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Durante la última semana, las páginas y titulares de los medios de gran parte del mundo a los que tenemos acceso, han mostrado un escandaloso nacionalismo egocéntrico y egoísta. Desde el Times de Londres a EL NUEVO DIARIO de Managua, desde El País de Madrid al Washington Post.

En las portadas impresas y online, los medios de estos países hablaban de temas que variaban desde el nuevo gobierno de Humala a la enfermedad de Chávez, en gran parte de los latinoamericanos. En Nicaragua, todo giró en torno de las declaraciones sobre el 19 de julio. En Estados Unidos, sobre las negociaciones de Obama para evitar la suspensión de pagos, y en Europa, sobre el rescate a Grecia.

Algunos de estos temas eran más graves que otros. Cada medio daba prioridad a lo que afectaba a su país. Se puede decir que eso es normal. Al fin y al cabo, nos debe preocupar lo que tenemos más cerca. Pero, ¿por qué debemos respetar siempre esa lógica?

¿Qué puede ser más importante, qué debe destacarse más que lo que tenemos más próximo? ¿No se basa nuestra concepción del mundo y de la educación en una cuestión de fronteras? ¿Debe ser nuestra casa, nuestro barrio, nuestro municipio, nuestro país, y siempre en este orden, la escala de nuestra preocupación? ¿No nos enseñan desde pequeños a repetir de memoria nuestras fronteras, para que se nos quede bien grabado hasta donde debe llegar el interés, el amor o lo que nos haga parte de un grupo humano?

Lo digo porque esta misma semana ocurrió algo que hacía décadas que no veíamos en  semejante escala. La hambruna en el cuerno de África. La alarma nutricional empieza cuando se muere por desnutrición más de 1 persona por cada 10.000 y cuando ese problema alcanza al 30% de la población. En algunas regiones del sur de Somalia se ha llegado ya a la muerte de 6 personas por cada 10.000 y al 50% de desnutrición. El 80% de los muertos son niños menores de 5 años. Somalia se desangra con 1 millón y medio de refugiados cada día. La mayoría de los que salen por el sur se dirigen al complejo de campos de Dadaab, en Kenia, el campamento de refugiados más grande del mundo. Pero las dificultades del camino por un terreno bastante árido y peligroso hacen que mucha gente llegue en muy mal estado. Las condiciones en los campos de Dadaab, que se construyó para albergar a 90.000 personas y ahora cuenta con 400.000, se pueden imaginar lo desastrosas que son. Algunos refugiados ya llevaban 20 años allí sin saber qué hacer.

Somalia no tiene un gobierno estable desde 1991. Vive en una guerra permanente entre  las milicias islamistas de Al Shabab y las fuerzas gubernamentales. Se puede decir que es el país más olvidado de la tierra. Las tropas norteamericanas trataron de entrar a principios de los noventa y fue un auténtico fracaso, como el de toda la comunidad internacional. Junto a Somalia, algunas zonas de Yibuti, Kenia, Etiopía, Uganda y Sudán también sufren el mismo problema de desnutrición.

Y junto a ellos, enfrentan igual situación los países que forman la franja conocida como el Sahel, un terreno de no más de 200 kms de ancho pero que se extiende a lo ancho desde el Atlántico hasta el Mar Muerto, recorriendo países como Mauritania, Níger, Chad, entre otros. Estos meses, entre junio y septiembre, cada año, suelen ser los más duros para estas poblaciones, muchas de ellas nómadas.

Son los meses en que debería estar lloviendo y en los que se espera a la próxima cosecha que se suele dar en octubre. Tendría que haber llovido más, pero si la anterior cosecha fue mala (que es lo que ha ocurrido en todos esos países) la situación se vuelve una catástrofe humanitaria. Los precios de los granos básicos se han incrementado más del 200%. Eso significa la pena de muerte inminente para un total de 10 millones de personas en situación de emergencia a lo largo del Sahel y el cuerno de África. Sólo en Somalia, podrían ser 4 millones, casi la mitad de la población, la que esté en ese mismo riesgo. Últimamente, las estaciones secas y lluviosas no se compartan con regularidad, pero que no se hayan previsto acciones de prevención y emergencia para la hambruna que se vino encima es un fracaso más de la comunidad internacional.

Y la comunidad internacional no es sólo un grupo de países ricos. Pongamos el ejemplo de cómo un país pequeño y pobre con gravísimos problemas responde ante diferentes crisis internacionales. El conflicto libio, con toda la tragedia que conlleva, provocó reacciones inmediatas de lugares tan lejanos como los países del ALBA, incluido Nicaragua. En Haití, quizá porque no quedaba tan lejos, pero quizá también porque los medios de comunicación así lo motivaron, se volcaron muchas voluntades y hubo bastantes nicaragüenses que dieron su aporte personal o material. Antes, en la guerra de Irak, y eso fue más controvertido, Nicaragua llegó a enviar apoyo militar sanitario bajo el mando de los países invasores. Sin embargo, estos otros hermanos de infortunio no provocan más que silencio.

Quizá se trate de eso. Del silencio o del miedo. Nuestros problemas son graves, seguramente muy graves, pero cuando ya hemos visto los ojos de la gente que carga a sus hijos por el desierto, los ojos de los hijos tratando de robarle un segundo más de aire a la muerte, no nos puede parecer algo tan lejano. Porque son nosotros, ya sin sueños ni ideas ni proyectos, nos-otros reducidos a cuerpos en busca desesperada de alimentos, o a quedarnos asistidos precariamente durante toda la vida. No están dentro de nuestras fronteras pero son nuestra fragilidad puesta al límite y despojada de lo que nos hace seres humanos.

A pocos nos ha tocado ver morir de hambre tan cerca. Pero hay soluciones de emergencia, como los alimentos terapéuticos preparados para transformar en muy pocas semanas el esqueleto de un niño en un pequeño robusto. He visto cómo operan esos milagros médicos. Sólo es una solución de emergencia, al menos, hasta la próxima sequía, la próxima guerra, la próxima vez que un niño tenga que salir corriendo y sea capaz de llegar a tiempo. Hay modos de canalizar ayudas por pequeñas que sean, aunque se pierda buena parte, inevitablemente, de ese dinero.

Pero será mejor que llegue algo a que no llegue nada.
La lluvia cae para todos igual, pero para algunos tendría que haber llovido más.

Hacía mucho tiempo que una crisis semejante no asolaba a una región tan grande del mundo. Ahora les toca a ellos ser la prioridad del resto del mundo. Si es que aún nos queda humanidad para algo que no ocurra dentro de nuestro perímetro, de nuestros gravísimos problemas.  Y a los medios, nuevamente, les toca recordar que las fronteras se ponen donde el corazón lo manda, no donde dicen los mapas de las escuelas.

sanchomas@gmail.com