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El escultor de la tumba de Rubén Darío en 1916 fue Jorge Navas Cordonero, humilde artista nacido en Granada el 11 de junio de 1874 y muerto en la misma ciudad el 14 de agosto de 1968. También fue autor de la tumba de Monseñor Pereira y Castellón y, de hecho, el decorador de la Catedral de León. Salvo el Viacrucis, obra pictórica de Antonio Sarria, todos los adornos del magno monumento colonial de Nicaragua fueron obras suyas.

En efecto, Navas Cordonero elaboró la estatua de la Inmaculada en el frontis, los cuatro atlantes debajo de los entablamentos que unen las torres con el cuerpo principal del mismo frontis o fachada, el relieve de la misma, los leones del atrio, los doce apóstoles con sus templetes de la nave central, cinco altares, cuatro grandes relieves, toda la ornamentación corintia de la capilla del Sagrario, siete esculturas y un medallón de las mismas, dos pequeños altares a los lados del altar mayor, cuatro pequeños relieves en la mesa del altar mayor, etcétera. Todo ello en cemento —material predilecto del escultor— y durante 24 años: a partir de 1904, contratado por el Obispo Pereira y Castellón.

Discípulo del maestro albañil Carlos Ferrey, Navas Cordonero procedía de la tradición colonial, pero logró superarla asimilando el neoclasicismo. Los doce apóstoles adosados a las columnas —en forma tan detallada que hizo resaltar las venas de cada uno— y el monumento a Rubén Darío lo confirman. Este, hay que reconocerlo, es fiel al espíritu leonés de la época, no obstante ser una imitación del León de Lucerna, Italia. No se trata de una gran escultura, pero su toque es emotivamente romántico: el rostro, más humanizado que el del león italiano, parece 1 llorar por la muerte del poeta. Además, es uno de los pocos monumentos del mundo al alcance de la mano.

Resulta interesante su relación con Darío, previa a la muerte de éste. El maestro Navas Cordonero le confió a su hermano Navas y Barraza:
Cuando Rubén Darío llegó enfermo a León, Monseñor Pereira lo visitó inmediatamente. Luego me ordenó que todos los días muy tempranito fuera a visitar al Poeta y que lo tuviera informado del estado de su salud. Así es que todos los días antes de comenzar mi trabajo iba a saludar al Poeta y a preguntarle cómo había amanecido, para luego informar a monseñor. Darío me trataba con especial cariño y amistad; siempre me detenía más de la cuenta y al final me decía: sigo lo mismo, así dígale a Monseñor. Pero en cierta ocasión noté cierta alteración en su rostro y su contestación fue: sigo mal porque mi dieta de vida es el licor y aquí la dieta que recibo es de muerte. A continuación me pidió que le llevara escondido una botellita de aguardiente. Todo se lo conté al Señor Obispo. Muy bien, me respondió; mañana le va llevar el licor que lo va a curar. Puso en una botella que había contenido agua de florida, después de lavarla muy bien, una buena dosis de agua bendita traída de la gruta de Lourdes, de Francia, a la cual agregó un poco de licor para que tuviera el olor. Al día siguiente se la llevé al poeta, quien, después de probarla, me la arrojó a la cara diciéndome que yo también lo quería envenenar. Monseñor le aclaró la situación, pero él rehusó tomar el agua de Lourdes.

Más tarde Darío se veía más sereno. En cierta ocasión me llamó a su lado y me preguntó:—Maestro, si yo muero ¿qué pondría usted sobre mi tumba? Le contesté: —Un león doliente. Él me dijo: —¿Entonces debo encomendarme a San León? Mi respuesta fue: —No, es tu pueblo querido, tu León que por siempre te llorará. Le cumplí mi palabra. El León llora con una garra sobre el arpa y con otra sostiene un ramo de laurel.

Aparte de este monumento digno de nuestro mayor héroe cultural, y de la otra tumba —la de monseñor Pereira y Castellón, ejecutada en 1921—, e1 escultor granadino quiso rendir homenaje a su protector como una manera de perennizar su gratitud y cariño. Decidió hacerlo sorpresivamente en el alto relieve “Jesús entre los doctores” de la nave de Guadalupe en la Catedral: a un lado del cuadro colocó a monseñor Pereira observando la escena.

La similitud era tan notable que cuando el prelado vio el medallón, inmediatamente se reconoció y, muy en serio, interrogó al artista: ¿Por qué no me consultó antes de meterme en ese medallón? Muy turbado, Navas Cordonero le respondió: Señor, porque era una sorpresa. Déjeme expresar también mis sentimientos, ya que continuamente expreso los de usted. Y continuó diciendo: Como alto dignatario de la Iglesia, como obispo de Nicaragua, con sede en esta catedral, bien merece usted ese honor. El obispo miró el medallón de nuevo, se tocó su abultado vientre y replicó: El pueblo me va a irrespetar a mí y a la Iglesia cuando diga: ¿Qué papel desempeña allí ese cura panzón? Se van a burlar de mí y con razón. No te digo que me quités porque me vas a hacer lo que al Papa Julio II le hizo Miguel Ángel: me sacás de allí y me metés al infierno. Así fue conservado el medallón en su forma original.

A sus 85 años, escribía estos datos de su vida y obra: Nací en el barrio de El Hormiguero... Estudié en la Escuela Municipal del barrio, aprobando el quinto grado de primaria. Mis maestros fueron Mercedes Quintanilla y Julián Malespín. Habiendo dejado los estudios a los 16 años, mi padre me dedicó aprender un oficio que fue la sastrería, la cual ejercí durante cierto tiempo. Por vicisitudes mi padre me dedicó a labrar piedras en la Ermita del Panteón, y después me puso en manos del maestro albañil don Carlos Ferrey, quien aprovechando mi inclinación al arte dedicóme únicamente al desarrollo del mismo. Tras referir sus primeros trabajos en la iglesia de Jalteva, Diriomo, La Merced, y luego en la catedral de León, Navas Cordonero siguió consignando sus obras:

“Más tarde hice un altar en La Recolección y dos esculturas en el cementerio de Guadalupe. Regresé a Granada en 1929, en los días en que recibía la presidencia el General Moncada. En León cultivé muy buenas amistades; uno de mis mejores amigos y compañeros fue Jesús Antonio Sarria, a quien recomendé a monseñor Pereira y Castellón para los trabajos de pintura de catedral, los cuales amablemente le confió Monseñor; y al evaluar sus obras me agradeció más tarde que se lo hubiera recomendado porque él no sabía que en León hubiera nacido tan grande artista. También tuve buenas relaciones con artistas y aficionados al arte. Recuerdo con aprecio a José Vargas, Benjamín Escorcia, el Maestro Juan Bautista Cuadra, Nicolás Balmaceda, Pastor Peñalba, y muchos más que no recuerdo”.

En otras palabras, Navas Cordonero fue el escultor más fecundo de Nicaragua. Su muerte, acaecida en Granada —tras una larga enfermedad agravada por la ceguera— pasó inadvertida, al igual que su entierro. Pero el canónigo monseñor Enrique Mejía Vílchez, después de cantarle un responso en la iglesia de La Merced, dijo en su oración fúnebre: ...el que yace en esa caja mortuoria, don Jorge Navas, puede parangonarse con ventaja con cualquiera de los más grandes artistas que ha producido esta bella tierra nicaragüense. Si hubiera nacido en otros lares, en donde el arte tiene gran valor, su entierro habría sido apoteósico como corresponde al inmenso talento artístico que en él se encerró... Quizás aquí mismo, si hubiera sido rico, esta iglesia estaría llena de grandes señores y grandes damas rindiendo tributo, no al talento sino al dinero, y mi voz quedaría opacada por otras muchas voces más sabias y autorizadas. Tenía cincuenta años de haberlo conocido.

Era yo un niño aún, estudiante del colegio de los Hermanos Cristianos y mi vocación religiosa guiaba mis pasos con frecuencia hacia la Catedral de León, a veces hasta la parte trasera de la iglesia. Allí estaba entonces el joven Navas entregado a su arte, cincelando, modelando, plasmando las bellísimas estatuas que adornan la Catedral. Su trabajo me atraía irresistiblemente porque sentía en mí especial amor por la arquitectura y escultura.

Y agrega Monseñor Mejía y Vílchez que la misma iglesia de La Merced mostraba el arte de Navas Cordonero en la ornamentación de la capilla y en la tumba del padre Pérez. Pero el maestro Navas —concluyó— nació, vivió y trabajó para Nicaragua y aquí el arte vale aún muy poco. Fue humilde toda su vida, muy humilde; hoy tiene ya su asiento en la gloria del Señor que es la patria de los pobres y humildes de corazón, la patria donde los humildes ocupan los primeros puestos. Por la misericordia de Dios descanse en paz. Amén.