así los precios mundiales aún más.

Si un país es productor de la materia prima en cuestión, puede utilizar controles de las exportaciones para aislar a los consumidores nacionales de los aumentos de los precios mundiales. En 2008, la India limitó las exportaciones de arroz y Argentina hizo lo mismo con las del trigo, al igual que Rusia en 2010.

Las restricciones a la exportación en los países productores y los controles de precios en los países importadores exacerban la magnitud del aumento de los precios mundiales, debido a la cantidad artificialmente reducida que se sigue comerciando internacionalmente. Si los países productores y consumidores de los mercados de cereales pudieran acordar de manera cooperativa abstenerse de utilizar esas intervenciones gubernamentales – tal vez trabajando a través de la Organización Mundial del Comercio– la volatilidad de los precios mundiales podría ser menor.

Mientras tanto, deben adoptarse algunas medidas evidentes. Para empezar, deben abolirse los subsidios a los biocombustibles. Los subsidios al etanol, como los que se conceden a los productores estadounidenses de maíz, no cumplen las metas ambientales declaradas por los encargados del diseño de políticas, pero sí desvían cereales y con ello contribuyen a presionar a la alza los precios mundiales de los alimentos. Esto ya debería resultar claro para todos. No obstante, no puede esperarse realmente que los ministros de Agricultura del G-20 sean capaces de solucionar el problema. Después de todo son sus electores, los agricultores, quienes se quedan con el dinero. (Debe decirse que los Estados Unidos son el mayor obstáculo en este caso.)

Probablemente sea mejor aceptar que los precios de las materias primas serán volátiles y crear formas de limitar los efectos económicos adversos – por ejemplo, instrumentos financieros que permitan cubrir los términos de intercambio.

Lo que los ministros de Agricultura del G-20 han acordado hacer es establecer un sistema para mejorar la transparencia de los mercados agrícolas que incluya información sobre la producción, las reservas y los precios. En efecto, una información más completa y oportuna podría ser útil.

Sin embargo, el tipo de política más amplia en el que Sarkozy obviamente está pensando es hacer frente a los especuladores, a quienes se considera como desestabilizadores de los mercados de materias primas agrícolas. Es cierto que en años recientes las materias primas se han estado comportando cada vez más como activos y cada vez menos como productos. Los precios no están determinados únicamente por los flujos de la oferta y la demanda reales y los fundamentos económicos del momento (como las perturbaciones climáticas o políticas). Están determinados cada vez más también por cálculos relacionados con los fundamentos previstos a futuro (como el crecimiento económico de Asia) y los rendimientos alternativos (como las tasas de interés) –es decir, por los especuladores.

Sin embargo, la especulación no es necesariamente desestabilizadora. Sarkozy tiene razón en cuanto a que el apalancamiento no es necesariamente bueno simplemente porque el libre mercado lo permite y a que los especuladores ocasionalmente se comportan de manera desestabilizadora. Pero los especuladores actúan más a menudo como detectores de cambios de los fundamentos económicos, o dan las señales que mitigan las fluctuaciones transitorias. En otras palabras, son frecuentemente una fuerza estabilizadora.

Los franceses aún no han podido obtener el acuerdo de los demás miembros del G-20 sobre las medidas orientadas a regular la especulación en materias primas, como poner límites a la magnitud de las posiciones de inversión. Espero eso siga así. Matar al mensajero no es una forma de responder al mensaje.

Jeffrey Frankel es profesor de gobierno en la Escuela de Gobierno John F. Kennedy de la Universidad de Harvard.

Copyright: Project Syndicate, 2011.
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