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Para educar a los niños, es necesario educar primero a los adultos ¿por qué? Porque el niño ve al adulto como el referente de su desarrollo, de su meta, de su llegada a ser también adulto.

Al niño hay que educarlo para que sea niño, adolescente, joven y en último término adulto.  Al hablar del adulto nos referimos a este en general pero de manera muy particular al adulto padre, madre, maestro y maestra a quienes visualizamos como un adulto hecho, completo, equilibrado, con las cualidades propias de alguien a quien miran y escuchan los niños como un referente.

En este sentido padres y maestros tenemos que aprender a ser adultos, a educarnos como adultos, para educar a los niños y para que estos se perfilen como adultos. Es un hecho de enorme significado y sentido en términos educativos. El adulto solo por serlo es un referente para el niño. Tenemos que educar y cuidar ese referente que somos por la influencia que tenemos en el niño. Esto requiere reunir y sintetizar en nuestra personalidad de adultos, el maestro que sabe, el educador que se proyecta y el pedagogo que se introduce en el interior el niño. Así de lógico.

El adulto maestro, maestra o padre, madre, es una realidad que con solo su presencia educa, dice algo a los hijos y a los alumnos y estos ven en ellos algo que les empuja a mirar adelante.

Es muy importante la figura y personalidad del maestro, maestra, del padre, la madre porque desde ellos  se desprenden enseñanzas a los alumnos e hijos que sacuden su interior, sienten y visualizan un horizonte de persona que están inclinados a ser.

De hecho, parece que estamos hablando solo en términos de ejemplo. Así es, aunque en el fondo estamos hablando, no de imitación sino de creación de una persona en crecimiento por la influencia emanada de la personalidad e interioridad del maestro, maestra, padre o madre.

En este contexto tenemos que acompañar en condiciones favorables la figura y personalidad del maestro de tal forma que en ellos se conjuguen y armonicen su necesario bienestar, material, humano y espiritual, de paz, serenidad, cercanía, empatía, optimismo, vida.

Ellos educan con lo que son, con los elementos que conforman su ser.  Las asignaturas y disciplinas constituyen solo medios para que el maestro vaya incidiendo desde su personalidad adulta, hecha, completa, valiosa, sugerente… El maestro, maestra educa desde su interioridad, desde todo su ser.

En otras palabras, los adultos, de manera particular los padres en razón de sus  hijos, los maestros en razón de los alumnos, los políticos en razón de la sociedad, tenemos que educarnos para educar. Ser adultos a plenitud. No se trata solo de aprender nuevos conocimientos, habilidades, valores, competencias que siempre son factores de mucho peso educativo; se trata sobre todo, de ir construyendo una personalidad que aporte vida familiar y social sana, humana, cultural, ciudadana, que vaya formando una especie de perfección normal dentro de los parámetros propios de una persona que como tal genera un impacto positivo, una persona creativa, de bien, de dignidad, de veracidad, honestidad, responsabilidad, solidaridad, productividad.

Conscientes o no, la verdad es que como adultos, padres, maestros respecto a hijos o alumnos, influimos mucho en el desarrollo de su personalidad y de sus particularidades de persona inteligente, libre, emocional, social, solidaria encaminada hacia una autoestima e identidad que proporcione consistencia y solidez a dicha  persona en su plenitud individual, en comunión y servicio con los demás.

Los padres somos los educadores originales de nuestros hijos, los maestros somos los educadores de esos hijos en tanto alumnos, estudiantes a quienes se nos encomienda parte complementaria de su formación.  Padres y maestros somos adultos, pero ¿estamos preparados debidamente, en todos los aspectos que entraña la formación de una persona, en su proceso de construcción y crecimiento como son los hijos y los alumnos?
Para ello debiéramos dominar las cualidades y el sentido del maestro, del educador, del pedagogo. No exagero. Así debería ser. De ahí el título “Educarnos para educar”, porque alimento en mí una firme convicción, para la educación “es absolutamente necesario recuperar al adulto como educador”. Mirémonos y preocupémonos como adultos porque somos las primeras y más importantes miradas que hacen los hijos y los alumnos en nuestras vidas, miradas que se traducen en orientaciones, conductas, hábitos y posibles componentes de la personalidad de nuestros hijos y alumnos.