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Todo el camino andado con el fin de alcanzar los más óptimos niveles de enseñanza y aprendizaje hasta hoy logrado por el género humano, en verdad que ha sido largo y empinado. También es cierto que todo el avance en esa dirección ha valido su peso en oro, pues hoy los pueblos con muy raras excepciones se ven colmados de todos los beneficios que ofrecen las ciencias, las letras y la filosofía. En fin, con todo el desarrollo mundial actual.

No incluiría yo aquí el camino ni los beneficios que la historia nicaragüense pudiera aportarnos como ciencia edificante, porque nuestro país en este tema parece que sigue en pañales y “cuesta abajo y de rodada”. Pues siempre se afirmó criticando, que nuestra historia --como algunas otras-- eternamente la escribieron los vencedores bajo su lupa partidaria. Sin embargo, como que esta vez el inconveniente se agrava profundamente, debido a la aflorada impresión que la historia ahora la están escribiendo los oportunistas, respaldados por algunos duchos del heroísmo fatuo.

Puesto que si bien es cierto que con solo el hecho de revelarse contra Somoza, en aquella época era un acto de extrema valentía, otra cosa es venir a falsear la historia y que alguien comience a contarnos un cuento al mejor estilo de Hollywood y la gran Metro Goldwin Mayer. Todo, sin pizca de vergüenza ni pudor alguno.

No obstante, esta vez me da la impresión que los oportunistas se enredaron con los tiempos. Dado que la historia del sandinismo es contemporánea, y es ella misma la que se encarga de aclararnos que hay una ineluctable e indiscutible verdad: Sin Propuesta Insurreccional no habría Revolución. Porque no fueron solamente los campesinos ni tampoco solo los obreros los que forjaron el triunfo sandinista. Al contrario, fue la Propuesta Insurreccional guiada por Daniel Ortega la que nos dio el triunfo, pues incluía al pueblo entero y sin ella no hubiera habido Revolución. Esto sin querer descalificar a nadie ni nada.

Pero la verdad, verdad, es que el pueblo la hizo suya y nos dio el triunfo del 19 de Julio de 1979, derrotando no solo al somocismo y sus aliados, pero más importante aún, extirpando  el cáncer de la eterna exclusión de las minorías sobre las mayorías, implantado a lo largo de toda nuestra historia republicana.