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Los grandes acontecimientos a veces tienen consecuencias estratégicas no intencionadas. Parece que esto es lo que está sucediendo tras el asesinato de Osama bin Laden en un complejo en Abbottabad, una ciudad dominada por el ejército cerca de Islamabad, la capital de Pakistán.

El hecho de que el hombre más buscado del mundo viviera media docena de años en una casa grande a escasa distancia de la Academia Militar de Pakistán, donde el país entrena a sus oficiales, provocó una reacción que los paquistaníes deberían haber esperado, pero no lo hicieron. Al establishment civil y militar del país lo sorprendió y lo preocupó el nivel de sospecha que generaron los acontecimientos que culminaron con la muerte de Bin Laden -muchos paquistaníes lo llaman “martirio”- y existe una creciente demanda popular de una reorientación importante de las relaciones de Pakistán con el mundo. A menos que Occidente actúe con premura, la muerte de Bin Laden probablemente resulte en un importante realineamiento de la política mundial, impulsado en parte por el paso de

Pakistán de la órbita estratégica de Estados Unidos a la de China.
Yo experimenté personalmente la velocidad con la que China puede moverse cuando ve a su “amigo en las buenas y en las malas” (frase del primer ministro paquistaní, Yousaf Gilani) en extremo peligro. En 1996, cuando Pakistán estaba al borde de la bancarrota y evaluaba la posibilidad de caer en un incumplimiento de pago, fui a Beijing en calidad de ministro de Finanzas del país para pedir ayuda. Mis años de servicio supervisando las operaciones del Banco Central en China me habían puesto en estrecho contacto con algunos de los altos líderes del país, entre ellos el entonces primer ministro Zhu Rongji.

En una reunión en Beijing, después de decirme que China no permitiría que Pakistán cayera en la bancarrota bajo mi supervisión, Zhu ordenó que se depositaran inmediatamente 500 millones de dólares en la cuenta de Pakistán en el Banco de la Reserva Federal en Nueva York. Esa infusión de dinero le permitió a Pakistán pagar sus deudas mientras yo estuve a cargo de su economía.

China parece haber adoptado la misma estrategia hoy con Pakistán, mientras el Congreso de Estados Unidos amenaza con cortar toda la ayuda. Gilani recientemente sobrevoló las montañas e hizo un viaje rápido a Beijing, de donde regresó con la oferta de una entrega inmediata de 50 aviones de combate a Pakistán. Es mucho más lo que se prometió. Dados los antecedentes de China como proveedor de ayuda a Pakistán, esas promesas rápidamente se materializarán.

Mientras tanto, Pakistán sigue pagando el precio por la muerte de Bin Laden -sus seguidores atacaron una ciudad no muy lejos de Islamabad pocos días después, matando a más de 80 personas-. A eso le siguió un ataque descarado a una base naval en Karachi, en la que equipos muy costosos, entre ellos aviones, resultaron destruidos. Los terroristas atacaron por tercera vez dos días después, matando a una docena de personas en una ciudad cercana a Abbottabad. Las pérdidas humanas siguen aumentando, al igual que el costo para la economía.

El 23 de mayo, el gobierno dio a conocer una estimación del costo económico de la “guerra contra el terrorismo” que asciende a un total de 60.000 millones de dólares, comparado con los 20.000 millones de dólares que los norteamericanos supuestamente pagaron en carácter de compensación. A decir verdad, una porción sustancial de la ayuda prometida por Estados Unidos todavía tiene que llegar, especialmente la parte destinada a rescatar a la economía de una crisis profunda.

Mientras Gilani estaba en Beijing, el ministro de Finanzas Abdul Hafeez Shaikh regresó de Washington con las manos vacías. Había viajado hasta allí para persuadir al Fondo Monetario Internacional de liberar los aproximadamente 4.000 millones de dólares que el organismo estaba reteniendo de los 11.000 millones de dólares que se le habían prometido a Pakistán a fines de 2008 para impedir que el país cayera en un incumplimiento de pago de su deuda externa. La decisión del FMI fue en respuesta al hecho de que el gobierno paquistaní no tomó las medidas prometidas para aumentar su abismal ratio impuestos-PBI, que es inferior al 10%, uno de los niveles más bajos en el mundo emergente.

El Fondo tenía razón en insistir en que Pakistán se valiera por sí mismo económicamente, pero, a principios de junio, Shaikh presentará su presupuesto 2011-2012, en el que quiere aliviar la carga de los ciudadanos paquistaníes. Esto puso al gobierno de dos años de Gilani en un verdadero brete. Que Shaikh pueda equilibrar las demandas del FMI con las necesidades de los ciudadanos comunes no sólo determinará la dirección de la economía paquistaní, sino también tendrá un enorme impacto en cómo Pakistán y sus ciudadanos vean al mundo.

El único consuelo que Pakistán recibió de Occidente llegó a través de las garantías brindadas por el presidente estadounidense, Barack Obama, y por el primer ministro británico, David Cameron, tras la visita de estado de Obama a Londres. En una conferencia de prensa conjunta, ambos prometieron que sus países estarían cerca del gobierno y del pueblo de Pakistán. Pakistán, dijeron, estaba tan comprometido como sus países en la guerra contra el terrorismo.

Pakistán seguirá recibiendo ayuda norteamericana y británica. Pero a Estados Unidos y a Gran Bretaña les cuesta moverse rápidamente, y voces fuertes en sus capitales quieren que se castigue, no que se ayude, a Pakistán por sus actitudes díscolas. Mientras tanto, China espera con los brazos abiertos.  

Shahid Javed Burki, ex ministro de Finanzas de Pakistán y vicepresidente del Banco Mundial, hoy preside el Instituto para Políticas Públicas, en Lahore.

Copyright: Project Syndicate, 2011.
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